Magic in the Moonlight (2014)

Magic_in_the_Moonlight_posterLa frecuencia con la que Woody Allen estrena sus películas es capaz de sorprender a cualquier persona. Cada año vemos una nueva cinta del director neoyorquino, pero a sus 79 años de edad hay ciertos hábitos que han comenzado a mermar, como su antigua preferencia por protagonizar sus propias cintas. Ahora debe conseguir a otros actores para que interpreten a estos particulares personajes que se han transformado en sus verdaderos alter egos. En Magic in the Moonlight (Magia a la luz de la luna), su más reciente película, es Colin Firth quien asume el desafío, dando vida a un ilusionista inglés.

Ambientada en el sur de Francia durante la década de 1920, la cinta toma como punto de partida la pasión del director por el ilusionismo, a través de la experiencia de su protagonista Stanley Crawford, un renombrado mago. Crawford realiza sus actuaciones encarnando a un personaje llamado Wei Ling Soo, con el que realiza trucos como hacer desaparecer elefantes o cortar a sus asistentes por la mitad. Este personaje posee todas las características que definen a los múltiples alter egos de Allen a lo largo de su carrera; escepticismo, misantropía, pesimismo, sarcasmo, todo está presente. En una escena de la película, un personaje describe a Crawford de una manera que podría ser utilizada para el propio director, salvo el detalle de la tía:

“Tiene un clásico desorden neurótico de la personalidad. Padres brillantes que no congeniaban. Muy cercano a su tía. Obsesionado con la mortalidad. No cree en nada. No le encuentra sentido a la vida. Un perfecto depresivo con todo sublimado en su arte”.

Pero el protagonista no solo está creado a partir de personajes como Alvy Singer o Isaac Davis, sino que se le otorgan algunos elementos que lo diferencian de anteriores trabajos del cineasta. Así, Allen reconoce que sería absurdo hacer que Colin Firth imitara su actuar nervioso, ya que no se condice con la personalidad que representa, optando en cambio por darle un refinamiento que solo el actor inglés puede transmitir. Esta combinación hace que el protagonista sea tan fascinante como repulsivo, debido a lo pomposo que llega a actuar en ciertas ocasiones.

Además de dedicarse al ilusionismo, Crawford tiene experiencia desenmascarando a personas que dicen tener poderes psíquicos. El personaje es un racionalista incondicional, por lo que ve a estos supuestos médiums como meros charlatanes. Debido a esto, Crawford es invitado por un amigo al sur de Francia, donde vive una acaudalada familia que está siendo seducida por Sophie Baker (Emma Stone), una joven que afirma tener capacidades extrasensoriales. Es tal la situación, que el hijo menor de la familia, Brice (Hamish Linklater), está enamorado de la joven y pretende casarse con ella. El protagonista llega a la mansión de la familia utilizando una identidad falsa para que Sophie no sepa sus intenciones, pero no tarda en descubrir que ridiculizarla será una tarea muy difícil.

Las respuestas de la joven no pueden ser más acertadas, y aunque el ilusionista se esfuerza por encontrar el truco de todo esto, poco a poco se va instalando la idea de que quizás lo que dice Sophie es real. Para Crawford, un experto mago que ha maravillado a miles de personas a lo largo de todo el mundo, la posibilidad de que alguien pueda hacer estas ilusiones sin necesidad de engañar a otros le resulta inadmisible.

Lo mejor de Magic in the Moonlight es la manera en que sus dos personajes principales interactúan. Crawford, con su escepticismo y sarcasmo a flor de piel, se convierte en el principal responsable de los momentos cómicos dentro de la película, y tiene un muy buen complemento con el personaje de Sophie. El guion tiene esos diálogos llenos de vida de Allen, que hacen de las conversaciones entre los personajes unas verdaderas batallas lingüísticas.

Al ver la cinta se pueden notar importantes similitudes con otro de los trabajos del director, la ya clásica Manhattan (1979). La escena donde la pareja protagonista se resguarda de la lluvia en un observatorio es evocativa de aquella donde Woody Allen y Diane Keaton hacían lo propio en un planetario. Incluso la relación entre los personajes presenta semejanzas. En ambas películas, el personaje principal es un hombre cínico que está dividido entre dos mujeres. La primera, más cercana a su edad, con un aire maduro y sofisticado que la convierten en una opción que es racionalmente adecuada para él. Y la segunda, mucho más joven, ingenua e inexperta, pero con una transparencia que maravilla al protagonista, haciendo que sus pensamientos queden en un segundo plano.

Y es precisamente este último punto el más importante en las dos cintas, más allá de sus similitudes superficiales. Stanley Crawford es una persona que se encuentra constantemente agobiado por un sentido común que es tanto una bendición como una condena. Su forma de pensar lo hace ver cosas que el resto de las personas no, pero también lo expone a más desdichas. El rechazar la posibilidad de un mundo oculto, espiritual, no solo lo lleva a desenmascarar a estafadores, sino que le quita la esperanza de que exista algo más allá de este mundo terrenal.

Su intelectualismo frío también lo hace ver las relaciones humanas como algo que se mide en base a criterios como el utilitarismo. La razón por la que Crawford está con su actual novia no obedece tanto a si la quiere o no, sino más bien a si es algo adecuado en términos sociales. Una vez que conoce a Sophie y se ve intrigado por sus habilidades, el protagonista es capaz de liberarse de su raciocinio tan estricto, y deja que los sentimientos fluyan dentro de sí. Si en una escena de Manhattan el personaje de Allen descubre por qué vale la pena vivir, lo mismo ocurre con el de Colin Firth, quien pasa de ver su propia existencia como algo sin sentido, a apreciarlo con una visión más optimista.

El mensaje de la película de ninguna manera aprueba el triunfo de la ignorancia por sobre la razón. Woody Allen sigue siendo tanto ateo como siempre, por lo que abrazar la fe en momentos de desesperación es una opción que él mira con desconfianza. Lo que Magic in the Moonlight dice es que aún para esas personas que no creen en un mundo espiritual ni en la existencia de un ser todopoderoso que nos haya creado, eso no significa que debamos vivir de manera miserable, pensando en cada momento en el hecho de que nos vamos a morir y todo terminará ahí. Mientras ese momento todavía no llegue, podemos detenernos a apreciar la magia que nos rodea, ya sea en la forma de una persona que queremos, en una expresión artística que nos fascine, o en el simple hecho de observar la belleza que hay en el mundo.

La película cojea sobre todo durante su último tercio, al no lograr que la trama concluya de la mejor manera, y producto de una cuota de sentimentalismo poco creíble. Pero de todas formas se aprecia una honestidad en su mensaje que la hace valorable. No es la mejor cinta del director, y ni siquiera es una obra imprescindible dentro de su filmografía, pero si por alguna razón se encuentran con ella, será una experiencia satisfactoria.

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