Camp X-Ray (2014)

Camp_X-Ray_posterEscudado por la denominada guerra contra el terrorismo, Estados Unidos ha cometido las más diversas atrocidades durante los últimos años. Tortura, ataques indiscriminados en contra de la población civil, tratos inhumanos, todo esto bajo la excusa de estar defendiendo la “libertad”. Uno de los más claros ejemplos de esta inconsecuencia es el centro de detención de Guantánamo. Ubicado en la costa sureste de Cuba, el centro se encuentra fuera de la jurisdicción estadounidense, permitiendo prácticas que infringen la normativa internacional respecto a los prisioneros de guerra.

Hacer una película sobre este tema no es fácil, sobre todo si es el largometraje debut de un director. Uno de los principales riesgos es caer en un sermoneo político que le quite interés a su historia o personajes, lo que haría más recomendable hacer un documental sobre el tema. Es por eso que el director Peter Sattler decidió centrarse en las personas que se encuentran en Guantánamo, tanto soldados como detenidos, dejando que las implicancias políticas surjan a partir de la manera en que los personajes se relacionan.

El título de la película, Camp X-Ray, es el nombre que recibió uno de los sectores al que fueron transportados los primeros detenidos, en el año 2002. El sector fue cerrado al poco tiempo, y las personas fueron trasladadas a nuevas instalaciones. Sin embargo, y pese a que las celdas al aire libre fueron reemplazadas por paredes de cemento, y a que los prisioneros tienen más concesiones (las comidas que reciben dependen de sus propias preferencias, tienen las facilidades de poder practicar las oraciones de su religión, y algunos incluso pueden practicar deportes), la esencia del encierro sigue ahí. Por más comodidades que tengan, los detenidos en Guantánamo siguen estando a la merced caprichosa de sus captores.

Esto es lo que ocurre con Ali (Peyman Moaadi), quien fue llevado al centro de detención durante los primeros meses de funcionamiento. Ali ha estado durante años en Guantánamo, siendo testigo de cómo ha ido evolucionando el lugar, pero sus posibilidades de ser liberado siguen siendo tan escasas como el día en que fue capturado. En su octavo año recluido, Ali conoce a Amy (Kristen Stewart), una joven que acaba de ser transferida al lugar para desempeñarse como guardia. La relación entre ambos surge con tanta tensión como habría de esperarse, pero poco a poco Amy descubrirá que detrás de esa máscara que ha aprendido a odiar, se encuentra un ser humano.

Sin recurrir a lo empalagoso, el guion escrito por Sattler es capaz de crear una evolución creíble en la relación entre ambos personajes. El núcleo de la película se encuentra en sus interacciones, partiendo primero con desconfianza y hostilidad, pasando luego a ser más íntima. El tipo de actuación de Kristen Stewart, caracterizado por un aire nervioso e incómodo, es preciso para su personaje, demostrando que es capaz de escapar del estigma de Bella Swan y las películas de Twilight. Si hubiese estado acompañada por un actor menos talentoso, lo más probable es que la cinta no habría funcionado con la misma efectividad, pero la interpretación de Peyman Moaadi –que actuó en la premiada Jodaeiye Nader az Simin (A Separation; 2011)- transforman a Camp X-Ray en un trabajo muy por sobre el promedio.

Uno de los méritos de la película es que no sabemos exactamente cuáles son los cargos que debe enfrentar Ali, y tampoco sabemos si es realmente inocente. En la primera escena de la película lo vemos llegando a su casa con una bolsa llena de teléfonos celulares, siendo posteriormente capturado mientras está rezando. El resto de la información de este personaje la debemos extraer de sus propias palabras, así que estamos tan a la deriva como la protagonista. Lo importante de Camp X-Ray es que a pesar de no saber si estamos ante alguien culpable o inocente, las condiciones en las que se encuentra son igual de reprochables en uno u otro caso. Si supiésemos que Ali es culpable, parte de nosotros podría llegar incluso a justificar el trato que recibe, y si supiésemos que es inocente, caeríamos en su defensa de inmediato. La película nos enfrenta a una incertidumbre precisamente para hacernos pensar solo acerca de las medidas de reclusión, sin considerar su culpabilidad o inocencia.

A diferencia del adoctrinamiento que ha recibido Amy en el ejército, la cuestión no es algo que pueda ser visto en blancos y negros. El error consiste en deshumanizar al “otro”, en verlo como una personificación del mal completamente desconectada de su calidad de ser humano. Someter a un grupo de personas a una privación de libertad durante un periodo indeterminado, acusados de cargos a los que ellos no tienen acceso, y juzgados sin garantías básicas como el derecho a defensa o a ser representados por alguien letrado, es tan reprochable cuando se trata de un culpable como de un inocente.

Aunque la película cuenta con un número limitado de locaciones, la mayoría de ellas ubicadas en espacios cerrados, la fotografía a cargo de James Laxton permite imágenes cautivantes. Es especialmente destacable la manera en que es filmado el pasillo de celdas que recorre Amy durante su guardia, reflejando en su trayecto circular la manera en que el tiempo en un lugar como ese no avanza, sino que simplemente transcurre de manera indefinida. También es interesante la manera en que se demuestra la separación física/espiritual entre ambos personajes, a través de la puerta roja que los divide, situación que cambia durante los últimos minutos de la película, reflejando la conexión que han alcanzado.

La cinta no está exenta de defectos, como los momentos donde se recalcan en demasía ciertas ideas, lo que le resta algo de sutileza (por ejemplo, ese montaje donde se muestran los paralelos que existen entre Ali y Amy). Pero por lo general la película logra crear una historia interesante, con buenas dosis de emotividad, y la capacidad para levantar preguntas acerca de un tema relevante. Nada mal para el debut de un cineasta.

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