Dirty Wars (2013)

ImageIncluso conflictos tan atroces como las guerras tienen reglas. El derecho internacional humanitario, a través de instrumentos como las Convenciones de Ginebra, ha establecido normas que deben ser respetadas en los conflictos bélicos, las cuales van encaminadas al respeto de las personas que no están participando del conflicto (los civiles), así como la prohibición de utilizar ciertos métodos entre las partes beligerantes (tortura, tratos inhumanos a los prisioneros de guerra y a los heridos, armas que provoquen un sufrimiento innecesario o que produzcan efectos indiscriminados respecto de partícipes y no partícipes en el conflicto bélico).

Sin embargo, la gran dificultad del derecho internacional consiste en hacer cumplir sus reglas. Sin un organismo coercitivo de carácter internacional, la infracción de estos principios conlleva sanciones simbólicas, o en el mejor de los casos económicas. Sanciones que pierden toda su eficacia cuando el infractor es una potencia económica y armamentista como Estados Unidos. A pesar de la idea de que todos los Estados son iguales ante el derecho internacional, en la práctica esto es solo letra muerta. Países grandes como Estados Unidos pueden hacer lo que les plazca, ya que las amonestaciones que el resto de las naciones adopten no lo afectan demasiado.

En el documental Dirty Wars, el periodista Jeremy Scahill nos muestra cómo Estados Unidos ha infringido el derecho internacional humanitario a través de operaciones secretas que no solo se llevan a cabo en países del Medio Oriente, sino que se han expandido a todos los continentes. Su investigación comenzó en Afganistán, donde supo de una redada realizada por el ejército a una aldea donde fueron matados civiles que no pertenecían a agrupaciones terroristas y que ni siquiera estaban armados. A través del testimonio de testigos y de videos grabados después de esta operación, Scahill logró descubrir que los soldados pertenecían a un escuadrón secreto llamado J-SOC (Joint Special Operations Command).

Aunque el comando fue creado en la década de 1980, tuvo un mayor protagonismo en la denominada “guerra contra el terrorismo”, tras el 11 de septiembre de 2001. Su objetivo es buscar y eliminar a determinadas personas que son sospechosas de tener vínculos con el terrorismo. Sin juicio previo, sin derecho a defensa, sin acusación alguna, este escuadrón se mueve de forma secreta buscando a las personas que pertenecen a su lista de objetivos para matarlos de la forma más rápida posible, huyendo del lugar cuanto antes. Pero los problemas no terminan ahí, ya que las operaciones del J-SOC han tenido un número importante de víctimas colaterales. Personas que fueron asesinadas simplemente porque estaban en el lugar y el momento equivocados.

A través de la narración en primera persona de Scahill, vamos aprendiendo la estructura de este comando, el tipo de operaciones que lleva a cabo, y cómo el gobierno de Estados Unidos es el principal responsable de estas muertes, ya que el mismo presidente Barack Obama le ha otorgado una mayor competencia al J-SOC y ha aprobado sus operaciones más importantes (entre ellas la muerte de Osama bin Laden). También vemos cómo la investigación del periodista se ve dificultada por el secretismo y las trabas gubernamentales, así como con el peligro de trabajar en una zona de guerra, exponiendo su vida por la profesión.

Si bien todos estos datos son muy importantes y bastan por sí mismos para hacer un documental, uno de los aspectos más interesantes de la cinta es la forma en que muestra cómo la guerra contra el terrorismo ha logrado un objetivo totalmente opuesto al que buscaba. Tomando como ejemplo el caso de Anwar al-Awlaki, un musulmán que pasó gran parte de su vida en Estados Unidos. Él mismo se consideraba un estadounidense, y tras el ataque a las torres gemelas se unió al luto de la nación. Pero la paranoia que se levantó tras el atentado, sumado a los prejuicios contra su religión, dificultaron su estadía en el país norteamericano. Tras ver la forma en que el ejército estadounidense devastaba las ciudades del Medio Oriente, sin tener en cuenta el tipo de víctimas resultantes de esos bombardeos, al-Awlaki adoptó una postura radical, llegando a predicar el Yihad contra el país que alguna vez lo acogió.

Las prédicas de al-Awlaki lo convirtieron en uno de los objetivos principales por parte de Estados Unidos, llegando a compararlo con el mismo Osama bin Laden. Esto hizo que el J-SOC se dedicara a rastrearlo para poder asesinarlo. Es decir, un ciudadano estadounidense en Yemen, país en el que no hay una guerra declarada, pasó a ser el objetivo de un escuadrón secreto encargado de asesinar a personas sospechosas de terrorismo. La preocupación de Scahill es clara, ya que si este tipo de condenas pueden ejercerse sobre los propios ciudadanos estadounidenses, ¿cuál es el límite?

Pero la reflexión más importante es la que hace en torno a la transformación de al-Awlaki. Desde un musulmán que amaba a Estados Unidos y que quería pasar el resto de su vida allí, a un predicador que propugnaba la guerra santa como método a seguir. La conclusión del periodista es que fue la misma estrategia de Estados Unidos la que provocó este cambio. A través de una guerra sin compasión y llena de crueldad, el país norteamericano no solo ha provocado daños materiales, sino que ha influido en la forma en que los sobrevivientes ven a los estadounidenses.

Que un niño vea cómo sus padres fueron asesinados injustamente por un grupo de soldados calará hondo en su psiquis, creando un rencor hacia los responsables y hacia lo que ellos representan. Esto se puede ver reflejado en el aumento exponencial que ha experimentado la lista de objetivos del J-SOC, que pasó de unas docenas en 2001, hasta miles de personas el día de hoy. Lo absurdo de esta guerra se puede ver en este círculo vicioso que solo trae miseria a personas que nunca pensaron en ser terroristas.

Una falencia que noté en el documental fue la alternación entre la entrega de datos, nombres e información dura, y la narración personal de Scahill, donde explica la forma en que se sentía a lo largo de la investigación. No estoy en contra de las reflexiones en un reportaje periodístico de este tipo, ya que le dan un tono más humano a las tragedias narradas, pero el documental no termina de elegir si su atmósfera se asemejará al frío análisis de Inside Job (2010) o a una historia más personal y emotiva. De todas maneras, Dirty Wars es un filme que debe ser visto, al menos por la indignación y rabia que genera. Es fácil criticar a los premios Óscar por olvidar ciertas películas que merecían ser nominadas, pero no se debe pasar por alto el mérito de la Academia al reconocer un documental tan punzante como este, especialmente por las acusaciones que realiza en contra del gobierno de Estados Unidos.

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