La danza de la realidad (2013)

la-danza-de-la-realidad-posterHace más de dos décadas que se estrenó la anterior película de Alejandro Jodorowsky, The Rainbow Thief (1990). En el tiempo intermedio, el escritor-actor-psicoterapeuta-dibujante-compositor chileno se dedicó a escribir libros, cómics y a desarrollar la psicomagia, técnica creada por él mismo con el objetivo de lograr la sanación espiritual. Fue con la realización del documental Jodorowsky’s Dune (2013), que narra su infructuoso intento por adaptar la novela Dune de Frank Herbert, que el artista se reconcilió con el productor Michel Seydoux, quien había financiado aquel fallido proyecto. Con esta reconciliación surgió la idea de volver a hacer una película, y Jodorowsky, que ya tiene más de 80 años de edad, decidió hacerlo en forma de autobiografía.

La historia se encuentra contada a través del particular prisma que es la mente de este cineasta, basada en hechos reales pero ensalzada por su feroz imaginación. En la película vemos la infancia de Alejandro Jodorowsky (Jeremias Herskovits), un tímido niño que vive en la ciudad de Tocopilla junto a sus padres. Es la década de 1930 y su familia es dueña de una tienda de ropa llamada Casa Ukrania. Su padre, Jaime (Brontis Jodorowsky), es un ferviente comunista que trata a su hijo de forma autoritaria, criticando el sentimentalismo de Alejandro e instándolo a convertirse en un hombre como él. Su madre, Sara (Pamela Flores), es una mujer sumisa que debe lidiar con la mezcla de miedo y amor que siente por su marido.

La película trata temas ya conocidos en la filmografía del director, como el materialismo, la sexualidad, la espiritualidad y la religión, la violencia, el mundo del circo, y los marginados de la sociedad, representados por enanos y amputados. Todo esto con el factor de sorpresa que constituye ver una cinta de Jodorowsky. La película además es un relato acerca del crecimiento de este niño, que a lo largo del metraje descubre lo arbitrario, cruel y a veces hermoso que puede llegar a ser el mundo. En algunas escenas vemos al mismo director aparecer en pantalla, como una especie de narrador que nos explica lo que sintió en aquella etapa de su vida.

Pero no todo gira en torno a él. Durante el último tercio de la película el enfoque de la historia cambia hacia la figura del padre, mostrándonos sus contradicciones y dudas. Se no explica, por ejemplo, que antes de ser un comerciante había trabajado como artista circense, o que pese a tener una ideología comunista su actual negocio y la forma en que ve a los desposeídos choca con aquella visión. El proyecto parece una especie de catarsis del propio Jodorowsky, quien intenta reconciliarse con sus padres a través de esta película. Para lograr esto, el director recurre a miembros de su familia, que participan en la cinta a través de diversos roles. Jaime, su padre, es interpretado por su propio hijo, Brontis, quien ya había actuado en las películas El topo (1970) y Santa sangre (1989). En la cinta también actúan sus hijos Axel y Adan, siendo el segundo además el compositor de la banda sonora. El diseño de vestuario estuvo a cargo de la esposa del director, Pascale Montadon.

En relación a los temas que toca la película y a la forma en que lleva a cabo estas reflexiones, La danza de la realidad cae en la misma irregularidad de los trabajos anteriores del cineasta. Las ideas, por ejemplo, varían entre las reflexiones profundas, las obviedades burdas y la mera charlatanería. Para presentar estos temas Jodorowsky recurre a una simbología que a veces es torpe y en otras ocasiones está impregnada de una enorme solemnidad y belleza.

En la película se hace un buen paralelo entre el autoritarismo que el padre de Alejandro comparte con su ídolo Stalin y su enemigo Carlos Ibáñez del Campo. Esto refleja la hipocresía del personaje, que es miembro del partido comunista y está dispuesto a hacer lo que sea por seguir sus ideales, lo que contrasta con la forma en que se comporta en su hogar, donde no dista mucho de la imagen que proyectan esos dos dictadores. Los carteles que están repartidos a lo largo de Tocopilla con el rostro del militar chileno constituyen una presencia amenazante que nos recuerda constantemente la represión que ocurrió en el país durante aquella época, mientras que el cuadro de Stalin colgado en la tienda de Jaime hace lo propio con las atrocidades cometidas en la Unión Soviética.

Lamentablemente, estas virtudes de la cinta no se replican a la totalidad de sus elementos. Algunas decisiones de Jodorowsky, como el hecho de que todas las líneas de su madre sean cantadas, para reflejar la afición que ella sentía por la ópera, parece algo más ridículo que significativo. Es casi como un homenaje involuntario a Alejo y Valentina. Hay también otros momentos dentro de la película que son derechamente incomprensibles, incluso para los estándares del propio Jodorowsky.

Cuando uno ve una película de este director, el mensaje que intenta transmitir, y la forma en que lo hace, terminan cayendo en un segundo plano. Algunas personas pueden ver a Jodorowsky como un genio, y otras como un vende humo, y puede que ambas opiniones tengan razón. Lo importante, sin embargo, es la experiencia misma de ver la película. La confusión, las risas nerviosas, incluso la frustración. Es una experiencia agotadora, sobre todo considerando que dura dos horas y media, pero definitivamente se quedará aferrada a nuestra memoria.

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