The Congress (2013)

the-congress-posterEn la película The Congress, del director Ari Folman, Robin Wright interpreta a una actriz llamada Robin Wright, quien saltó a la fama a los 21 años con la cinta The Princess Bride (1987) y consagró su imagen tiempo después con Forrest Gump (1994). Sin embargo, estas similitudes son solo superficiales, y tienen por objetivo darle un aire de credibilidad a la película, pero no estamos ante un rol autobiográfico. A diferencia de la verdadera Wright, la de esta película tiene una carrera que se encuentra estancada, debido a unas decisiones poco acertadas y a un comportamiento errático, lo cual se aleja de la situación real que tiene Wright en la actualidad gracias a la serie House of Cards. Esta estrategia de ocupar el nombre verdadero de la actriz y ciertos elementos de su vida hace más apropiado que uno de los temas de la cinta sea la barrera entre fantasía y realidad.

Basada parcialmente en la novela El congreso de futurología de Stanislaw Lem, la película tiene como punto de partida la industria del cine. Estas secuencias no están directamente relacionadas con lo que escribió Lem, pero sirven para adentrarnos en las ideas de la cinta. La protagonista de la historia está a punto de cumplir 45 años y sus ofertas de trabajo escasean. Su representante, Al (Harvey Keitel), la acompaña a hablar con el presidente de la compañía cinematográfica Miramaount, Jeff Green (Danny Huston), quien tiene una oferta para la actriz. El estudio ha comenzado a implementar una técnica de escaneo de sus actores, a través de la cual capturan sus rasgos físicos para poder posteriormente utilizarlos en las películas, haciendo que el trabajo de los intérpretes quede reducido al mínimo. Green considera esta técnica el futuro del cine, pero Wright lo ve con desconfianza.

Las implicancias de este elemento resultan claras desde el comienzo. Se trata de un claro caso de tecnología reemplazando al ser humano, donde aspectos sutiles que los actores pueden lograr como el crecimiento personal o las decisiones artísticas son dejadas en un segundo plano para privilegiar la eficiencia económica. Con un mecanismo como este, el trabajo de los actores pasa a estar completamente controlado por los estudios, los que no solo podrán controlar la manera en que los actores se comportan en la pantalla, sino que incluso escoger el tipo de proyectos en los que participarán. Es una pérdida completa de autonomía e individualidad, en el que los actores se transforman simplemente en rostros, en marcas que son explotadas comercialmente. La crítica a la manera en que funciona Hollywood no puede ser más clara.

Otro de los aspectos que puede ser extraído de la premisa es la manera en que el cine contemporáneo depende de los efectos especiales, como lo que ocurre con la captura de movimiento o la preponderancia de las imágenes digitales en las producciones cinematográficas. La excesiva importancia que han adquirido los pixeles nos puede llegar a desconcentrar de la labor de los actores, siendo los casos más extremos los de blockbusters donde lo único que importa son las explosiones. Sin embargo, también debemos considerar el aporte que constituyen los adelantos tecnológicos, sobre todo en el cine, para evitar caer en un argumento tecnófobo.

La situación presentada por la cinta se puede explorar además considerando la obsesión del mundo moderno por la superficialidad, donde la juventud es considerada como un valor más importante que la inteligencia o el talento. Uno de los objetivos del estudio de cine mostrado en The Congress es crear versiones de sus actores que no deban lidiar con el paso de los años, conservándolos en un estado de perpetua juventud. Esta idea conecta directamente con el caso de la protagonista, quien tuvo sus mayores éxitos cuando era una veinteañera. Para el presidente de la compañía, el problema radicaría en la edad de Wright más que en las exigencias irreales de la industria en la que trabaja.

No es difícil captar las ideas que se encuentran detrás de estos primeros minutos de la película, ya que los propios personajes dicen en voz alta qué es lo que está en juego. En una de las escenas, el representante de la protagonista explica el procedimiento: “Una vez pagado y escaneado, el actor ya no es un actor, no es más que un donnadie. El actor no es más que un personaje en la computadora del estudio. El estudio hace lo que quiere”. Cuando Wright se muestra contraria a todo esto, su representante le responde con lo siguiente: “Siempre has sido su títere. Los productores, los realizadores, te decían qué hacer, cómo actuar, cómo interpretar, cómo sonreír, cómo amar. Y te daban el subtexto de cada diálogo de mierda”. Se trata, por lo tanto, de una serie de diálogos expositivos que no dejan casi nada a la deducción del espectador, diciendo todo de manera directa.

Esto cambia en la segunda mitad de la película, donde se opta por un estilo más ambiguo. 20 años después de que ha firmado el contrato y su imagen ha sido utilizada en varias películas, la protagonista es invitada por Miramaount a un hotel en medio del desierto, donde planean explicar a los invitados el futuro de sus planes. Lo particular de todo esto es que el encuentro se lleva a cabo en una “zona de animación”, por lo que Wright debe consumir una sustancia que la hace alucinar de tal manera que pareciera estar en un mundo sacado de un dibujo animado. El director Ari Folman opta por cambiar completamente las herramientas utilizadas en la película, con el objetivo de representar el contraste entre fantasía y realidad, en un resultado que constituye uno de los aspectos más llamativos de The Congress.

Las secuencias animadas son una combinación de influencias que van desde el trabajo de los hermanos Fleischer (Betty Boop, Popeye, la serie Talkartoons) hasta el de Terry Gilliam, pasando por la psicodelia de Yellow Submarine (1968) y el surrealismo de los cortometrajes del gato Félix. En esta parte de la película se privilegia el espectáculo visual por sobre la lógica, lo que hace que algunas de las acciones de los personajes y el desarrollo de la trama resulten confusos. Sin embargo, esto no impide que aún así se puedan tratar ciertos temas que se encuentran bajo la colorida superficie. Las ideas que ofrece la cinta durante estas secuencias adquieren un tono más existencial, saliendo de los límites de la actuación. Así, se tratan cuestiones como la identidad, la libertad, y lo que consideramos real.

Aunque la novela de Stanislaw Lem fue publicada en una época donde el uso de drogas alucinógenas tenía una gran relevancia, tema que fue incluido en la trama del libro, The Congress decide ir más allá, agregando otras ideas. En el futuro narrado por la película la población vive en un constante estado alucinógeno, ya que ha optado por las ilusiones en vez de vivir en el mundo real. Esto puede ser visto como una crítica al mundo del espectáculo y la forma en que apunta a un entretenimiento de carácter escapista, donde los espectadores de desconectan de lo que está a su alrededor.

El cine es, en esencia, una ilusión. Las películas están compuestas por una serie de imágenes que reproducidas a una velocidad de 24 fotogramas por segundo dan la idea de movimiento. Además, al momento de ver una cinta estamos asumiendo que las personas que están en la pantalla no son actores, sino que personajes que disfrutan y sufren de verdad, pese a que todo está en el guión. Lo que se muestra en The Congress es una versión exagerada de esto, donde los límites entre realidad y ficción se evaporan. En el mundo mostrado por la película se llega también al extremo de que las personas son capaces de vivir como otros individuos, asumiendo la identidad de estrellas del espectáculo o incluso de íconos religiosos. Ha desaparecido todo aquello que los hace únicos.

La manera en que esta película ejecuta sus ideas y posiciona sus elementos no está exenta de problemas. La trama es algo lenta, con momentos de enorme contraste entre un exceso de diálogo expositivo y escenas donde es difícil saber lo que está pasando. Hay una trama secundaria que muestra la relación entre Wright y su hijo, y pese a que apunta a algo más serio y sentimental, no alcanza la carga emocional necesaria. Estas escenas no poseen vínculos demasiado claros con lo que ocurre en la trama principal, y termina siendo más una distracción que una profundización de lo que se está mostrando en el resto del metraje.

En términos de ejecución, la película Synecdoche, New York (2008) –que también ofrece un relato metacinematográfico con tintes existenciales- logra un mejor equilibrio entre los temas subyacentes y cuestiones que son explicadas de manera directa. A pesar de lo desconcertante que puede llegar a ser aquel trabajo, existe un hilo conductor que nos va guiando. Además, el protagonista está escrito de tal manera que crea una conexión con el espectador y uno se preocupa por lo que siente. De todas maneras, y pese a sus defectos, la ambición y los riesgos que asume The Congress la convierten en una cinta recomendable. Imperfecta y todo, es una experiencia que vale la pena vivir.

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