Allende en su laberinto (2014)

Allende-en-su-laberinto-posterDebido a la importancia que han tenido en la formación del Chile actual, el golpe de estado de 1973 y la posterior dictadura militar que gobernó el país han sido parte fundamental del cine nacional, sobre todo tras la vuelta de la democracia. Entender el panorama que estamos viviendo implica también mirar hacia el pasado, para identificar las bases sobre las que fue formada nuestra sociedad. La atención que demuestra el cine chileno por esta etapa de la historia ha llevado a algunos incluso a decir –con exageración y sin mucho conocimiento de causa- que este es el único tema que les interesa a los directores nacionales. Pero pese al importante número de cintas que dicen relación con aquella época, la figura de Salvador Allende ha sido más esquiva al momento de ser retratada.

El presidente socialista y líder de la Unidad Popular es protagonista de importantes documentales, como Salvador Allende (1998) de Patricio Guzmán, pero su presencia en el cine de ficción se limita a un par de apariciones fugaces. Debieron pasar más de cuarenta años desde su muerte para que se estrenara una película que gire en torno a él. Puede que el indiscutible valor simbólico del personaje, que genera un aire reverencial en un importante sector de la población, haya cohibido a los directores nacionales a emprender este camino, lo que explicaría esta demora. Al final, fue Miguel Littín, el veterano cineasta chileno responsable de películas fundacionales como El Chacal de Nahueltoro (1969), quien asumió el desafío con Allende en su laberinto. El director ya había abordado la figura del político con su documental Compañero Presidente (1971), donde registraba las conversaciones del recién asumido mandatario con el intelectual francés Règis Debray.

En esta nueva película, Littín decide ver el otro lado de la moneda, explorando las últimas horas de su gobierno en ese fatídico 11 de septiembre. Aquella mañana, Salvador Allende (Diego Muñoz) sale de su casa ubicada en calle Tomás Moro hacia el palacio de La Moneda, donde se reúne con su equipo para evaluar la situación del país. Chile se encuentra en un momento crítico, con un roce social y político que amenaza estallar en cualquier momento. El presidente se ve en medio de este conflicto, y las cosas solo parecen empeorar: hay rumores de un posible golpe de estado, el que se convierte en realidad cuando se entera de que los cabecillas de las fuerzas armadas se han vuelto en contra del gobierno. Asediado en La Moneda, y sin el apoyo armado del pueblo que lo llevó al poder, Allende deberá resistir estas últimas horas de su vida defendiendo lo que había logrado construir.

Basta leer el título Allende en su laberinto para tener una noción del enfoque que se le quiere dar a la película. El protagonista no solo debe hacer frente a un ataque desigual, sino que debe hacerlo con la ayuda de un puñado de adherentes. La tragedia narrada en la cinta muestra a un Salvador Allende abandonado por aquellos que creía eran sus aliados, como los partidos que formaban parte de la UP o algunos generales como Augusto Pinochet que decidieron darle la espalda. Así, el presidente se ve envuelto en sus propios pensamientos, a través de breves soliloquios donde reflexiona sobre lo que ha hecho y lo que salió mal. En este sentido, el acotado nivel de producción ayuda a crear una atmósfera claustrofóbica, ya que casi toda la película está ambientada dentro del palacio de gobierno, lo que sirve para representar de manera visual el aislamiento de Allende en aquellos momentos.

El Allende que Littín busca retratar es mostrado como alguien consecuente, que ha decidido morir por lo que luchó, ya que rendirse no es una opción. Durante el enfrentamiento el protagonista debe encarar la paradoja de defender con metralletas un proceso político que había sido alcanzado a través de la vía pacífica, lo que se suma a la lista de cuestionamientos ideológicos que surgen durante el metraje. En caso de rendirse, se dice durante la película, se estarían destruyendo los principios de su gobierno, mientras que su sacrificio permitiría que continuaran viviendo en la mente del pueblo. La inmolación lo transforma a él y a sus ideales en un mito que las balas no pueden detener. El director, que se ha mostrado contrario a la tesis del suicidio de Allende, en esta película decide utilizar una estrategia más ambigua, dejando que el propio espectador decida cómo murió el derrocado presidente.

Sin embargo, y pese a las buenas intenciones que hay en el papel, se notan varios defectos al momento de traspasar estas ideas a la pantalla. Hacer una película sobre un personaje histórico conlleva el riesgo de mostrarlo como un ícono más que una persona, cuestión que lamentablemente ocurre con Allende en su laberinto. Hay intentos loables por humanizar la figura del presidente, como la decisión de mostrar la cercana relación que tuvo con Miria Contreras, “La Payita” (Aline Kuppenheim), su secretaria personal y amante. También hay algunos detalles que buscan mostrar al hombre del día a día, a través del cuidado que demuestra al momento de escoger su vestimenta o el carácter de galán que exhibe con una joven carabinera, pero estos momentos no son capaces de otorgarle un aire espontáneo al personaje.

Los esfuerzos por mostrar el lado más humano del protagonista no logran conectar con la visión preponderante que se extiende a lo largo de la película, la que opta por presentar al Allende estadista, al que hablaba ante miles de personas, al de las fotografías oficiales. Sus diálogos parecen mini discursos, con cada frase cubierta por esa solemnidad de alguien que sabe cuál es su lugar en la historia y cómo será visto en las décadas posteriores. La visión que uno como espectador tiene del político no puede ser la misma que la que él tiene de sí mismo en medio de acontecimientos tan críticos como los narrados, ya que las perspectivas son muy distintas. Hay ocasiones en las que el personaje llega incluso a hablar de sí mismo en tercera persona. Además, su estoicismo lo muestra como alguien seguro, llegando a contar anécdotas en medio del combate. Hay en su actuar un carácter ceremonioso poco creíble.

Diego Muñoz es el encargado de dar vida a Salvador Allende, en una interpretación que no termina de convencer. Es difícil ver al protagonista como un personaje de carne y hueso, ya que la imagen del actor está siempre presente, pese al bigote y a los lentes que tratan de otorgarle al menos la apariencia del mandatario. El problema no dice relación con el parecido físico entre ambos, sino a la capacidad para convencer a la audiencia de que es el personaje quien está sufriendo en la pantalla, y no un actor haciendo un papel. Durante la película vemos lo que está ocurriendo, y comprendemos la envergadura del problema que agobia al protagonista, pero esta es más bien una comprensión externa del asunto, ya que las emociones expresadas no tienen la fuerza necesaria para crear una conexión más profunda. Son contadas las escenas donde vemos al protagonista como alguien real, que siente y sufre, como aquel momento que comparte con su fallecido amigo Augusto Olivares (Horacio Videla).

Es extraño además lo que ocurre con los personajes secundarios. Como la película fue filmada en Venezuela, dado que el gobierno de Sebastián Piñera no les facilitó el palacio de La Moneda, la gran mayoría de actores secundarios son de aquel país. Escuchar acentos caribeños en una cinta ambientada en Chile resultaría curioso, así que la solución de Littín consistió en doblar los diálogos de esos personajes usando actores nacionales. Sin embargo, hay casos donde se nota demasiado la disociación que existe entre persona y voz, ya que el tono utilizado está más cercano a la locución radial que a la actuación, todo lo cual va acrecentando el sentido de artificialidad presente durante el relato.

Al ser la primera película chilena que gira en torno a su figura, la obra Allende en su laberinto debe ser reconocida por su ambición. No es fácil dar el primer paso, sobre todo cuando se trata de alguien tan importante en la historia del país. Sin embargo, esto no nos debe llevar a obviar sus defectos, que son varios. Aunque el objetivo era mostrar a un Salvador Allende íntimo y cercano, distinto al que conocemos a través de los libros, el protagonista de esta película tiene más en común con la estatua que está en la plaza de la Constitución que con el médico socialista que probablemente conocieron sus seres queridos. Las buenas intenciones por lograr algo no son suficientes si el resultado no es capaz de estar a la altura. Este mismo año se estrenará el documental Allende, mi abuelo Allende de Marcia Tambutti, nieta del presidente. Quizás esa cinta nos revele de mejor manera su lado menos público.

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