Videoclub (2014)

ImageLa cinefilia es una tarea solitaria. Si bien la afición por el cine puede ser compartida con otras personas, a través de conversaciones sobre películas o cineastas, la acción de ver películas es casi esencialmente unipersonal. No me refiero a aquellas personas que de vez en cuando ven películas, que van al cine sin saber cuál es la cartelera y que se dedican a escoger la cinta recién en la fila para comprar las entradas, sino que a aquellas personas que pueden ver siete o más películas a la semana. El cinéfilo es aquel que siente una fascinación especial por el cine, aunque lo mejor sería denominarlos cinépatas, como señala Alberto Fuguet, ya que este amor tiene mucho de enfermedad.

Miguel (Pedro Campos) es un joven que cumple con todos los requisitos de un cinéfilo, y su interés se encuentra potenciado por el hecho de trabajar en un videoclub. El año es 1992, en pleno apogeo del VHS, cuando los videoclubes de barrio eran lugares que albergaban verdaderos tesoros, y donde la opinión del dependiente muchas veces era determinante para escoger la película que sería arrendada. Si bien su gusto por las películas abarca todos los géneros y directores, el protagonista tiene un amor especial por el cine de terror, y de hecho se dedica a hacer películas caseras con la ayuda de sus amigos.

Sin embargo, su fascinación por la sangre falsa y los intestinos no es bien vista por sus padres (Daniel Alcaíno y Berta Lasala), que tienen una formación católica y conservadora que los hace ver todo como pecado. Agobiado por la presión de su familia, Miguel huye al único lugar donde se siente seguro: el videoclub. Pero en esos mismos instantes un extraño virus está esparciéndose por Santiago, convirtiendo a las personas en series violentos y caníbales. El protagonista, en compañía de su mejor amigo Mauro (Samuel González), su hermana Tati (Francisca Díaz), y una clienta llamada Daniela (Luciana Echeverría), intentarán sobrevivir a esta amenaza que parece estar sacada de la misma biblia.

El director Pablo Illanes logra durante los primeros minutos de la película adentrarnos en el mundo de Miguel y su amor por el cine. Lo primero que vemos es una de sus películas caseras, que tiene un presupuesto ínfimo, pero que refleja la fascinación de una mente inquieta que quiere emular a aquellos cineastas que admira. En las escenas posteriores vemos cómo funciona el videoclub, cuál es la dinámica que existe entre el protagonista y su jefa (Ingrid Cruz), y el tipo de clientes que van al lugar a arrendar VHS. La cinta también nos muestra la personalidad de Miguel, que es más bien introvertido, pero que cuando habla de cine demuestra todos los conocimientos que ha adquirido a lo largo de los años.

Con este punto de partida, y una premisa llamativa (infección que transforma a las personas en seres violentos), Videoclub podría haber sido una película muy entretenida, un verdadero hito dentro del cine de terror nacional, pero la forma en que sus ideas son ejecutadas no es la mejor. Una vez que los personajes descubren la amenaza y se refugian en la tienda, el ritmo de la película decae y la atmósfera generada no transmite la tensión que debería. Aunque se nota la influencia de cineastas como George A. Romero o Lucio Fulci, estos guiños se limitan a aspectos como la banda sonora o ciertos elementos de la trama, pero no al resultado final.

La amenaza que acecha a los personajes no llega a ser establecida en toda su magnitud, por lo que no llega a importar demasiado lo que les puede ocurrir. Incluso en Aftershock (2013) sentí algo por los personajes, aunque fuese un simple rechazo. En Videoclub no ocurre lo mismo, ya que el único personaje que es medianamente desarrollado es el protagonista, y el resto es solo un grupo heterogéneo de caricaturas (la mamá de Miguel, su hermana), de personajes trágicos (Daniela) o de semi-villanos (el cura). Es difícil sumergirse en una historia donde los personajes mostrados en la pantalla no generan demasiada empatía.

La cinta tampoco escoge una atmósfera convincente. No es capaz de crear la claustrofobia de Night of the Living Dead (1968), donde los personajes estaban encerrados en una granja que estaba rodeada por muertos vivientes, ni la desolación que logró Danny Boyle con las calles vacías de Londres en 28 Days Later (2002). Durante la mayoría de la película, solo vemos a un grupo de diez infectados que se aparecen de forma intermitente en los alrededores del videoclub, y a plena luz del día. Entiendo que la tienda se encuentra en un barrio residencial de Ñuñoa, en una de esas calles que se caracterizan por su quietud, y tal vez Illanes buscaba generar un contraste con la irrupción de estas criaturas en un barrio como ese, pero en Shaun of the Dead (2004) se buscaba lo mismo y el resultado fue muy superior.

Una vez que los personajes se refugian dentro del videoclub, se muestran escenas bastante repetidas en otras películas de zombis/infectados. Los personajes tratan de determinar la escala de lo que está pasando a través de la información que pueden captar por alguna radio o televisión, sus propias experiencias enfrentándose a las criaturas les permiten aprender algunas cosas de ellas (por ejemplo, que no basta con dispararles al cuerpo, ya que vuelven a levantarse), y también surgen conflictos entre los personajes, en relación a la forma en que deben afrontar esta situación. También se recurre al infaltable personaje que fue mordido y que puede convertirse en cualquier momento.

El problema es que todos estos momentos no alcanzan la efectividad de cintas clásicas del género ya que las relaciones entre los personajes no terminan de convencer. George A. Romero ya lo había entendido hace décadas, y la serie The Walking Dead intenta lograr una dinámica similar (aunque de forma irregular): en las historias sobre zombis/infectados, la gran amenaza son los propios seres humanos, que en situaciones extremas revelan su verdadera personalidad. El instinto de sobrevivencia de las personas es el que genera los mayores riesgos en este tipo de trabajos, más que las mordeduras y rasguños de las criaturas que están afuera del refugio. Sin embargo, el guion de Videoclub es bastante torpe al momento de mostrar las interacciones entre los sobrevivientes, especialmente el enamoramiento del protagonista y Daniela.

Es un verdadero agrado ver a Luciana Echeverría en la pantalla grande. Su sola belleza basta para ir a ver una película, pero hay momentos en que se nota demasiado la sobreactuación que ha adquirido en su paso por las telenovelas. Esto contrasta mucho con la actuación más sobria del protagonista, y evita que uno se interese de forma genuina en la relación que existe entre ambos personajes, ya que solo los pude ver como actores interpretando unos roles.

Hay ideas muy interesantes en Videoclub. Todo esto de mostrar el apocalipsis como la única oportunidad en que el protagonista puede encontrar el verdadero amor, y lo nocivo que puede ser este sentimiento para él, podrían haber dado lugar a una gran película. Pero como en la gran mayoría de cintas de terror chilenas, las buenas intenciones no fueron suficientes. Todavía falta que en nuestro país se estrene la película que defina este género, ya que hasta el momento solo hemos visto los primeros pasos (“la primera película chilena sobre zombis”, “la primera película chilena sobre vampiros”, “la primera película chilena sobre catástrofes naturales”, etc.).

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