Big Eyes (2014)

Big_Eyes_posterTim Burton, como Wes Anderson, es uno de esos directores que se han caracterizado por el estilo visual de sus películas. Es tan así, que la calidad de sus trabajos ha ido decayendo debido a su excesiva preocupación por la apariencia sus cintas, más que por lo que dicen. Su última película, Big Eyes, trata de corregir esta preocupante tendencia, centrándose en algunos de los aspectos que llevaron a la fama al cineasta. Si bien no tiene árboles torcidos, espirales, ni objetos con un fuerte contraste de blanco y negro que hagan recordar su lado más gótico, la cinta trata uno de los temas favoritos de Burton: los personajes marginados y la relación que tienen con el resto del mundo.

La trama está basada en la historia real de Margaret Doris Hawkins (Amy Adams), una pintora que se mudó a la ciudad de San Francisco junto a su hija tras separarse de su marido. La vida de Margaret como madre soltera no fue sencilla, debido a la falta de oportunidades para las mujeres en el mundo laboral, sobre todo en lo relativo al arte. Sin embargo, su suerte parece cambiar cuando conoce a Walter Keane (Christoph Waltz), un pintor que se dedica a hacer cuadros sobre calles parisinas. Ambos comienzan una relación sentimental, se casan, y cultivan su trabajo como pintores, de manera humilde al principio. La situación cambia cuando el trabajo de Margaret –consistente en unos particulares retratos de niños con ojos enormes- recibe una mayor atención por parte de los compradores que las pinturas de Walter, quien decide hacerse pasar por el autor de las obras, dado que la protagonista las firmó con su apellido de casada.

Margaret descubre lo que ha estado haciendo su marido, pero la mentira ha crecido tanto, y la venta de pinturas ha sido tan buena, que decide seguir con el engaño. Durante los próximos años la pintora se dedica a hacer los cuadros mientras que Walter se convierte en la cara visible del negocio, captando la atención de los medios de comunicación y de compradores a lo largo de todo el país. El trabajo de la protagonista, que había surgido como una manera de expresar su sensibilidad y sus intereses, es arrebatada por su pareja, llegando a perder parte de su propia identidad en el proceso.

El cine de Burton gira en torno a personajes desadaptados, que no se encuentran dentro de los límites de lo que la sociedad considera normal. Lo interesante de Big Eyes es que si bien Margaret también es uno de esos casos, no se trata de una persona que se viste de murciélago ni de un enigmático ser que tiene tijeras en vez de manos. La situación que excluye a la protagonista del status quo es algo más general que eso, ya que dice relación con su género. El problema de Margaret consiste en ser una mujer que intenta triunfar en el mundo del arte durante la machista década de los 50. Desde un punto de vista comercial, sus obras llaman más la atención cuando son atribuidas a su marido a que si hubiesen sido promocionadas por ella misma. Su rol como artista pasa a limitarse a estar encerrada en su casa produciendo nuevas pinturas, como la anónima autora del fenómeno cultural que provocaron sus retratos.

Una de las principales fortalezas de la película son sus actuaciones, especialmente las de sus actores principales, que recurren a unas interpretaciones bastante diferenciables. Christoph Waltz opta por una interpretación histriónica -a veces exagerada- de Walter, quien termina siendo mostrado como un sinvergüenza que miente a cualquier persona, siempre con una sonrisa en el rostro. Sus diálogos son expresados con el encanto tramposo de un timador que haría cualquier cosa por ganar más dinero, pero también es capaz de mostrar su lado más amenazador cuando ve que sus intereses están corriendo peligro. La teatralidad de Waltz se puede notar sobre todo durante los últimos minutos de la cinta, donde saca a relucir sus trucos más vistosos. Amy Adams, por su parte, recurre a una actuación más aterrizada, otorgándole al relato la cordura necesaria para que sea tomado en serio. Dado que su personaje tiene un pasar más trágico, la actriz transmite su melancolía con gran efectividad, y lo hace, al igual que sus pinturas, a través de la mirada.

Pero si bien estamos ante una historia que muestra momentos difíciles en la vida de la protagonista, tampoco se deja de lado la comedia, gracias a una energía que atraviesa toda la película. El tono de Big Eyes puede ser descrito como desenfadado, pero capaz de equilibrarlo con el drama que atraviesa Margaret. Se llega incluso a entregar momentos de humor negro, como las sugerencias que hacen algunos personajes entre Walter y su predilección por pintar niños en todas sus obras. Quizás este tono liviano fue escogido debido a la naturaleza de la historia narrada, que tiene una gran fuerza anecdótica debido a sus elementos extravagantes. Las películas basadas en hechos reales generalmente están acompañadas de una atmósfera ceremoniosa, que no da mucho espacio para jugar. Por suerte esta cinta escapa de esa fórmula.

Otro de los aspectos donde se ve reflejado el carácter excluyente que le fascina a Burton es en la apreciación de las pinturas de Margaret. Si bien sus obras se transformaron en un éxito comercial de gran envergadura, la opinión de la crítica especializada fue sumamente dura con su trabajo. En la película esta posición está reflejada por los personajes de Jason Schwartzman y Terence Stamp, quienes interpretan al dueño de una galería y a un crítico de arte respectivamente. Dado que en la época en la que está ambientada la película la tendencia artística dentro de los círculos más sofisticados apuntaba hacia lo abstracto, las pinturas de Margaret fueron categorizadas de kitsch, debido a su naturaleza mundana y sentimentalista. Estamos ante un claro caso de prestigio artístico versus reconocimiento popular, algo que no sorprende demasiado si consideramos que proviene de un director como Tim Burton, sobre todo por la repuesta que han provocado sus trabajos más recientes.

La “degeneración” del arte que lamenta el crítico alcanza su punto más notorio cuando Walter decide masificar la producción de las obras. Dado que las pinturas tienen un número limitado y no están al alcance de todos los bolsillos, la solución consiste en vender reproducciones baratas de las obras a un precio asequible, para que cualquier persona pueda comprarlas. Las obras ya no están en un claustro al que solo puede acceder un puñado de personas, sino que ahora pueden ser compradas incluso en los supermercados. Este quiebre con los principios tradicionales del arte es uno de los pilares fundacionales del movimiento pop art, que reconocía y abrazaba la cultura de masas y sus posibilidades para la producción artística. La conexión que realiza la película entre la obra de Margaret y este movimiento se hace tanto de manera implícita (en la escena del supermercado se muestran unas latas de sopa marca Campbell’s, clara alusión a Andy Warhol) como expresa (Walter menciona a Warhol y señala que él le enseñó todo lo que sabe).

El guión de Big Eyes fue escrito por Scott Alexander y Larry Karaszewski, quienes 20 años atrás escribieron el de Ed Wood (1994), probablemente la mejor película de Burton. El tono en ambas cintas es similar, pero hay una importante diferencia entre los trabajos. Si bien en Ed Wood existe una gran preponderancia de humor, esto no impide que uno pueda ver los temas y emociones que se encuentran de manera subyacente en el relato. Esto no opera de la misma manera en Big Eyes, donde las cuestiones más serias son tratadas con pinceladas gruesas, de manera más superficial. El conflicto entre Margaret y Walter, por ejemplo, es simplificado otorgándole a cada personaje un estereotipo distintivo; el hombre es un villano y la mujer una víctima. Pero no se profundiza demasiado en por qué Walter tiene esta tendencia a mentir ni se explora de manera satisfactoria el cambio que se produce en la protagonista, quien pasa de ser una esposa insegura y sumisa a alguien más autosuficiente. Optar por una atmósfera cómica no impide desarrollar cuestiones ni personajes complejos.

De todas maneras, se trata de una buena película, que demuestra que sin grandes recursos, Tim Burton igual puede contar una buena historia. Lo importante es que se deshaga de las distracciones innecesarias. El trabajo del director de fotografía Bruno Delbonnel logra unas imágenes de gran elegancia y belleza, como aquellas ambientadas en la segunda casa de Walter y Margaret, donde la luz de la piscina sirve como una presencia casi hipnótica. Además, y a pesar de lo convencional que pueden ser algunos de los elementos del relato, igual se nota la particular visión del director en algunas de sus escenas.

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