The Grand Budapest Hotel (2014)

ImageLos fanáticos de Wes Anderson adoran su estilo inconfundible: la gran atención en los detalles, la paleta de colores con una predominancia de tonos amarillos, los objetos y la estética vintage que pueblan sus escenas, los movimientos de cámara (travellings laterales, tomas panorámicas), el diálogo ágil y situaciones rápidas, el uso de maquetas y stop motion, la aparición de actores recurrentes (Bill Murray, Jason Schwartzman, Owen Wilson), la composición de sus planos (con una afición por la simetría). En resumen, el mundo que ha ido creando a lo largo de los años. Es tal la correlación entre estos elementos y Anderson, que sus detractores se basan en las mismas razones para atacar sus trabajos. Según ellos, el cineasta texano se preocupa tanto en cómo se ven sus películas que descuida el resto de los componentes.

Mi opinión acerca del cine de Anderson se encuentra al medio de las posturas ya descritas. Me gustan sus películas, creo que su visión es llamativa y el hecho de que haya creado un sello tan característico es muy meritorio, considerando que basta ver un par de segundos para saber que estamos ante una de sus películas. Con cada cinta que estrena, el director parece lograr un estilo visual cada vez más elaborado, pero no se nota la misma evolución en el desarrollo de sus personajes o los temas tocados. Wes Anderson no es solamente un cineasta que logra imágenes bonitas, también cuenta buenas historias y crea personajes memorables. A diferencia de sus detractores, yo todavía apoyo sus películas, y hasta el momento ninguna de ellas me ha molestado. El problema es que se nota una tendencia hacia la estilización, a resaltar los elementos superficiales y no centrarse demasiado en la sustancia.

El personaje de Gwyneth Paltrow en The Royal Tenenbaums (2001), por ejemplo, no estaba definido por el dedo que le faltaba, por el rímel que usaba o por los cigarrillos que fumaba. Estos eran elementos visuales que servían para reconocerla, pero no para definirla. La esencia del personaje es su melancolía, la figura de una mujer que se vio agobiada por las altas expectativas que estaban puestas sobre ella cuando era una niña, y el falso consuelo que buscó en sus múltiples matrimonios. Transmitir todo eso no se logra solo escogiendo el diseño de una alfombra o el papel mural de una habitación determinada. Para eso existen los decoradores de interiores. Wes Anderson es más que eso, y por lo mismo me da miedo que se vaya acercando cada vez más al nivel de Tim Burton, que a estas alturas parece una parodia de sí mismo.

Con The Grand Budapest Hotel (El gran hotel Budapest), su última película, Anderson continúa sumergiéndose en el mundo que creó. La historia sigue a Zero (Tony Revolori), un botones que trabaja en el afamado hotel Budapest, ubicado en un país ficticio llamado Zubrowka. Pese a su inexperiencia, el joven es servicial e intenta aprender rápido, por lo que se transforma en el protegido del concierge del hotel, Monsieur Gustave (Ralph Fiennes). La buena reputación del hotel se debe principalmente a Gustave, quien es un experto en lograr que los huéspedes se sientan bien acogidos. Su hospitalidad es especialmente efectiva con las ancianas acaudaladas, con quienes mantiene relaciones a cambio de suculentas propinas.

Tras la muerte de una de sus huéspedes más estimadas, Gustave y Zero viajan a su funeral, donde descubren que en su testamento la mujer le heredó una valiosa pintura. Esto molesta bastante al hijo de la anciana, Dimitri (Adrien Brody), quien usará sus contactos para encarcelar a Gustave y evitar que se apodere de la pintura. A partir de ahí comenzará una serie de enredos e intrigas, incluyendo algunos asesinatos, una persecución en un trineo, un intento de fuga, una historia de amor entre Zero y una pastelera llamada Agatha (Saoirse Ronan), y la constante amenaza de la guerra.

Como ya es costumbre en sus trabajos, esta película es una delicia visual. Uno puede reconocer todos los andersonismos que mencioné en el primer párrafo, los que llegan a un nivel de refinamiento muy alto. Cada uno de los planos, cada movimiento de cámara, el diseño de cada objeto mostrado en la película, todo parece haber sido escogido con sumo cuidado, como si fuese una representación visual de un trastorno obsesivo compulsivo. Se ha dicho que las películas de Anderson lucen como cuentos infantiles ilustrados, y esta comparación parece muy adecuada para The Grand Budapest Hotel. Con una historia ambientada en Europa, cerca de los Alpes, pareciera que uno estuviese viendo la adaptación de un cuento de los hermanos Grimm, sobre todo con esas calles adoquinadas y la arquitectura alemana que hace ver a las construcciones como casas de muñecas.

Pero si bien es la cinta de Anderson más elaborada en términos visuales, uno de los aspectos que más me llamó la atención fue la violencia que se muestra en algunas escenas. En Moonrise Kingdom (2012) se mostraba la muerte de un perro tras ser apuñalado con unas tijeras, en The Royal Tenenbaums hay un suicidio frustrado, y en The Life Aquatic with Steve Zissou (2004) los personajes deben enfrentarse a unos piratas armados, pero la violencia de aquellos momentos estaba filmada de una forma que no la hiciera grotesca ni terrorífica. En The Grand Budapest Hotel, en cambio, se muestran unos dedos cortados, una cabeza decapitada, unos apuñalamientos y hasta un tiroteo. Si bien el tono de la película sigue siendo el de una comedia de Wes Anderson, no recuerdo haber visto escenas tan tétricas en sus anteriores trabajos. Quizás este contraste entre la belleza y lo grotesco refuerza la idea de que su estilo emula a las ilustraciones de los cuentos infantiles, ya que las historias de los hermanos Grimm eran muy sombrías.

Este contraste también se encuentra en la presencia amenazante de unos militares que aluden a la SS alemana (en la película usan ZZ). Esta es otra novedad de la cinta en relación a los trabajos previos del director, los cuales tenían un carácter anacrónico. Acá, por el contrario, se señalan las épocas donde está ambientada la historia, siendo una de ellas la década de los 30. Pero si bien hace referencia a un hecho tan real y atroz como la Segunda Guerra Mundial, Anderson no se adentra demasiado en ella, y utiliza a los militares como un peligro algo distante. Más que hacer un comentario sobre este conflicto bélico, el director lo utiliza para representar un cambio de pensamiento que se sufrió durante aquella época, desde la civilidad (representada en la película por la etiqueta y cortesía de Gustave) a la barbarie (representada por la crueldad y violencia de los soldados).

La película recurre además a la rememoración, a desempolvar el pasado. De hecho, la cinta está ambientada en cuatro épocas, y la forma en que se pasa de una a otra es que la más contemporánea recuerda a la anterior y así sucesivamente. La primera escena de la película muestra a una joven visitando la tumba de un escritor, donde se pone a leer su libro (titulado The Grand Budapest Hotel); a partir de entonces vemos al escritor hablándole directamente al espectador, como el narrador de un libro hace con el lector, quien nos cuenta un capítulo que ocurrió en su vida; entonces pasamos a la tercera época, donde una versión joven del escritor conoce a un Zero ya anciano, quien le narra cómo conoció a Gustave; y es este relato, ambientado en la cuarta época de la película, donde ocurren la mayoría de los hechos que vemos en la pantalla.

La forma en que la cinta ve al pasado es con nostalgia, con el deseo de poder volver a una época más gloriosa. El hotel Budapest que se muestra en la tercera época es decadente, mientras que el de la cuarta está en su pleno apogeo. El deseo por aferrarse de algo que ya no existe hace que el Zero anciano se aloje en la humilde habitación que tenía cuando trabajaba como botones, pese a que tiene el dinero suficiente para usar un cuarto más lujoso. No es de extrañar que Anderson mire de esta forma al pasado, considerando que sus trabajos siempre han tenido un cariño por objetos como los tocadiscos, las cartas escritas a mano o la fotografía análoga. Las dudas podrían surgir en relación a lo simplista que es el mensaje “todo tiempo pasado fue mejor”, ya que más que hacerse cargo de los problemas de la época contemporánea, se limita a recordar lo bien que estábamos antes.

Ahora, si bien The Grand Budapest Hotel toca algunos temas que son bastante sombríos, el tono utilizado es desenvuelto y liviano. Salvo por unos hechos narrados hacia el final de la película, esta debe ser una de las comedias más relajadas del director. El humor utilizado es muy rápido, con diálogos ágiles y situaciones absurdas, las cuales forman parte de un guion que nunca pierde nuestra atención. El mérito no es solo del guion y la dirección, ya que Ralph Fiennes hace un enorme trabajo como Gustave y se convierte sin lugar a dudas en el pilar de la película.

El problema es que los acontecimientos ocurren de forma tan ágil que la cinta no les da demasiado tiempo a los personajes para que se desarrollen. La trama llena de intrigas y persecuciones hace que los personajes salgan de un aprieto para entrar inmediatamente a otro. Además, el gran número de actores convierte a los personajes secundarios en breves destellos dentro de la cinta, que solo tienen tiempo para presentarse y nada más (incluida la brevísima aparición de Bill Murray). En relación a Zero y Gustave, existe una evolución en su relación, formándose un lazo de padre e hijo entre ambos, pero no se puede decir lo mismo del personaje de Agatha. Esto es algo nuevo en Anderson, quien se había caracterizado por crear personajes femeninos complejos y misteriosos. Agatha, en cambio, no tiene muchas cosas que mencionar, más allá de su bondad y la marca que tiene en su mejilla con la forma de México. No es tanto un personaje sino un objetivo o un anhelo del joven protagonista.

Y aunque la trama está llena de enredos, el guion es bastante sencillo al momento de crear las relaciones entre los personajes. Si en Rushmore (1998) y The Darjeeling Limited (2007) uno podía ver ciertos conflictos y cambios entre los personajes principales, nada de esto ocurre en The Grand Budapest Hotel, donde los problemas que surgen entre Zero y Gustave se solucionan dentro de la misma escena. Los bandos dentro de la película están claramente definidos, con los buenos en un lado y los malos en el otro. Zero nunca cuestiona el actuar de Gustave ni sus decisiones; el único roce que tienen se refiere a Agatha, y es utilizado con fines humorísticos, como algo muy liviano.

La cinta es muy entretenida e ingeniosa, con un gran cuidado por el aspecto visual, la creación de personajes extravagantes y un humor efectivo. Pero este afán del director por centrarse en los elementos más superficiales me sigue poniendo nervioso. Por ejemplo, a lo largo de la película se va cambiando la relación de aspecto de la imagen, usando una más cuadrada en las escenas ambientadas durante los años 30 y una más alargada en las más contemporáneas (imitando la relación de aspecto que existe en el cine de aquellas épocas). Pero en términos narrativos no aporta demasiado.

No creo que The Grand Budapest Hotel sea mala, pero si Anderson sigue la tendencia de sus últimos trabajos podría pasar a convertirse en un director que hace películas simplemente “bonitas”. No es un defecto que tenga un cierto estilo visual, todo lo contrario, le otorga una identidad a él y a sus trabajos, pero hay que tener cuidado de no caer en el conformismo. Como artista, Anderson debería innovar en sus películas, superarse a sí mismo con cada obra nueva.

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2 pensamientos en “The Grand Budapest Hotel (2014)

  1. Pingback: Las mejores películas de 2014 | sin sentido

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