Dear White People (2014)

Dear_White_PeopleLa práctica del blackface tuvo una gran popularidad en el vodevil estadounidense durante el siglo XIX. Consiste en un tipo de maquillaje utilizado por los actores para adquirir la apariencia de una persona de raza negra, y era utilizado generalmente con fines humorísticos, prolongando los estereotipos relativos a ese grupo de personas. Era una manera de ridiculizar a los miembros de una raza que en aquel tiempo eran tratados solo como objetos, cuya cultura podía ser utilizada por la clase dominante sin mayores consecuencias. Es difícil creer que una práctica como esta todavía exista en el Estados Unidos actual, sobre todo si consideramos que tiene un presidente afroamericano, pero el racismo no muere fácilmente.

En años recientes, algunas universidades estadounidenses han organizado fiestas que giran en torno a la cultura afroamericana, donde un grupo compuesto mayoritariamente por jóvenes blancos se visten y actúan guiados por los estereotipos que los medios de comunicación han ido formando sobre la raza negra durante décadas. Delincuencia, hip hop, drogadicción, son algunos de los elementos más comunes vistos en estas actividades, y constituyen un perfecto ejemplo de cómo los prejuicios raciales están más presentes que nunca en la sociedad norteamericana. El debutante director Justin Simien utiliza este tipo de fiestas como el clímax de Dear White People, una cinta que recurre a la sátira para tratar el racismo que existe en la sociedad actual.

La trama está ambientada en la ficticia universidad de Winchester, un prestigioso centro de estudios donde sus alumnos son en su mayoría blancos. Durante la película seguimos a cuatro protagonistas, todos afroamericanos, quienes estudian en esa universidad. El personaje que hace una primera impresión más notoria es Sam White (Tessa Thompson), una rebelde estudiante de cine que está en contra de la decisión de su universidad de mezclar a los alumnos en residencias multiculturales, ya que según ella esto atenta contra la minoría que representa, que tiene su propia residencia. Lo que es promovido como una medida de integración por la institución es vista por Sam como una manera de dividir a los estudiantes de raza negra de la universidad. La joven tiene además un programa de radio llamada “Dear White People”, donde saca a relucir las muestras de racismo que los afroamericanos deben vivir cada día.

No se trata de actos tan notorios como linchamientos o insultos, sino más bien de comentarios y actitudes que intentan relacionar a los afroamericanos a un determinado estereotipo extendido por los medios de comunicación. En muchos de los casos estos comentarios ni siquiera son dichos con la intención de ofender, y obedecen más a ignorancia que a otra cosa. El problema es que a pesar de ser involuntarias, estas muestras de racismo forman una parte importante de la cultura estadounidense, y han adquirido el estatus de algo común y corriente. Para Sam, la lucha de los afroamericanos ha cambiado, ya que cuestiones como el derecho a voto fueron ganadas hace décadas, pero todavía quedan cosas por mejorar.

El resto de los protagonistas no es tan vociferante como Sam. Troy Fairbanks (Brandon P Bell), por ejemplo, es un estudiante modelo, hijo del decano, quien tiene una prometedora carrera política por delante. Mientras que Colandrea “Coco” Conners (Teyonah Parris) es una joven que ansía ser famosa y está intentando entrar a un reality show para alcanzar ese objetivo. En su libro Ebony and Ivy, Sam describe una serie de actitudes que puede tener alguien de raza negra en un ambiente predominantemente blanco. Están aquellos capaces de modular su “negrura” cuando están en presencia de personas blancas, dependiendo de qué es lo que el resto desea. Su personalidad debe ser lo suficientemente llamativa para caer bien, pero no llegar al extremo de parecer extraña o intimidante. Luego están quienes reniegan totalmente de sus raíces, y buscan ser parte del grupo mayoritario, adoptando sus costumbres y forma de ser. Si tuviésemos que categorizar a Troy y a Coco según estas descripciones, ellos estarían en el primer y segundo grupo respectivamente.

El cuarto protagonista de la película escapa de estas categorizaciones, adquiriendo una posición más marginal. Lionel Higgins (Tyler James Williams) es un aspirante a periodista que parece no encajar en ninguno de los grupos que existen en la universidad. No comparte demasiadas cosas en común con los demás estudiantes afroamericanos, y cuando debe interactuar con personajes blancos salen a relucir las microagresiones raciales producto de los prejuicios y la ignorancia. El personaje es además homosexual, lo que agrega una dimensión aún más interesante a Lionel. Su estado de indefinición le permite tener un rol de testigo de lo que está ocurriendo en la universidad, aunque tarde o temprano deberá dejar de tener una actitud pasiva ante lo que pasa a su alrededor.

Que la película recurra a la sátira al momento de explorar estos temas le entrega un tono fresco, pocas veces visto en este tipo de cintas. Destacar el carácter absurdo de la situación permite ver sus problemas desde una perspectiva diferente, lo que ayuda a desarrollar un mejor análisis. A veces la risa es más efectiva para explorar ciertos aspectos, y eso se puede ver especialmente en Dear White People. El conflicto entre libertad de expresión y racismo, por ejemplo, habría sido tratado de forma muy distinta en una película más seria, pero en esta su mensaje termina llegando de manera más directa. Además, con la preponderancia de un tono cómico se logra que los momentos más importantes de la cinta resalten en comparación al resto de sus escenas, ya que adquieren una nueva dimensión. Esto se puede ver sobre todo durante el clímax de la película.

Si bien la película usa los conflictos raciales como punto de partida, es capaz de tocar también otros temas más generales, como el de la identidad. Esto se puede ver en el desarrollo de varios personajes, quienes están en un dilema al momento de expresar quiénes son realmente y cómo los ven el resto de las personas. Existe una presión en ellos por parte de sus familias o de la sociedad en general para llenar un determinado prototipo, aunque lo que ellos quieren hacer sea distinto. A lo largo de la cinta vemos cómo ciertos aspectos que desconocíamos de los personajes van surgiendo poco a poco, llegando incluso a subvertir la imagen inicial que teníamos de ellos. En más de una ocasión deben aparentar algo que no son, con el fin de satisfacer ciertos estándares artificiales que son exigidos por la sociedad.

En términos visuales, la cinta demuestra un gran cuidado por el diseño de vestuario, la fotografía y la dirección de arte. La apariencia refinada de la película hace recordar el trabajo de directores como Wes Anderson y Stanley Kubrick, con sus encuadres precisos y atención por los detalles. Aunque el aire sofisticado que busca transmitir llega a ser excesivo en algunas ocasiones, como la decisión de que Sam haga sus películas con una cámara vintage, son cuestiones que pueden dejarse de lado ya que las ideas que flotan sobre el relato son más interesantes. El resultado, al menos, le entrega una identidad bien definida a la obra, lo que es de suma importancia cuando se trata del largometraje debut de un director.

Uno de los grandes méritos que tiene Dear White People es que la visión de sus cuatro protagonistas es tratada con respeto, permitiendo que puedan cambiar a lo largo de la película. Si bien la posición de algunos personajes es mostrada de manera relativamente superficial al comienzo, se entregan mayores matices a medida que la cinta avanza. Al no decantarse por una posición en particular, el director Justin Simien crea una base sobre la cual debatir acerca de estos temas. La película no entrega respuestas, sino que interrogantes, expandiendo las posibilidades en vez de restringirlas con una visión única del problema.

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