Fifty Shades of Grey (2015)

FSG_31_5_Promo_BW_3F.inddLa fantasía que plantea E.L. James en su novela Cincuenta sombras de Grey es sorprendentemente ingenua. Una virginal e insegura estudiante de literatura, que ha pasado su vida más preocupada de los libros que de los hombres, llama la atención de un joven y atractivo multimillonario, quien no solo se convertirá en su guía en todo aquello relacionado con el sexo, sino que incluso la adentrará en el mundo del BDSM (sigla utilizada para identificar las prácticas de bondage, disciplina y sadismo masoquismo). El carácter adolescente de la premisa resulta parcialmente aclarado si consideramos que el libro fue escrito en un principio como una obra de fan fiction basada en la saga Crepúsculo, aunque el hecho de que la autora tuviese casi 50 años cuando lo publicó no ayuda demasiado.

Incluso los nombres de sus protagonistas parecen sacados de un texto escrito en algún rincón de internet. ¿Anastasia Steele? ¿Christian Grey? La novela es de una simpleza considerable, con una estructura directa, un lenguaje muy accesible, descripciones rudimentarias y una utilización de figuras literarias que no llega a ser más que básica. Pero como ya es sabido, la mala calidad de una obra no es obstáculo para que alcance una gran popularidad, y en el caso de esta novela queda de manifiesto. El libro ha sido traducido a más de 50 idiomas y ha vendido cerca de 100 millones de ejemplares. Debido a esto, no debió pasar mucho tiempo para que fuese adaptado a la pantalla grande, tarea que quedó en manos de la directora Sam Taylor-Johnson.

La película intenta elevar el material en el que está basada. Tanto la fotografía de Seamus McGarvey como la dirección de Taylor-Johnson buscan darle un aspecto sofisticado al resultado final, alejando a la cinta de sus raíces baratas. Así, se modifican algunos de los diálogos que estaban en las páginas del libro, aunque algunos momentos vergonzosos todavía se asoman de vez en cuando. Incluso se decide omitir la narración que la propia protagonista realiza a lo largo de la novela, lo que dejado de lado las infames referencias a la diosa que Anastasia “lleva adentro” y a algunas de las peores líneas escritas por la autora. Debido a esto, nos perdemos momentos tan ridículos como estos:

  • “Sonríe mostrando sus dientes, blancos y perfectos. Contengo la respiración. Es realmente guapo. Debería estar prohibido ser tan guapo”.
  • “Siento que mis mejillas vuelven a teñirse de rojo. Deben de parecer la cubierta del Manifiesto comunista”.
  • “Sonríe y sale de la tienda a grandes zancadas y con renovada determinación, colgándose la bolsa del hombro y dejándome como una masa temblorosa de embravecidas hormonas femeninas”.
  • “Es duro y blando a la vez, como acero recubierto de terciopelo, y sorprendentemente sabroso, salado y suave”.
  • “No tenía ni idea de que proporcionar placer podía ser tan excitante, verlo retorcerse sutilmente de deseo carnal. La diosa que llevo dentro baila merengue con algunos pasos de salsa”.

Esto nos deja solo con lo que los personajes hacen y dicen, además de la atmósfera que la directora puede crear a través del lenguaje cinematográfico. Por lo tanto, lo que Anastasia y Christian piensan o llegan a sentir será expresado mayoritariamente a través de la labor de sus respectivos actores, dejando parte del trabajo al propio espectador, para que traduzca su comportamiento y pueda deducir qué está ocurriendo dentro de ellos. Se trata de una estrategia loable, aunque habría sido más acertada si los instrumentos que estaban al alcance de la directora hubiesen sido mejores. El mayor problema es que entre los actores principales, Dakota Johnson y Jamie Dornan, no existe demasiada química, y por lo tanto no son capaces de dar forma a una relación que resulte creíble ni llamativa. Esto se suma además a los márgenes reducidos que el libro de James les entrega, lo que limita sus posibilidades. Aunque Johnson se esfuerza por darle una mayor complejidad a la protagonista, la actuación etérea de Dornan no ayuda demasiado.

Esto también se nota en las escenas de sexo de la película, que supuestamente son el atractivo principal de la historia. La cinta deja de lado las descripciones detalladas y explícitas de la autora, optando por una apariencia de escena softporn, lo que no necesariamente es algo negativo. Para crear erotismo a través del cine no es necesario mostrar todo lo que pasa entre los personajes, ya que el sugerir se puede transformar en una poderosa herramienta. Sin embargo, en Fifty Shades of Grey se olvidan de la importancia de elementos como el deseo y la tensión sexual, los que van preparando el terreno para lo que ocurrirá después. Debido a esto, los momentos entre Anastasia y Christian en el “cuarto rojo” tienen un carácter insípido, carente incluso de atrevimiento.

Lo que sí es fiel al libro es el arribismo al que apunta la historia. Que una persona sea controladora en las más diversas áreas, celópata, acosadora hasta el punto de aparecer sin previo aviso a cualquier lugar donde esté alguien que está recién conociendo, e incluso proponga a alguien a firmar un contrato de confidencialidad al momento de iniciar una relación, pueden ser señales que alejarían a cualquiera. Excepto si esa persona tiene un helicóptero. En ese caso, o es lo que nos quiere decir la autora de la novela, ese tipo de comportamiento se escapa de la categoría de asesino en serie y se acerca a la de príncipe azul. Los lujos en la vida de Christian Grey son mostrados con notoria suntuosidad por la película, con una atención especial que asemeja estas imágenes al sexo que tienen los protagonistas.

Se llega incluso a tratar de justificar parcialmente la actitud de Christian, que a ratos pasa a ser muy intrusiva, con una excusa barata que alude al pasado del personaje. Este intento por hacerlo complejo no funciona, ya que no se puede suplir falta de desarrollo de un personaje con una etiqueta como esa. Además, su afición por el BDSM por ningún motivo lo libra de culpa por llevar un comportamiento agresivo y manipulador en el resto de sus actividades. La película es errática al momento de otorgarle algún tono a los momentos por los que pasa la relación de los personajes. A veces recurre a una atmósfera romántica, en otras a una amenazante, y en otras incluso se prueba la comedia, pero en términos generales el resultado peca de confuso.

Uno de los elementos redentores de la cinta es la actitud más autosuficiente que adopta Anastasia durante el último tercio del metraje. A pesar de los costosos regalos que le ha hecho Christian, la protagonista se da cuenta de los problemas que puede traer el comportamiento del empresario si lo deja entrar a su vida. Aunque estos momentos también son narrados en el libro, la directora les otorga una mayor trascendencia, lo que llega a sorprender. De repente, esta ingenua historia de amor sacada de un cuento de hadas para mayores de 18 años se transforma en un mensaje acerca del respeto por sí mismo y el no dejarse dañar por un ser querido. Es una lástima que el final sea tan abrupto y el giro en la personalidad de la mujer quede en la incertidumbre de si se trata de un verdadero quiebre o solo de una discusión momentánea. Considerando que hay otros dos libros en esta trilogía, podemos concluir lo segundo.

Aunque resulte paradójico, los esfuerzos por arreglar el libro terminan por perjudicar a la película. Es cierto que esta adaptación tiene elementos positivos, pero la naturaleza de la historia en la que está basada posee un núcleo infranqueable, que no puede ser mejorado sin cambiar radicalmente el espíritu de la obra. La cinta, por lo tanto, solo tiene un rango muy limitado para actuar. Fifty Shades of Grey no es lo suficientemente buena como para ser exaltada ni lo suficientemente mala como para ser atesorada por los amantes de lo grotesco. Es simplemente mediocre. Quizás lo mejor habría sido adaptar la novela sin grandes cambios, lo que habría dado un resultado más entretenido; de peor calidad, claro, pero entretenido. Habría sido disfrutado por los fanáticos (o mejor dicho fanáticas) del libro, e incluso por sus detractores. Los segundos habrían sido testigos de un completo desastre, lo que los obligaría a continuar viendo la película, inspirados por una fascinación morbosa como la que surge cuando uno lee el trabajo de E.L. James. Sería –si tenemos suerte- una especie de The Room (2003) con un torpe intento de erotismo.

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