Transcendence (2014)

Transcendence2014PosterWill Caster (Johnny Depp) es un científico que junto a su esposa, Evelyn (Rebecca Hall), ha estudiado las posibilidades de crear una inteligencia artificial. El principal objetivo que buscan alcanzar es que una máquina llegue al estado de “trascendencia”, es decir, que sea capaz de tener consciencia de sí misma. Sin embargo, estas ideas que son vistas por la pareja como un importante salto en el desarrollo de la humanidad, generan desconfianza en otros sectores. Tras una conferencia donde explica sus teorías, Will es atacado por un hombre, quien le dispara una bala que contamina su cuerpo con radiación. El hombre es miembro de un grupo radical que sostiene que la tecnología es un peligro para los seres humanos.

Dado que a su marido le quedan solo semanas de vida, Evelyn decide mantener su mente con vida, transfiriendo los impulsos eléctricos de su cerebro a una máquina. Como la creación de una inteligencia artificial es todavía improbable, ella cree que será más fácil duplicar una ya existente; en este caso, la de Will. El experimento funciona, pero un colega de la pareja, Max Waters (Paul Bettany), teme que la máquina no sea el mismo Will que conoció, sino que simplemente una aproximación.

Las implicancias teóricas de Transcendence (Transcendence: Identidad virtual) son muy interesantes. ¿Es posible crear una inteligencia artificial? ¿Hay algo que diferencie a este tipo de inteligencia de la que poseemos los humanos (emociones, alma)? ¿Existen riesgos de que las máquinas sean conscientes de sí mismas? Dado que estas inteligencias artificiales son más avanzadas que las nuestras, ¿nos verían como seres inferiores? ¿Hasta dónde llegarían los anhelos por crecer y evolucionar inherentes a toda inteligencia? ¿A la megalomanía? Se trata de temas subyacentes a la película que pueden servir como punto de partida para extensas discusiones. El problema es que la cinta flaquea al momento de dar forma a la historia y a sus personajes.

Cuando escribí sobre Her (2013), de Spike Jonze, sostuve que una historia que gira en torno a una inteligencia artificial corría el riesgo de caer en lo extravagante, incluso en lo ridículo. En la cinta protagonizada por Joaquin Phoenix los elementos futuristas eran acercados a lo cotidiano, haciéndolos cercanos y comprensibles. En Transcendence, en cambio, existen ciertos momentos que cruzan el límite de lo tolerable, cayendo en la exageración.

Es cierto que cuando uno ve una película de ciencia ficción se deben hacer ciertas concesiones lógicas, pero debe existir una coherencia a lo largo del relato. Transcendence parte de manera aterrizada, mostrándonos adelantos tecnológicos creíbles considerando la época en la que está ambientada la historia. Pero a medida que va avanzando la película, estos adelantos se van haciendo más difíciles de creer, sobre todo con el nivel de desarrollo que alcanza la nanotecnología mostrada en pantalla. No existe una transición clara entre el punto A y el punto B, sino que un salto lógico que cuesta asimilar.

Y estos elementos no solo dicen relación con la plausibilidad de la tecnología, sino también con ciertas decisiones adoptadas por los personajes o algunos aspectos de la trama que son involuntariamente cómicos. Esto ocurre sobre todo durante el último tercio de la película. El desenlace de la historia depende del cambio de parecer de uno de sus personajes, pero la forma en que es mostrada parece más la solución apurada de un guion que no sabe cómo resolver todo lo que había construido previamente.

La película tampoco es clara al momento de entregar su mensaje en lo relativo a la tecnología. Existen dos bandos enfrentados en Transcendence: los científicos que ven en los adelantos tecnológicos un importante avance en la calidad de vida de las personas, y los activistas radicales que alertan sobre los peligros de la tecnología. La cinta se muestra confusa al momento de escoger uno u otro bando, terminando en un punto medio que tampoco es capaz de definir del todo.

Pero quizás su falencia más notoria sea su falta de ritmo. Incluso errores como los mencionados pueden llegar a perdonarse si la cinta es entretenida y cautivante, pero el debutante director Wally Pfister termina entregando un relato lento, que no llama demasiado la atención. Contar una historia sobre inteligencia artificial no significa que los personajes humanos deban ser mostrados como máquinas. Existen pocos momentos en la película donde uno siente una carga emocional, lo que es preocupante, tomando en cuenta que el núcleo de la película es la relación de pareja entre Will y Evelyn. Hay algunos momentos sobresalientes, como la escena donde Evelyn come en compañía de su marido artificial, o la escena donde Bree (Kate Mara) relata su experiencia trabajando para un científico que estudiaba la posibilidad de la inteligencia artificial; pero son islas dentro de una cinta que termina siendo demasiado fría.

Y no se trata de aquella frialdad que a veces se le reprocha al director Stanley Kubrick. En su película 2001: A Space Odyssey (1968), por ejemplo, que también trata el tema de la inteligencia artificial, Kubrick deliberadamente opta por favorecer lo intelectual por sobre lo emotivo, pero evita que la cinta termine siendo plana gracias a una sensación de fascinación que provoca en el espectador. Pfister, en cambio, no logra crear esta conexión. Uno puede notar su competencia en los aspectos técnicos, lo que demuestra por qué ha sido el director de fotografía de Christopher Nolan durante tanto tiempo, pero la indiferencia que producen varias de sus escenas termina dañando a la película.

Una buena película de ciencia ficción debe ser capaz de desafiar a la audiencia y hacerla reflexionar. El problema es cuando la historia y sus personajes son tan aburridos que la reflexión no se hace después de ver la película, sino que durante aquel proceso. Cuando pensar en las implicancias teóricas de las inteligencias artificiales resulta más interesante que prestar atención a lo que ocurre en la pantalla.

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