Mommy (2014)

Mommy-posterPareciera que cualquier cosa que se dice sobre Xavier Dolan debe además incluir una mención a su edad. Con solo 25 años, el director canadiense ha estrenado cinco largometrajes, cultivando elogios en diversos festivales de cine. Durante el último tiempo Dolan se ha ganado varios apelativos, tales como “genio” o “niño prodigio”, debido a su carrera tan temprana. Este tipo de adjetivos aumentaron sobre todo el año pasado, cuando su más reciente cinta, Mommy, obtuvo el premio del jurado en el festival de Cannes, galardón que compartió con nada menos que una película del mítico cineasta francés Jean-Luc Godard. Aunque tratarlo de genio parece excesivo, no se puede negar lo que el director ha hecho en tan poco tiempo, con proyectos que reflejan ambición y ganas de seguir desarrollándose como artista.

Uno de los temas que atraviesa su filmografía es la compleja relación que puede existir entre madres e hijos. Ya en su primer largometraje, J’ai tué ma mère (2009), podíamos ver este tipo de conflicto. El propio título nos preparaba para la extraña relación de amor y odio que existía entre los personajes principales. En sus siguientes trabajos las figuras maternas también tienen un rol fundamental en las historias. Así, en Les amours imaginaires (2010) la aparición de la madre de Nicolas nos ayuda a entender el carácter caprichoso y superficial del personaje, mientras que en Tom à la ferme (2013) el papel de la progenitora adquiere un tono más sombrío. Con Mommy, el director vuelve a explorar la idea de fricción entre madre e hijo, expandiendo algunos de los puntos que presentó en su largometraje debut.

Lo primero que vemos es un texto que nos explica que la película está ambientada en un “Canadá ficticio”, durante el año 2015. En este universo paralelo no hay grandes avances tecnológicos ni una situación distópica como en la saga Mad Max. Lo único que lo diferencia de nuestra realidad es la existencia de una ley según la cual el padre de un menor de edad que tenga problemas de comportamiento puede otorgarle el cuidado de su hijo a una institución estatal en base a dificultades financieras, psicológicas o físicas que le impidan criarlo por su cuenta. Esta explicación, que puede resultar algo extraña, tiene en realidad un fin narrativo, ya que nos entrega una pista del tipo de desenlace que tendrá la cinta. Sabemos desde ya que la madre que aparece en la película deberá enfrentarse al dilema de seguir viviendo junto a su hijo o de entregarlo al cuidado de una institución. La pregunta es cómo y cuándo ocurrirá. De esta manera, se siembra una duda y el resultado es una sensación de intranquilidad que atraviesa casi todo el relato.

La madre en cuestión es Diane “Die” Després (Anne Dorval), quien debe retirar a su hijo Steve (Antoine-Olivier Pilon) de un internado luego de que provocara un incendio y lastimara a uno de sus compañeros. El hijo es solo un adolescente, pero su comportamiento errático y repentinos ataques de violencia son suficientes para que cualquier persona lo piense dos veces antes de acercarse a él. Diane, quien por su manera de vestir y personalidad parece no haber abandonado su época de veinteañera, debe enfrentar esta situación sola, ya que el padre de Steve falleció hace tres años. La relación entre madre e hijo varía desde los momentos de ternura, donde a veces se notan unos guiños cuasi-incestuosos que no son del todo explicados, hasta los gritos y las amenazas.

Presentada esta premisa, la pregunta que surge casi de inmediato es qué postura adoptará el espectador frente a los personajes. Los primeros minutos de la cinta nos presentan a un Steve vulgar, inestable e incluso racista. Si el objetivo de Dolan es que entendamos al personaje, el objetivo está lejos de cumplirse debido al cuestionable actuar del protagonista. Nuestra empatía, por lo tanto, se encamina hacia el otro personaje principal de la cinta, Diane. Si bien hay ocasiones en que la madre también demuestra tener un comportamiento poco identificable, es la constante lucha que debe aguantar la que nos hace verla con mejores ojos que a su hijo. La afinidad que sentimos por un personaje va de la mano con las dificultades que debe enfrentar, ya que casi siempre nos inclinamos a apoyar a alguien que debe superar obstáculos más que a aquel que logra todo de inmediato.

A medida que los minutos avanzan, vamos incluso sintiendo simpatía por Steve, ya que conocemos más detalles acerca de su vida. Aprendemos, por ejemplo, que su impulsividad nace de un trastorno de comportamiento y anímico, el que empeoró tras la pérdida de su padre. Hay varias escenas donde lo vemos aferrarse a los recuerdos ligados a su figura paterna, como canciones, fotografías o lugares donde comer. La banda sonora está compuesta por temas de un disco compilatorio que había grabado el padre de Steve, los que se remontan a la segunda mitad de la década de los 90 y los primeros años de los 2000 (“Wonderwall” de Oasis y “Vivo per lei” de Andrea Bocelli, por ejemplo). Si bien esto no nos hace justificar su carácter violento, al menos nos permite adentrarnos en su mente y ver que no todo es fácil para él tampoco. Se trata de un personaje que no puede conectar con el resto de la sociedad, debiendo conformarse con ser un marginado.

La dinámica que existe entre madre e hijo se verá relativamente alterada con la llegada de un tercer personaje, una vecina llamada Kyla (Suzanne Clément). A diferencia de los estrepitosos Diane y Steve, Kyla es más introvertida, y padece un tartamudeo que le impide comunicarse con facilidad. Este impedimento parece estar íntimamente ligado a lo que ocurre en su casa, donde su controlador marido vigila todos sus movimientos. Este elemento de la trama tampoco es del todo explorado, pero al menos le da algo de sustancia a su personaje. Poco a poco, la relación entre Kyla y los otros dos personajes irá fortaleciéndose, logrando algunos de los momentos más optimistas de la película.

Los personajes de Mommy son imperfectos, se equivocan y las dudas no dejan de molestarlos. Los problemas desaparecen momentáneamente cuando el trío protagonista está reunido, ya que sus defectos parecen disminuir gracias a la compañía que se dan entre sí. Pero la estabilidad no durará para siempre, ya que tarde o temprano los choques de personalidades afloran y lo que les costó tanto construir se desploma. Lo bueno de la cinta es que la relación entre los personajes resulta creíble, y no se recurre demasiado a aquellos lugares comunes que podrían poblar alguna cinta hollywoodense sobre el mismo tema.

El trabajo de Xavier Dolan se caracteriza por un estilo visual atractivo, a veces exuberante. Sus primeras películas, por ejemplo, demostraban una clara influencia del director hongkonés Wong Kar-wai, debido al uso de cámara lenta mezclado con canciones pop que le daban a las escenas un aire onírico. Su talento para crear imágenes llamativas es manifiesto, pero algunas veces sus decisiones pueden ser criticables por anteponer el estilo sobre la sustancia. Debido a su juventud, se nota en el director una gran confianza en sí mismo, sumado a un deseo de llamar la atención, demostrar su talento y, aunque no siempre el resultado es del todo satisfactorio, de experimentar.

Esto se puede notar de inmediato en la película, donde el director decidió utilizar una relación de aspecto de 1:1. En vez de optar por la apariencia rectangular de la mayoría de las películas, se opta por una imagen totalmente cuadrada, algo bastante inusual si consideramos que en las cintas de comienzos del siglo XX, que también tenían una apariencia angosta, la relación aún así era de 4:3. Los planos de la cinta, por lo tanto, adquieren un aspecto similar al de una fotografía polaroid, con unos filtros anaranjados y amarillos que le otorgan un tono cálido. Durante los primeros minutos, mientras mi mente se trataba de acostumbrar a la imagen, la técnica me pareció caprichosa, como un mero truco que no aporta nada al relato. Pero más adelante pude notar el objetivo que se intentaba crear con estas imágenes tan claustrofóbicas. Por un lado, se privilegian los primeros planos, siguiendo el rostro de los personajes y evitando distracciones que nos alejen de las actuaciones. Además, sirve como reflejo de la asfixiante relación que existe entre Diane y su hijo, así como de su aislamiento del resto de las personas.

La técnica destaca uno de los grandes pilares de la película, que son sus actuaciones. Anne Dorval y Suzanne Clément ya habían trabajado con anterioridad con Dolan, convirtiéndose en el alma de sus respectivas películas. Ahora que les toca actuar juntas, el efecto es aún mejor, ya que comparten una química que hace verídicas todas sus interacciones en la cinta. Esto no se debe solo a la libertad que el director entrega a sus actores para que improvisen, sino también al talento de Dorval y Clément para saber aprovechar esas instancias y entregar un resultado de gran calidad. La labor de estas experimentadas actrices se complementa con la interpretación de Antoine-Olivier Pilon, quien pese a su corta edad (16 años cuando se filmó la película), es capaz de entregar esa mezcla de intensidad y fragilidad que el rol requería.

De los proyectos de Xavier Dolan, este parece ser el más maduro, y el que en términos técnicos muestra menos sus costuras. Hay cosas que mejorar, como la duración de la película que tiende a alargarse más de la cuenta, o la precisión de algunos cabos sueltos, pero por lo general se trata de una muy buena señal del futuro que tiene este director. Aventurarse a predecir lo que viene para Dolan sería demasiado arriesgado, pero al menos se puede decir que tiene una base sólida sobre la cual continuar construyendo.

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