The Zero Theorem (2013)

The_Zero_Theorem_posterCuando un director de cine tiene una trayectoria vasta, que se desenvuelve a lo largo de décadas, corre el riesgo de que sus trabajos caigan en la complacencia, en irse a la segura. Esto no ocurre con Terry Gilliam, cuyos últimos trabajos demuestran la misma chispa de las películas que realizó durante su mejor época. Si bien se puede sostener que la calidad de sus cintas se ha mantenido o decaído durante su época más reciente, los proyectos de este cineasta conservan ese deseo por experimentar y por ir más allá. Esto es lo que pasa con su más reciente película, The Zero Theorem, que forma parte de una trilogía distópica con dos de sus trabajos más importantes: Brazil (1985) y Twelve Monkeys (1995).

Si en Brazil se atacaba el autoritarismo de los gobiernos, en The Zero Theorem se muestra la forma en que las grandes corporaciones ejercen un control sobre las vidas de las personas. La amenaza pasa desde el abuso de poder por parte de los gobernantes, hacia el poder económico que los privados ejercen sobre sus pares. O en otros términos, desde el abuso de poder vertical hacia uno de carácter horizontal. Como en la película animada Wall-E (2008), la cinta sostiene que las empresas han ido adquiriendo un poder tan grande que llegan incluso a superar al aparato gubernamental. Este cambio demuestra el tiempo que ha pasado desde el estreno de Brazil y la forma en que el propio Gilliam ve actualmente el mundo. Sin embargo, en uno y otro caso el director apunta a lo mismo: la crítica hacia el autoritarismo. Cambió el origen de la amenaza, pero no el peligro en sí.

Los tonos grises de la película de 1985 fueron reemplazados por colores vivos y luces de neón, mientras que el papeleo monótono y las máquinas de escribir son sustituidos por pantallas y archivos digitales. Estos cambios son pequeños ajustes que realiza el director para actualizar algunos elementos a la época actual, pero en el fondo apuntan a lo mismo. Se sostiene que las personas nos hemos ido deshumanizando poco a poco debido al mecanicismo de la sociedad en la que vivimos. Hemos ido perdiendo nuestra calidad de individuos, pasando a ser herramientas.

Donde sí se presentan temas nuevos es en la idea de hiperconectividad mostrada por la película. La cinta enfatiza la forma en que las nuevas tecnologías han permitido que podamos acceder a enormes cantidades de información de manera sencilla, lo cual viene acompañado de un traspié, consistente en un deterioro de las interacciones que tenemos con otras personas. Uno de los mensajes que transmite la cinta es que las relaciones que tenemos parecen ser superficiales, vacías, ya que los avances tecnológicos han contribuido a aislarnos más. En una escena se puede ver una fiesta donde los invitados están absortos en sus propios asuntos, escuchando música a través de audífonos o mirando las pantallas de sus tablets.

El protagonista de la historia es Qohen Leth (Christoph Waltz), un hombre solitario que vive en un mundo futurista, donde trabaja como programador computacional. Hace algún tiempo el personaje recibió una misteriosa llamada telefónica, que según él sería capaz de explicarle cuál es el sentido de su vida. Sin embargo, colgó accidentalmente el teléfono antes de poder escuchar el mensaje completo. Esto lo transformó en una persona obsesiva que no quiere salir de su casa ya que desea estar presente en el caso de que lo vuelvan a llamar.

Para poder hacer esto, Qohen le pide a su jefe (Matt Damon) que le permita trabajar desde su hogar, lo que éste acepta con una condición. El protagonista deberá estar a cargo de un enigmático proyecto llamado “teorema cero”, cuyo objetivo es descubrir si la existencia tiene sentido. Otros trabajadores habían intentado descifrar la fórmula matemática, pero sin éxito.

El viaje que realiza el protagonista a lo largo de la película es de carácter existencialista, y tiene lugar en un mundo impersonal. Las interacciones que tiene con otros personajes están en su mayoría dictadas por una relación laboral y distante. Su terapeuta (Tilda Swinton), su supervisor (David Thewlis), el hijo de su jefe (Lucas Hedges), incluso la mujer que parece estar genuinamente interesada en él (Mélanie Thierry), todos ellos están de alguna manera ligados con la empresa para la que trabaja. Aunque está trabajando en un proyecto que busca definir el sentido de todo lo que conocemos, Qohen no tiene tiempo para poder reflexionar acerca de su propia situación, dado que su jefe controla todos los aspectos de su vida con el objetivo que de descifre la fórmula matemática.

La sociedad en la que vive, repleta de cables y pantallas, no le permite disfrutar ni siquiera de algo tan esencial como la privacidad. Con casos como el de la NSA o la filtración de fotografías de celebridades, este tema es sumamente relevante hoy en día. El personaje es constantemente monitoreado por cámaras de seguridad, cuando sale a la calle la publicidad lo persigue de forma insistente, y todo lo que realiza en su computador queda registrado para ser luego revisado por sus superiores. Qohen es incapaz de tener el control de su propia vida.

Gilliam recurre a su talento para crear metáforas visuales con el fin de reforzar las reflexiones que hay en la cinta. El protagonista, por ejemplo, vive en una iglesia en ruinas, lo que sirve tanto para representar su carácter de santuario (resguardándolo del resto), así como su propio estado de decadencia. El vestuario de Qohen también sirve para representar su lugar en la sociedad, ya que su ropa oscura lo hace resaltar entre el colorido del resto, marginándolo. Otra de las imágenes evocativas que encontramos en la película es la amenazante presencia de un hoyo negro, que hace referencia al propio estado de ánimo del personaje principal.

Una vez que han sido presentados todos estos problemas y la forma en que se desenvuelven, la película se da el tiempo de profundizar más en sus personajes, especialmente en Qohen, Bob y Bainsley. The Zero Theorem no solo se interesa por las implicancias teóricas de sus preguntas, sino también de otorgarle algo más de sustancia al protagonista y a las personas que lo rodean.

Con momentos exagerados, que a veces caen en lo absurdo e incluso en lo grotesco, la película presenta todos aquellos elementos que caracterizan a un trabajo de Terry Gilliam. Tiene algunos problemas, como lo difícil que es sumergirse en la atmósfera que intenta crear, pero esto se debe más que nada a las limitaciones del presupuesto, ya que la historia por si sola es lo suficientemente fascinante para captar la atención del espectador. En términos generales es una buena película de ciencia ficción condimentada con el llamativo estilo de este cineasta. Sus trabajos nos muestran mundos estrafalarios, pero no por eso menos parecidos al nuestro, actuando como un espejo deformante que termina reflejando nuestra verdadera esencia.

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