Inherent Vice (2014)

inherent-vice-posterEl de Thomas Pynchon es un caso muy particular. A diferencia de escritores que han cultivado una personalidad llamativa, que vende tanto como sus propios libros, Pynchon decidió ubicarse en el lado totalmente opuesto de ese espectro, optando por una vida alejada de las cámaras y las entrevistas, convirtiéndose en un verdadero misterio. Se conocen algunos datos sobre su biografía, pero no más que eso, lo que ha atraído algunas teorías bastante extravagantes acerca de su identidad. Debido a su carácter reservado, son sus novelas las que hacen el trabajo de hablar por él, y la forma en que lo hacen resulta tan enigmática como podría esperarse.

Su prosa es densa, laberíntica, lo que ha llevado a que sus libros sean consideramos como imposibles de adaptar al cine. Se trata de una tarea intimidante, que escapa del alcance de varias personas, por lo que parecía natural que el primero en intentarlo sea Paul Thomas Anderson, probablemente el director estadounidense más talentoso de los últimos treinta años. El resultado es Inherent Vice (Vicio propio), cinta basada en la novela homónima de Pynchon que fue publicada en 2009. Dado que en las historias del autor importa más la manera en que se cuentan las cosas que las cosas en sí, el desafío de adaptar una de ellas consiste en mantener la visión de Pynchon en su esencia, pero sin llegar al punto de reverenciar el material dejando al director en un rol completamente pasivo. Se debe además reflejar la visión de aquella persona que está adaptando la novela.

En el caso de Anderson, el solo hecho de escoger una de las novelas del escritor resulta una elección artística que refleja cuáles son sus intereses. Pero si vemos con detención los elementos que forman parte del libro también podemos encontrar aspectos que han sido explorados por la filmografía del director. La idea de la familia, tanto biológica como adoptiva, se ha replicado en las películas de Anderson de manera clara, y existen rastros de eso en el libro que sirve como base para este guion. Pero quizás el elemento más relevante que une a ambos artistas dice relación con el lienzo donde tienen lugar sus historias, correspondiente al estado de California en general y a la ciudad de Los Ángeles en particular. Paul Thomas Anderson, que creció en el Valle de San Fernando, ha utilizado esta región para narrar varias de sus cintas.

La película está ambientada en una ficticia localidad de California llamada Gordita Beach, en 1970. El protagonista, Larry “Doc” Sportello (Joaquin Phoenix), es un detective privado que transita en un mundo que sirve tanto para homenajear como subvertir los principios que caracterizan al cine negro. El característico humo de tabaco que parece formar parte esencial de los detectives de otras cintas es reemplazado en varias escenas por marihuana, asociando a nuestro personaje principal más al despreocupado estilo stoner de los años 60 que a la elegante prestancia de un Humphrey Bogart de los años 40 o 50. La trama tiene como punto de partida la visita que recibe el detective por parte de una exnovia, Shasta Fay Hepworth (Katherine Waterston), quien actualmente es la amante de un poderoso empresario. Shasta le pide ayuda a Doc ya que sabe que la esposa del millonario planea internarlo en un centro psiquiátrico y apoderarse de su fortuna.

Lo que parte como un caso relativamente sencillo, no tarda en crecer en un enmarañado complot que involucra a una banda de motociclistas nazis, un saxofonista presuntamente muerto, el FBI, un extraño prostíbulo, un cartel indochino de heroína, voraces empresas inmobiliarias, una embarcación que se dedica al contrabando, un sindicato de dentistas, y la propia desaparición de Shasta. La película está construida sobre un constante bombardeo de información, donde en cada escena se mencionan nombres y pistas que van complicando cada vez más el caso. Sin duda que se trata de una trama difícil de seguir, pero criticar a la cinta por eso sería no entender lo que está intentando hacer, ya que su objetivo consiste precisamente en confundir al espectador. Algunos incluso se sentirán frustrados al momento de seguir su hilo conductor.

Sin embargo, y pese a lo extraño que pueda parecer, esto no significa que el caso investigado por Doc sea absolutamente incoherente. Es cierto que sus elementos son absurdos, y muchas de las pistas surgen de manera demasiado conveniente en el camino del protagonista, pero si uno examina la manera en que las piezas están unidas entre sí, se puede ver que todo su engranaje está organizado de manera precisa; toda acción tiene su respectivo efecto. La paradoja que se produce entre el carácter estrafalario de la película y su cuidada lógica interna contribuye a crear una atmósfera muy singular. Lo que más recordamos después de ver una película es lo que nos hizo sentir más que los detalles de su trama, y es ahí donde la experiencia de ver Inherent Vice resulta difícil de olvidar.

Podemos obviar todos los diálogos expositivos, las relaciones entre los personajes, y las pistas que Doc va encontrando, pero aún así el sentimiento de paranoia con el que debe lidiar el protagonista se puede percibir a lo largo de todo el relato. Nada es lo que parece, y el peligro asecha en todo momento al detective, quien desciende más y más en una espiral de locura y conspiraciones. Hay giros en la trama, personas que cambian de bando, otras que parecen no pertenecer a bando alguno, y una siempre presente inseguridad. El caso es claramente más grande que sus propios recursos, así que el personaje principal parece una boya atrapada en una tormenta, siendo arrastrada en contra de su propia voluntad. Debido a esto, la cinta puede ser comparada a trabajos como The Long Goodbye (1973) de Robert Altman o The Big Lebowski (1998) de los hermanos Coen, con los que comparte varios elementos en común, pero logra crear además un resultado que tiene identidad propia.

Inherent Vice es una historia de transición, con un protagonista que representa al movimiento hippie, una cultura que iba en retirada durante la época en que está ambientada. Los ideales que afloraron durante los años 60 comenzaron a ser reemplazados por otros muy diferentes. El gobierno de Richard Nixon gozaba de una buena aprobación, aunque el escándalo de Watergate estaba a la vuelta de la esquina, la transformación de la ciudad de Los Ángeles avanzaba a un ritmo frenético, la guerra de Vietnam comenzaba a mostrar su lado más oscuro y la población se volcó a las calles para demostrar su descontento, y los atroces crímenes de la familia Manson sacudieron completamente el país, todo lo cual despertó a los estadounidenses del estado de “inocencia” en el que estaban viviendo.

El conflicto entre los viejos y los nuevos ideales es personificado a través de la relación entre Doc y Christian “Bigfoot” Bjornsen (Josh Brolin), un tosco detective de la policía de Los Ángeles. Estos personajes no pueden ser más diferentes entre sí, siendo el primero una representación del espíritu libre de los 60, mientras que el segundo es la encarnación de la brutalidad policial y el fascismo del Estados Unidos más conservador. Sin embargo, y pese a los elementos que los separan, de todas maneras hay ocasiones en las que alcanzan una especie de confianza entre ellos. Si hay algo que une a ambos personajes es la melancolía que comparten por sus respectivos trabajos y por el mundo que los rodea. Sus visiones de la sociedad son muy distintas, pero el diagnóstico al que llegan es el mismo. La química entre Joaquin Phoenix y Josh Brolin hace que las escenas donde interactúan se conviertan en algunas de las más destacables de la película.

La cinta cuenta con un gran número de personajes secundarios, muchos de los cuales son interpretados por actores de conocida trayectoria. Si bien hay varios casos en los que desee que estos personajes tuviesen una mayor participación en la historia, ya que algunos solo aparecen en una o dos escenas, todos estos personajes logran una impresión tan fuerte que quedan flotando en la mente del espectador. Esto se logra gracias a la cuidada atención por definir su idiosincrasia, para que tengan personalidades reconocibles y no caigan en lo genérico. Así, y sumado al buen trabajo por parte de los actores, se llega a que incluso personajes encarnados por actores poco conocidos adquieran una gran presencia, como Shasta, la femme fatale que ronda la mente de Doc y que es interpretada por una hipnótica Katherine Waterston.

Si hay algo que no se le puede achacar a Inherent Vice es que se trata de una película convencional. La cinta tiene un particular sentido del humor, pero escapa del tipo de comedia al que uno puede estar acostumbrado, con unas escenas que causan más gracia que risa. A diferencia de Boogie Nights (1997), la película de Anderson que giraba en torno a la industria del porno, no hay una energía que atraviese todo el relato, sino que acá se encuentra más dosificada, surgiendo en todo su esplendor en momentos como aquel donde aparece un dentista interpretado por Martin Short. El ritmo de la película es inusual, con la historia avanzando junto con el desfile de personajes secundarios con los que se encuentra Doc a lo largo de la investigación.

Se trata casi de una colección de viñetas, ambientadas cada una en un lugar distinto, donde un personaje habla con el protagonista y le entrega algún tipo de información que complica aún más la trama. Varias de las escenas duran más de la cuenta, y las casi dos horas y media de la película no tardan en notarse cuando uno va cerca de la mitad. El ritmo que impulsa a la cinta no es fluido ni ágil, sino más bien aletargado, groggy. El espectador es puesto en un estado nebuloso similar al que siente el detective interpretado por Phoenix, quien se mueve de manera errática, pasando de una situación absurda a otra. No hay problema con apelar a una película que depende de una atmósfera determinada, pero hay ocasiones en las que la cinta va perdiendo el encanto que logró crear durante sus primeros minutos. Si el montaje hubiese sido pulido un poco más, el resultado sería mejor.

La fotografía a cargo de Robert Elswit, un habitual colaborador del director, también muestra un cambio en relación al estilo de las otras películas de Anderson. Se opta por una clara preferencia por planos medios y primeros planos, los que nos entregan una clara visión del rostro de sus personajes (especialmente los ojos de Joaquin Phoenix). Hay escenas donde se recurre al característico uso de planos prolongados del director, pero en vez de los vistosos movimientos de una steadicam, se decide utilizar una cámara casi estática que observa algunas de las conversaciones de Doc. Su uso más notorio es en aquella escena donde el protagonista conversa con Shasta en un sillón de su casa. La composición de las imágenes también es por lo general más sutil, apareciendo de vez en cuando imágenes más intrincadas como la que emula “la última cena”.

Con un desarrollo irregular, a veces incluso fallido, es entendible que haya personas que no disfruten la película e incluso la consideren una decepción. Como sus trabajos más enigmáticos, Punch-Drunk Love (2002) y The Master (2012), esta cinta de Paul Thomas Anderson resulta casi un gusto adquirido, y es posible que su apreciación vaya mejorando con el paso del tiempo. La respuesta polarizada que ha obtenido por parte de los críticos y el público es algo esperable, ya que se trata de una película donde el estado de ánimo del espectador y su disposición tienen un rol fundamental. Es como entender un chiste, aunque el chiste en si no sea demasiado bueno. Si bien Inherent Vice no resultó tan prometedora como esperaba, debido a una duración que se nota demasiado y a un ritmo interrumpido, que avanzaba a tientas, al final la experiencia resultó satisfactoria y estoy contento de haberla vivido. Creo que hasta el momento es la película menos lograda de Anderson, pero aún así es mejor que los trabajos más sobresalientes de otros cineastas. A mi parecer, no es posible utilizar la palabra “peor” al referirse a la filmografía de este director.

A pesar de sus enmarañados complots, la película es capaz de crear una columna vertebral que la sostiene y le da sustancia. No se trata solo de un ejercicio estilístico, sino más bien de una compleja historia de amor entre Doc y Shasta. La relación entre ambos personajes escapa de las convenciones más conocidas, e incluso la noción de amor puede ser cuestionada al momento de examinar a la pareja, pero no se puede negar que poseen un aura cautivadora y triste. Como buena historia de transición, el final de la película embarca al protagonista hacia un futuro incierto, pero a pesar de los peligros que lo pueden estar esperando, cuenta con la compañía necesaria para seguir adelante.

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