Kaguyahime no monogatari (2013)

kaguyahime-no-monogatari-posterStudio Ghibli, la famosa empresa de animación japonesa, ha hecho un gran trabajo recuperando elementos de la cultura de aquel país para incorporarlos en sus películas. Música, mitos, costumbres e historia forman parte importante de sus trabajos, y debido a la popularidad que han alcanzado, se han convertido en vehículos para que otros países (sobre todo los de occidente) puedan adentrarse en el imaginario japonés. Esto es especialmente cierto en la más reciente cinta del estudio, Kaguyahime no monogatari (The Tale of the Princess Kaguya; El cuento de la princesa Kaguya), basada en una historia que data del siglo X.

Okina (Takeo Chii) es un humilde campesino que trabaja cortando bambú. Un día, mientras estaba en el bosque, el anciano descubre a una pequeña niña (Aki Asakura) dentro de un brote de bambú. Creyendo que se trata de un mensaje celestial, Okina lleva a la niña a su casa, donde decide criarla junto a su esposa Ona (Nobuko Miyamoto). El anciano se refiere a su hija adoptiva como “Princesa”, ya que según él una niña de esa naturaleza no puede contentarse con ser simplemente una campesina, sino que debe aspirar a cosas mayores. Con la ayuda del oro que encuentra dentro de otro bambú, Okina se muda junto a su esposa e hija a la capital, donde hará todo lo posible por hacer que la niña sea parte de la nobleza. Allí la joven recibe el nombre de Kaguya y es pretendida por hombres muy importantes de la sociedad, pero pese a todos estos lujos hay algo que falta en su vida.

La historia posee elementos fantásticos, provenientes de la naturaleza misma de la protagonista. Además de su origen sobrenatural, la película se encarga de mostrar cómo Kaguya crece a un ritmo veloz y es capaz de aprender cosas de inmediato. Durante el último tercio del relato se introduce incluso un elemento cósmico, lo que transforma a la historia en que está basada la película en un verdadero precedente del género de la ciencia ficción.

Una de las cosas que más llama la atención es el estilo de la animación, cuyos dibujos emulan el efecto de las acuarelas, como si estuviésemos viendo unos pergaminos tradicionales japoneses. De manera similar a lo que ocurre con la película belga Ernest et Célestine (2012), cada plano es una delicia visual. Los colores utilizados, los trazos, el efecto inacabado de algunos dibujos, todos estos aspectos convierten la experiencia de ver la película en algo asombroso. El director Isao Takahata además logra variar el estilo de vez en cuando, para transmitir diferentes sensaciones. Así, hay una secuencia que fue dibujada con trazos bruscos y frenéticos, contrastando con el estilo elegante del resto de la cinta, con el fin de acentuar la desesperación de la protagonista.

Otra de las cosas que se notan, y que ha caracterizado a los trabajos de Studio Ghibli, es la gran atención por los detalles. De vez en cuando vemos cómo la protagonista se arregla el cabello, toca un instrumento o juega con lo que está a su alcance, y en otras escenas se muestra a su madre trabajando en un telar o a unas personas haciendo unas vasijas de madera. Estos momentos pueden ser considerados tiempos muertos por algunas personas, ya que no hacen avanzar la trama, pero a cambio de eso le dan un aire de credibilidad a los personajes y al mundo en el que habitan.

En términos de trama, la película es bastante sencilla, narrando el crecimiento de Kaguya y su paso desde la vida rural hacia su experiencia en la capital. El ritmo pausado del relato hace que la cinta sea aconsejable para espectadores más adultos, demostrando una vez más que la animación es una herramienta y no un género que debe ser siempre vinculado al público infantil. La duración de la película, que supera las 2 horas, se siente sobre todo durante el segundo tercio, pero logra recuperarse con los momentos más vistosos presentes en el final.

La moraleja presente en la película es bastante clara, siguiendo la línea de otros trabajos de Studio Ghibli al reivindicar el valor de la naturaleza por sobre los bienes materiales. Okina hace todo lo posible para que Kaguya se convierta en una princesa y tenga una vida acomodada, pero pese a estos lujos la protagonista sigue anhelando el tiempo que pasó en el campo junto a sus amigos, cuando las cosas eran más sencillas. El accionar del campesino no está inspirado por malas intenciones, todo lo contrario, ya que busca que su hija sea feliz, pero su error consiste en creer que su felicidad depende de sus posesiones. Se trata de un mensaje atemporal, acorde al tipo de historia que se está contando.

Además de esto, la cinta logra entregar una visión bastante interesante acerca de la protagonista y su género. Kaguya se une al amplio número de protagonistas mujeres que pueblan los trabajos del estudio de animación, quienes son presentadas como personajes complejos y multidimensionales. En Kaguyahime no monogatari vemos una crítica a la cosificación de las mujeres, ya que los pretendientes de la protagonista están interesados más que nada por su belleza, la que comparan a joyas y otros objetos valiosos. Con esto, los pretendientes ven a Kaguya como un lujo más, que se puede sumar al resto de sus bienes materiales, y no como una persona.

Mucho se ha especulado sobre el futuro de Studio Ghibli tras el retiro de Hayao Miyazaki. El director de esta película, Isao Takahata, tiene 79 años, y desde su anterior cinta han transcurrido casi 15 años, por lo que la tarea de continuar dando vida a estos proyectos dependerá de cineastas más jóvenes como Hiromasa Yonebayashi (Kari-gurashi no Arietti; The Secret World of Arrietty) o Gorō Miyazaki (Kokuriko-zaka kara; From Up on Poppy Hill). Pero ya sea que el estudio cierre sus puertas en uno o cien años más, podemos estar seguros de lo siguiente: sus trabajos seguirán ahí sin importar lo que ocurra. Porque gracias a películas como esta, el legado de Ghibli continuará durante generaciones.

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