L’écume des jours (2013)

Mood_Indigo_posterA lo largo de su carrera, que abarca desde videos musicales hasta largometrajes, el director francés Michel Gondry ha ido cultivando un estilo visual característico. Dentro de sus elementos se encuentran el uso de animación cuadro por cuadro, los juegos de perspectiva para modificar el tamaño de los objetos mostrados en pantalla, la utilización de materiales reciclables (cartón, telas, botones) para obtener un resultado como de “hecho en casa”, y mostrar máquinas de estructura compleja. Estos y otros aspectos son utilizados en su más reciente película, L’écume des jours, a una escala incluso mayor que sus anteriores trabajos.

A diferencia de otras de sus cintas, como Eternal Sunshine of the Spotless Mind (2004) o La science des rêves (2006), los elementos extravagantes recién mencionados no se encuentran confinados a una determinada dimensión. En la primera, por ejemplo, se utilizaban durante las escenas ambientadas en la mente de Joel, para reflejar el proceso de borrado de memoria, mientras que en la segunda tenían relación con los sueños del protagonista. Acá, en cambio, los elementos forman parte de la vida cotidiana de los personajes, difuminando la línea que separa la realidad de la fantasía.

Esto se debe a que la película es una adaptación de la novela homónima de Boris Vian, un escritor cuyo trabajo se enmarcaba dentro del surrealismo. Gondry toma los objetos estrafalarios y las metáforas del libro de forma literal, creando un universo onírico, donde puede pasar cualquier cosa. Cada una de estas imágenes representa algún estado de ánimo, una idea, o simplemente tiene por objeto hacer más lúdica una escena. Así, durante el metraje vemos cómo los rayos de luz son representados a través de hilos, la comida tiene vida propia, o las piernas de los personajes se alargan de forma exagerada cuando bailan, como si se tratara de un dibujo animado de Looney Tunes.

La película parte bien, adentrándose en el mundo surrealista donde está ambientada la historia. Pero uno no tarda en tener algunas dudas acerca de la forma en que están construidos los personajes. Los protagonistas son Colin (Romain Duris) y Chloé (Audrey Tautou), una pareja de franceses que se conocen en una fiesta y se enamoran. Colin es un tipo despreocupado y soñador, que lleva una vida relajada junto a sus amigos Nicolas (Omar Sy) y Chick (Gad Elmaleh). Chloé, por su parte, es una mujer encantadora que brilla con luz propia. El problema es que la cinta parece preocuparse más del diseño de producción y el estilo que de lo que se está narrando. Esto porque Colin y Chloé casi no tienen personalidades propias, y la relación que surge entre ellos nace más por una necesidad del guion que de un resultado natural. De hecho, el mismo Colin se autoimpone la misión de enamorarse, tras descubrir que sus amigos tienen pareja.

Durante la primera mitad temí que la película fuese demasiado superficial y empalagosa. Y esto no tiene que ver con una aversión a las historias de amor, ya que cuando son bien contadas pueden llegar a ser muy interesantes. Mis dudas decían relación con lo liviano de la historia y lo unidimensional de sus personajes. No sabemos casi nada de Colin, salvo algunos detalles dispersos como su gusto por la música o su capacidad para inventar cosas. En el caso de Chloé la situación es incluso más preocupante, dado que se trata de un personaje que es definido por su apariencia más que por lo que piensa. El rol de Tautou es similar al de Amélie, por el que se hizo conocida internacionalmente hace más de diez años, pero si a Amélie se le hubiese despojado de casi toda sustancia para dejar un cascarón tan adorable como vacío.

Irónicamente, la cinta mejora cuando se le arrebata el aire optimista que prima durante la primera mitad. Al momento que la pareja descubre que Chloé sufre una grave enfermedad, el tono de la cinta se apaga, lo que queda también reflejado en los aspectos visuales de la obra: los colores se debilitan, la apariencia de la casa se marchita, el rostro de los personajes pierde el brillo que tenía.

Cuando los protagonistas están felices no hay mucho que destacar, más allá de los ingeniosos trucos de Gondry y la forma en que da vida a este mundo. Es cuando los personajes se enfrentan a los problemas de la vida que surge el lado más interesante de la historia. Antes, Colin llevaba una vida sin preocupaciones; no trabajaba, tenía un cocinero particular, y sus actividades se limitaban a pasarlo bien. La noticia de la enfermedad de Chloé constituye un golpe de realidad que lo obliga a hacer sacrificios para proteger lo que ama.

Este tono melancólico, a veces pesimista, no es nuevo en la filmografía de Michel Gondry, y le otorga a sus películas una dimensión más trascendental. Se siente la carga emotiva que impulsa a los personajes. Este cambio que se produce durante la segunda mitad de L’écume des jours mejora lo mostrado al comienzo de la cinta, pero no es suficiente para acercarla al mejor trabajo del director, Eternal Sunshine of the Spotless Mind.

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