I Origins (2014)

i-origins-posterEl ojo humano, debido a su intrincado diseño y funcionamiento, ha sido utilizado por los creacionistas como uno de sus ejemplos predilectos al momento de debatir sobre la existencia de un creador. Se sostiene que un órgano tan complejo como el ojo, con todos sus nervios y partes, no pudo haber sido creado por mera casualidad, sino que debió tener un origen superior, divino. Eso es precisamente lo que Ian Gray (Michael Pitt), el protagonista de I Origins, busca desacreditar. Ian, un biólogo molecular que idolatra el empirismo y el método científico, está seguro de que podrá probar la manera en que los ojos fueron desarrollados por los seres vivos a través de la evolución, poniendo fin a la creencia de que obedecen a un diseño inteligente.

A lo largo de la película, el corazón de Ian se encuentra dividido entre dos mujeres, Karen (Brit Marling) y Sofia (Astrid Bergès-Frisbey). Cada una representa ideales bien definidos, muchas veces contrapuestos, sirviendo para reflejar el conflicto que presenta la cinta entre ciencia y religión. Karen es la compañera de laboratorio del protagonista, y está tan fascinada por la investigación como él, existiendo entre ambos una afinidad intelectual fácil de identificar. Sofia, en cambio, es un caso totalmente opuesto, ya que es mostrada como ese típico arquetipo de la joven de espíritu libre, algo misteriosa, que cree más en el poder de lo espiritual que en la simple percepción de los sentidos. Es lo que podríamos llamar una Manic Pixie Dream Girl.

Si bien la historia puede ser categorizada como ciencia ficción, no es el único género aplicable, y de hecho la definición de ciencia ficción resulta algo difusa. Esto ya que la época en la que está ambientada la película es una época contemporánea, y la tecnología mostrada corresponde a herramientas que ya existen dentro de nuestro mundo. El elemento “ficción” estaría representado por las libertades especulativas que se toma el relato a partir de este contexto, a través de los descubrimientos que logran los personajes. La cinta además emplea algunas fórmulas del cine romántico, a través de la premisa “chico conoce a chica”, y durante la segunda mitad de la película se puede notar una preponderancia de aspectos investigativos, como si estuviésemos en un thriller. Esta investigación nace a partir de la colisión que experimenta el protagonista entre los principios científicos que han formado su carrera y la posibilidad de que existan fenómenos que escapan de lo que consideraba razonable.

Los ojos tienen un rol central dentro de los temas que toca la película. Una de las inspiraciones que tuvo el director Mike Cahill para escribir I Origins fue el caso de Sharbat Gula, una joven afgana cuya fotografía se volvió mundialmente conocida cuando ocupó la portada de la revista National Geographic. Varios años después de que la imagen fuese registrada por Steve McCurry, un equipo de la revista decidió investigar la identidad de la joven, que hasta entonces había permanecido en completo misterio. La manera en que pudieron encontrar a la mujer después de tanto tiempo fue a través de la biometría, específicamente el reconocimiento de iris. Los ojos, al igual que las huellas digitales, son únicos para cada persona, así que sirven como un elemento distintivo que nos diferencia unos de otros. La idea fascinó a Cahill, quien vinculó el concepto de la biometría con nociones más espirituales, como la importancia simbólica que tienen los ojos en las culturas de todo el mundo.

La cinta aprovecha este punto de partida para hacer preguntas que alcanzan un carácter existencialista, explorando temas como la relación entre ciencia y religión o los principios que inspiran a la filosofía oriental, aunque el resultado final no termina de convencer. No es que las intenciones de Cahill sean malas, ya que hay algunas cosas bastante interesantes, como el diálogo de Ian y Sofia acerca del número de sentidos y la forma en que esto puede influir nuestra percepción del mundo, o cómo en la ciencia los hechos son mucho más relevantes que las creencias personales. Pero en términos generales el objetivo provocador que persigue la cinta no termina de cuajar. Las incongruencias lógicas del guion resultan extrañas independientemente de que el espectador sea creyente, ateo o agnóstico.

El problema de I Origins no es lo que intenta transmitir, sino la forma en que lo hace. Ideas como el carácter inagotable del amor, que es capaz de trascender barreras como el tiempo, pueden ser vistas en las películas Eternal Sunshine of the Spotless Mind (2004) de Michel Gondry y The Fountain (2006) de Darren Aronofsky, donde fue tratada de manera más interesante que en esta cinta. El guion además es inconsistente al momento de explicar lo que está ocurriendo con el protagonista. Algunas veces se aplica un razonamiento de tipo científico, haciendo énfasis en la experimentación y la observación de las variables que están en juego, mientras que en otras se recurre simplemente a la casualidad. O, siguiendo el hilo de la película, a razones que escapan de nuestra comprensión, posiblemente porque tienen un origen divino.

En términos técnicos, la película alcanza niveles de muy buena calidad. El trabajo de la fotografía, el montaje y la banda sonora, que ocupa con gran belleza canciones como “Dust It Off” de The Dø o “Motion Picture Soundtrack” de Radiohead, son combinados con maestría por el director. Es una lástima que todos estos aspectos estén al servicio de un guion tan cuestionable. Quizás el error de Cahill fue abordar las interrogantes a través de una estrategia demasiado racional. Buscar una explicación científica a cuestiones espirituales va a traer contradicciones y pasos en falso, y lo que es peor, puede llevar al espectador a preocuparse más de estos aspectos que del mensaje que se quiere entregar.

A medida que los minutos pasan los problemas del guion se hacen más palpables, y las cuestiones aparentemente profundas que busca transmitir pierden fuerza. Si después de ver esta película uno queda con dudas acerca de la efectividad de su razonamiento, todo queda más claro cuando vemos la escena que aparece después de los créditos finales, donde el nivel de absurdo la asemeja a una autoparodia. Aunque el fin de I Origins era ver a través de un prisma científico los misterios del universo, la vida y la muerte, todo queda en una mera muestra de charlatanería y pseudociencia.

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