Starry Eyes (2014)

Starry-Eyes-posterGracias a eventos como la temporada de premiaciones somos testigos de la manera en que Hollywood saca a relucir todos sus encantos a través de alfombras rojas, galardones y vestidos de diseñador. Las luces de los flashes pueden llegar a encandilar a más de una persona, quienes deciden mudarse a ciudades como Los Ángeles para probar suerte en ese mundo. La propia industria cinematográfica ha explorado estas historias en películas a lo largo de varias décadas, ya sea mostrando a guionistas que están convencidos de que escribirán la próxima gran obra maestra del séptimo arte, o actores que sueñan con estar al lado de sus ídolos. La recompensa, si es que triunfan, incluye fama, glamour y fortuna, algo bastante atractivo. Pero la pregunta que surge casi de inmediato es, ¿qué estarían dispuestos a hacer por alcanzar ese objetivo?

Eso es precisamente lo que debe enfrentar la protagonista de Starry Eyes, una aspirante a actriz llamada Sarah Walker (Alex Essoe). Su habitación está llena de fotografías de actrices que admira, pero pese a lo grande de su sueño, la carrera que planea realizar ni siquiera ha empezado. Para pagar las cuentas debe trabajar en un restaurant parecido a Hooters, una actividad que ve como necesaria pero al mismo tiempo como un obstáculo que le impide desarrollar a cabalidad su anhelo. Las audiciones a las que va no son exitosas, y además debe aguantar los comentarios pasivo-agresivos de sus amigos, quienes también quieren tener una carrera como actores. La situación de la protagonista parece mejorar cuando llama la atención de una compañía productora cuyo presidente necesita que Sarah le entregue completa fidelidad a cambio de un papel en su película, lo que se convierte en una sombría experiencia.

Sarah es presentada como una joven insegura cuyo máximo sueño es convertirse en una estrella de cine. Las constantes dificultades que debe enfrentar la llevan a reaccionar con frustración, llegando incluso a dañarse a sí misma. Su visión del mundo es idealista hasta el punto de la ingenuidad, lo que la hace poco apta para sobrevivir en la industria del espectáculo, donde la envidia, las rivalidades y el oportunismo son verdaderos puntos cardinales. Esta idea de la ambición, unida a la necesidad de transformarse para alcanzar al éxito, emparentan a Starry Eyes con la película Black Swan (2010), la que si bien está ambientada en el mundo del ballet, de todas maneras presenta importantes similitudes con este trabajo.

La película va creando tensión a través de su atmósfera, gracias a la contribución de Adam Bricker en la dirección de fotografía y de Jonathan Snipes en la banda sonora, cuyo empleo de sintetizadores le dan un aire ochentero al resultado final. Al verse enfrentada ante el dilema de alcanzar un importante rol en una película o dejarse aprovechar por otras personas, la protagonista comienza a sufrir de manera psicológica, sumergiéndose en un mundo cada vez más oscuro.

Sin embargo, se llega a un punto donde la comparación con Black Swan se rompe, ya que las dobles lecturas y el tono más aterrizado de la cinta de Darren Aronofsky son reemplazados por una segunda mitad donde los elementos más extravagantes adquieren un claro protagonismo. Así, lo que empieza como un thriller psicológico pasa a convertirse en una película de terror donde predomina una violencia brutal, perturbadora, como si estuviésemos ante un trabajo de David Cronenberg. Se introduce, por ejemplo, la idea de que la empresa productora es mucho más inquietante de lo que parece, al tener raíces sectarias, mientras que la transformación de Sarah escapa del plano de lo psicológico y se vuelve mucho más palpable.

Se trata claramente de una decisión arriesgada, y lo más probable es que se convierta en un punto de disputa entre los espectadores. Algunos admirarán la extravagancia de los directores, ya que escapa de lo convencional, mientras que otros creerán que fueron demasiado lejos. Yo, creo que pertenezco al segundo grupo. No es que considere que la película sea mala o desechable, de hecho, hay varios elementos a rescatar, pero el resultado es demasiado irregular. La idea de la secta, aunque es extraña, puede llegar a tener sentido a modo conceptual, al relacionarlo con hechos como el asesinato de Sharon Tate a manos de la familia Manson, o como una representación de la influencia que tiene la cienciología en los miembros de Hollywood.

Incluso la utilización de gore puede llegar a ser beneficiosa, como se demuestra en la película The Fly (1986), donde la transformación física del protagonista es un elemento central de la trama, o en la cinta francesa Martyrs (2008), que emplea unas inquietantes imágenes gráficas para tocar temas más existenciales. El problema con Starry Eyes es que su segunda mitad no resulta una progresión natural de lo contado al comienzo de la película, así que el contraste entre ambos segmentos llega a distraer. El uso de la violencia gráfica y la influencia de películas tipo grindhouse terminan diluyendo la importancia de los temas que había presentado. Ver a la actriz principal contorsionándose y gritando de dolor, más que hacernos pensar, simplemente incomoda.

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