The Cobbler (2014)

The_Cobler_posterLos primeros minutos de The Cobbler (Zapatero a tus zapatos) hacen recordar el prólogo de A Serious Man (2009), esa enigmática película dirigida por los hermanos Coen algunos años atrás. En ambas se hace referencia a la cultura judía, específicamente a los mitos que forman parte de su folclore y la manera en que la acción de una persona puede expandir sus consecuencias a sus futuras generaciones. Mientras en la cinta de los Coen esta acción traía desgracia y caos a la vida de su descendiente, en The Cobbler el buen actuar de uno de los antepasados del protagonista lo recompensa con un regalo de enorme valor.

El protagonista es Max Simkin (Adam Sandler), un zapatero que vive en Nueva York y trabaja en un negocio que ha pertenecido a su familia durante décadas. Dado que su padre simplemente se fue de la casa y su madre padece demencia senil, Max lleva una vida solitaria, donde la principal compañía que tiene son su zapatería y su amigo Jimmy (Steve Buscemi), el barbero que trabaja al lado. Un día, mientras está reparando la suela de un par de zapatos, su máquina sufre un desperfecto y el protagonista se ve obligado a utilizar una antigua máquina que estaba en el sótano. Lo que Max no sabe, y descubre de manera casual, es que la máquina tiene unos misteriosos poderes que hacen que aquel que se ponga los zapatos adquiere la apariencia del dueño de su respectivo dueño. Gracias a esto, el protagonista podrá experimentar realmente lo que significa “ponerse en los zapatos de otro”.

Las posibilidades que surgen para Max son casi ilimitadas, pudiendo experimentar lo que se siente estar en el cuerpo de sus diversos clientes. El protagonista aprovecha esta particular habilidad sin pensarlo dos veces, optando en un principio por pasarlo bien y poder hacer todo aquello que no puede siendo él mismo. Sin embargo, esta actitud individualista no dura para siempre, así que decide usar su nuevo poder para ayudar a otras personas, como darle a su madre la oportunidad de cenar una vez más con su desaparecido marido. Esta idea de entregarle al protagonista un objeto mágico que lo ayuda a cambiar su vida asemeja a la película a otro trabajo de Sandler, Click (2006), donde tenía a su alcance un control remoto que le permitía controlar el tiempo. Las secuencias donde el personaje explora las posibilidades del objeto tienen un buen ritmo y poseen un humor que funciona, aunque los momentos más emotivos no llegan a tener la misma fuerza que los de esa otra película.

Esta falta de carga emocional se nota aún más si consideramos que el director de la cinta es Thomas McCarthy, responsable de películas como The Station Agent (2003), The Visitor (2007) y Win Win (2011). Sus historias se caracterizan por otorgarles una cuota de humanidad creíble a sus personajes, creando interacciones que resultan honestas. Lamentablemente, esto no se logra con The Cobbler, donde todo aquello relacionado con lo que siente el protagonista es tratado de manera casi superficial. De hecho la cinta incluye un interés amoroso interpretado por Melonie Diaz, pero los momentos que comparten son tan breves y faltos de sustancia que no llegan a conectar con el espectador.

Y si bien la historia cuenta con una premisa llamativa, que permite varias posibilidades a explorar, la cinta opta por el camino menos interesante. Podría haberse escogido un tema como la crisis de identidad, como la ingeniosa Zelig (1983) de Woody Allen, o entregar un mensaje acerca de la autoaceptación, donde Max descubre que lo importante es ser él mismo, y no aparentar ser alguien más. Incluso se podría haber tratado el tema de la empatía, con el protagonista aprendiendo detalles acerca de la vida de sus clientes que desconocía y que cambian la percepción que tenía de ellos. Sin embargo, la habilidad de adquirir la apariencia de otras personas es tratada simplemente de manera anecdótica, y los personajes a los que da vida terminan siendo meras caricaturas y estereotipos.

Con este panorama, la película podría haber sido regular, pero los problemas no terminan ahí. Si durante la primera mitad el relato se mantiene aterrizado, el guion no se demora mucho en agregar elementos y tramas secundarias innecesarias. Se incluye, por ejemplo, una trama donde una desalmada empresaria llamada Elaine Greenawalt (Ellen Barkin) quiere adquirir por cualquier medio necesario un edificio ubicado en un barrio histórico de Nueva York para derrumbarlo y construir sobre ese terreno. Se trata de una clara lucha entre tradición y modernidad, y sobre cómo el progreso no debe omitir nuestra historia. Aunque el tema tiene relación con el protagonista y el negocio que ha pertenecido durante generaciones a su familia, así como con su propia religión, la manera en que se ejecuta esta trama secundaria no termina de conectar con la historia principal, y el cambio de tono es evidente.

La película tampoco es capaz de explorar este aspecto desde un punto de vista temático, cayendo nuevamente en una visión superficial del conflicto. No se logra transmitir la nostalgia ni la conexión emocional de cintas como Be Kind Rewind (2008), ya que no se nos explica la importancia de cuidar a los edificios históricos por una razón más trascendente que ser simplemente antiguos. Tampoco se exploran con la profundidad suficiente las dudas que tiene Max sobre la idea de continuar con el oficio familiar, de encontrar su propio camino. Esto es mencionado a la pasada en una de las escenas al comienzo de la película, siendo rápidamente olvidado.

Pero si hablamos de elementos agregados de la nada, el premio se lo debe llevar lo que ocurre durante los últimos minutos de la cinta. Aunque la revelación es relativamente predecible ya que se entregan algunas pistas a lo largo del relato, de todas maneras resulta un momento poco acertado. El director intenta hacerlo pasar como algo emotivo, pero es difícil tomarlo en serio. Además, la película no se contenta solo con ese giro, sino que se incluye otro aspecto que busca crear una especie de universo más amplio, con mayores posibilidades para el protagonista, quizás con el objetivo de tantear el terreno para una secuela. Sumado a las lagunas lógicas que tiene esta secuencia, se trata de un momento que tampoco presenta una progresión natural de la historia y termina siendo un capricho innecesario, artificial.

Al final, lo más destacable de la película termina siendo el trabajo del rapero Clifford Smith, más conocido como Method Man. Su carrera actoral ha estado ligada principalmente a los personajes más intimidantes, debido a su rol en el grupo Wu-Tang Clan, y si bien hace un buen trabajo en ese tipo de papeles (como en la serie The Wire), es bueno verlo en roles más variados. En The Cobbler su personaje es presentado como un delincuente, y el guion reduce su manera de ser a un simple estereotipo, pero lo interesante ocurre cuando el protagonista se prueba sus zapatos y adquiere su aspecto físico. Es en ese momento donde se puede ver el rango de Method Man, al tener que interpretar una versión de su personaje pero como si estuviese siendo controlado por Max. Mientras Adam Sandler apenas muestra algo de interés por lo que está haciendo en las escenas de la cinta, se nota que el rapero se esfuerza y trata de hacer lo mejor que está a su alcance.

Decidí nombrar varias películas en esta reseña para que quede reflejado cuál fue el error de The Cobbler. Con una premisa como la que tenía, la película contaba con varias opciones al momento de desarrollar su historia. Lo que más molesta es que teniendo a un director tan talentoso como McCarthy, quien incluso estuvo a cargo de la historia de Up (2009) de Pixar, se optó por las decisiones más torpes y poco acertadas imaginables, lo que convierte a esto en un ejemplo perfecto de buenas oportunidades que fueron desaprovechadas.

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