Leviafan (2014)

leviafan-posterCuando el filósofo inglés Thomas Hobbes desarrolló su teoría del Estado, tomó prestado el nombre del monstruo bíblico Leviatán para representar al aparato estatal. Resulta curiosa esta elección, considerando las implicancias negativas que están ligadas al nombre, pero tiene sentido si consideramos los efectos que puede tener el Estado cuando excede sus facultades y cae en el abuso de poder. Pese a que Hobbes veía al Leviatán como una estructura necesaria para mantener a raya la naturaleza conflictiva del ser humano, también reconocía que su enorme poder impedía que existiese una garantía de que vaya a cumplir con su misión de protección de las personas.

La película rusa Leviafan (Leviathan; Leviatán), de Andrey Zvyagintsev, fue bautizada con ese nombre tomando en cuenta sus dos concepciones, tanto la política como la religiosa. Ambas son representadas como fuerzas inexpugnables, de una magnitud descomunal. La historia está ambientada en un pequeño pueblo costero ubicado al norte de Rusia. Kolya (Aleksey Serebryakov) es un humilde trabajador cuya casa fue expropiada, por lo que debe mudarse junto a su esposa Lilya (Elena Lyadova) y su hijo Roman (Sergey Pokhodaev). Lo que molesta al protagonista no es tanto el hecho de haber recibido una indemnización baja por la pérdida de su casa, sino que el lugar donde su abuelo y su padre vivieron vaya a ser destruido para beneficio personal del alcalde del pueblo.

Es por eso que le pide ayuda a su viejo amigo Dmitriy (Vladimir Vdovichenkov), que trabaja como abogado en Moscú, para que lo ayude a evitar la expropiación. Si bien el abogado se muestra confiado con lograr un buen resultado, llegando incluso a intimidar al alcalde con la posibilidad de hacer públicas sus malas prácticas, no tarda en darse cuenta que el poder del alcalde y de sus contactos no debe ser subestimado. La lucha del protagonista pasa entonces a desarrollarse no solo en un plano económico, sino también personal, en un enfrentamiento desolador respecto del cual no tiene mayor control.

Al momento de realizar una crítica contra la manera en que funciona el Estado, ya sea por hechos como la corrupción, el abuso de poder o la excesiva burocracia, no existe un único método de acción. Se puede recurrir a la sátira, como hizo el escritor Franz Kafka en su novela El proceso, o se pueden introducir también elementos de humor negro, como Terry Gilliam y su película Brazil (1985). La opción a la que recurre el cineasta Andrey Zvyagintsev es diferente a la de estos dos ejemplos, escogiendo un tono más serio, que se aleja de los aspectos absurdos de la situación para centrarse en sus dramáticas consecuencias. No se trata de una manera de ver la situación que sea mejor que la otra, sino simplemente diferente.

Se puede notar además una preferencia por una atmósfera realista, donde los hechos narrados se encuentran demarcados dentro de lo que se puede considerar verosímil. Las actuaciones del reparto contribuyen a alcanzar este objetivo, gracias a la sencillez que emanan, lo que por ningún motivo les resta mérito. Ya sea Aleksey Serebryakov en el rol del protagonista, o Elena Lyadova como su esposa, el trabajo que hacen es de enorme calidad. El tono aterrizado e incluso deprimente de Leviafan se debe también a su paleta de colores, donde predominan los tonos apagados y fríos del lugar donde fue filmada la película.

Pero esta búsqueda de realismo no impide que la cinta logre momentos de enorme valor alegórico o simbólico, creando algunas imágenes realmente potentes, gracias a una efectiva combinación de dirección de fotografía y diseño de producción. La sutileza de estos elementos puede ser discutida, como el hecho de que el hijo del protagonista se reúna a beber alcohol con sus amigos en las ruinas de una iglesia, o que en una escena los personajes vayan a practicar tiro al blanco con los retratos de gobernantes rusos, que van desde Lenin hasta Gorbachov, pero la obviedad de estos mensajes no llega a distraer ni a molestar. Por lo menos sirven para dejar en claro que Zvyagintsev es un director que no se anda con rodeos.

Si hay algo que criticar de la película, es su ritmo al momento de contar la historia. No hay problema alguno con optar por un relato más pausado, ya que los temas que examina son lo suficientemente interesantes y algunos de los momentos visuales que se logran son de gran calidad, pero se nota sobre todo en el segundo tercio de la cinta que la trama se vuelve menos compacta, cayendo en tiempos muertos que resultan tediosos. El problema se soluciona sobre todo durante el último tercio, donde podemos ver las escenas que contienen la mayor carga emocional de la película.

Uno de estos momentos es el diálogo que el protagonista mantiene con el sacerdote del pueblo, quien le narra la historia de Job, un personaje del Antiguo Testamento cuya vida fue bombardeada de desgracias por el diablo para ver si su fe en dios se mantenía intacta pese a las adversidades. El paralelo que existe con la historia de Kolya es evidente, pero en el caso de la película la respuesta del protagonista está lejos de ser tan estoica como la del personaje bíblico. Acorde a la visión que la cinta tiene de la iglesia ortodoxa rusa, el desenlace es de un pesimismo notorio, lo que remarca el carácter decadente de la sociedad donde viven sus personajes.

Leviafan es una película que hace una clara crítica al estado en que se encuentra la sociedad rusa. La lucha del protagonista contra el aparato estatal es una que tiene un resultado previamente determinado, donde existe un claro desequilibrio entre los contrincantes. Pero si bien la historia tiene una ambientación clara, no se encuentra limitada a las barreras de ese país, sino que puede ser extrapolada a otros lugares. De hecho, la historia real que inspiró al guion ocurrió en Estados Unidos. Lo realmente desolador de la cinta es que no es algo que se sienta lejano, sino que se trata de un riesgo cierto, que puede afectar a cualquier país.

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