El tatuaje de ancla

Popeye-A-Dream-WalkingEl arte del tatuaje ha sido desarrollado por culturas de los más variados rincones del mundo. Existen vestigios de esta práctica en pueblos mesoamericanos, africanos, japoneses y polinesios, donde sus habitantes ornamentaban su piel con tinta ya sea por razones tan variadas como la religión, la guerra e incluso como una forma de castigo. Debido a esto, su llegada al mundo occidental, específicamente a la sociedad industrial del siglo XVIII, vino de la mano de personas que viajaban a esos apartados territorios: los marinos. Las personas que trabajaban en embarcaciones adoptaron la práctica y la llevaron a los puertos de sus respectivos países, donde rápidamente fue asociada con la actividad que desarrollaban las personas de mar.

Uno de los símbolos que llevaban sobre su piel era la del ancla, íntimamente ligada a su trabajo como marinos. Incluso versiones populares de la actividad, como la del personaje Popeye, recurrían a ese tipo de tatuajes para identificar al oficio. Pero los años pasaron, y la práctica del tatuaje se expandió con tal fuerza que escapó de los límites de este trabajo, llegando a abarcar los más amplios sectores de la sociedad. El símbolo del ancla llegó incluso a desmarcarse de su significado original, y fue adoptado por personas que no trabajan en embarcaciones, sino que lo han utilizado por otras razones. Ya sea en la espalda, con un gran número de detalles, o en el dedo de la mano a través de un diseño minimalista, el objeto posee una considerable popularidad entre los fanáticos del tatuaje.

La masificación de la práctica puede ser vista como algo positivo, ya que ayuda a despejar algunos prejuicios contra las personas tatuadas. Además de los marinos, otro grupo que fue tradicionalmente ligado a los tatuajes han sido los delincuentes. Y si bien en la actualidad todavía existen algunos grupos delictuales que los utilizan como una forma de distinción (los yakuza en Japón o algunas pandillas en Centroamérica y Estados Unidos), el hecho de que personas tan exitosas como deportistas o músicos hayan adoptado la tendencia ha servido para que sean más aceptados dentro de la sociedad. Qué mejor manera de reflejar esto a través de un cantante tan inofensivo como Ed Sheeran, quien tiene sus brazos cubiertos de tatuajes.

Pero al mismo tiempo, la masificación de los tatuajes fue cambiando ciertos significados culturales que tenían algunos de ellos. En el caso del ancla se puede ver de manera más clara, ya que en un principio era utilizado para identificar a los miembros de un determinado oficio, pero con el pasar de los años fue adoptado por personas ajenas a la actividad. Si bien el objeto en sí permite un simbolismo distinto, apelando a la estabilidad y apoyo que puede otorgar el ancla, es difícil desconocer que la imagen ha pasado a ser escogida preponderantemente por sus fines estéticos, pasando las consideraciones simbólicas a estar en un segundo plano.

Estoy ocupando el ejemplo de las anclas, pero en realidad esto puede ser aplicado con otras imágenes. Los marinos han utilizado tatuajes de golondrinas, tiburones, serpientes, armas o estrellas náuticas, los que no solo dicen relación con el significado superficial de cada uno de ellos (como la fortaleza o la ferocidad), sino que también llevaban aparejado un vínculo con ciertos destinos a los que habían viajado. Hoy en día escoger uno de esos tatuajes obedece a un deseo tradicionalista, old-school, como conducir un automóvil de los años 50. No hay un sentido práctico detrás de la elección, sino más bien uno ornamental.

En la actualidad, los tatuajes están sujetos a las volátiles reglas que va imponiendo la moda. Cada cierto tiempo surge alguna tendencia que nos indica qué elementos o estilos son populares, lo que trae aparejado una notoria proliferación de esos diseños. Así, estaban los tatuajes tribales de los años 90, posteriormente los diseños japoneses, como los peces koi o las olas de mar, y luego surgió la fascinación por la cultura mexicana ligada al día de los muertos, como las calaveras decoradas. Lo curioso de esto es la contradicción que se produce entre algo tan cambiante como la moda y el carácter permanente de los tatuajes. Si bien existen métodos para cubrir o borrar estas creaciones, no es menos cierto que su costo y dificultad es algo a considerar. Hacerse un tatuaje siguiendo alguna tendencia pasajera no es lo mismo que ocupar un determinado peinado o vestimenta.

Utilizar símbolos por sus fines estéticos más que representativos también se puede ver en otras áreas como la música. Los logos de bandas como Nirvana, Ramones, The Rolling Stones, Misfits o Guns N’ Roses han sido adoptados como herramientas de diseño para decorar ropa y otros objetos, llegando incluso a separarse de la música que encarnan. Llegan así a transformarse en verdaderas marcas, como Converse y Nike. Los casos más curiosos llevan a las empresas que fabrican estas vestimentas a crear un efecto de desgaste en la tela, para que parezca que fue utilizada durante años por la persona y no que la compró hace una semana. Se crea por lo tanto la ilusión de fidelidad y fanatismo, pero sin tener que lidiar con los aspectos más laboriosos de esa idea.

Quizás la demostración más extrema de todo esto es lo que ocurre con el punk. Surgido durante los años 70 como un estilo de vida anti-sistema, que iba en contra de las tradiciones, la autoridad y el conformismo, el punk ha sido mal visto durante varias décadas, siendo asociado a un comportamiento violento y hasta nihilista. Debido a esto, se trata de uno de los ejemplos más utilizados al momento de hablar de contracultura, es decir, aquellas tendencias que se alejan de la cultura de masas y se mantienen en el terreno de lo underground. Pero incluso el punk fue finalmente absorbido por el mercado, pasando a estar manejado por sus reglas. Ni siquiera la banda Crass, que compuso la canción “Punk Is Dead”, se pudo imaginar lo que ocurriría tiempo después. Han pasado varias cosas desde que la frase fue acuñada en 1978.

Los materiales y técnicas asociadas a la estética punk fueron lentamente asimilados por otras áreas, incluida la alta costura. Ropa rota, remaches, tejidos tipo tartán, cuero, son algunos de los elementos que han sido utilizados por marcas de ropa tan prestigiosas como Chanel, Givenchy o Balmain para crear esa apariencia atrevida que caracteriza al movimiento. La diseñadora Vivienne Westwood ha sido nombrada como una de las principales responsables de este proceso, y su caso es especialmente llamativo ya que no se trata de alguien ajena a la cultura que recogió sus elementos para adaptarlos a su mundo, sino que formó parte integral de la historia del punk y ayudó a darle forma a través de la ropa que diseñó para los Sex Pistols durante los años 70. Su trabajo fue adquiriendo popularidad y fue incluido en varias exhibiciones. Los diseños que habían sido pensados como una manera de rebelarse contra el sistema fueron finalmente digeridos por aquellos a quienes buscaba escandalizar.

Este proceso de masificación es muy interesante. Los efectos pueden ser tanto negativos como positivos, dependiendo desde qué sector se vea. Por un lado, el objeto puede corromperse hasta ser reducido a una versión simplificada de sí mismo, donde las ideas que lo inspiraron terminan siendo irreconocibles. Valores como la autenticidad o el respeto a la raíces se pueden ver deteriorados por culpa de esto. En su vertiente más problemática, este comportamiento puede caer en el área de la denominada apropiación cultural, donde un grupo cultural dominante se apropia de los elementos de un grupo minoritario sin tomar en cuenta aspectos como la atribución. El rock n roll, que surgió gracias al trabajo de músicos afroamericanos como Chuck Berry, fue masificado en Estados Unidos tras asociarlo a artistas blancos, dado que eran rostros más aceptados en aquella época. Esto hizo que el género fuese relacionado con músicos de esa raza, dejando en un segundo plano a sus verdaderos precursores.

Pero por otro lado la popularidad puede ayudar a lograr una familiarización que evite prejuicios, como lo que ocurrió con los tatuajes y la manera en que han trascendido las barreras socioeconómicas. Puede que no nos guste la idea de que existan bandas como 5 Seconds of Summer, tan controladas por compañías discográficas y carentes de una identidad propia, pero la existencia de estos grupos de rock comercial puede inspirar a sus fanáticos a ver más allá y descubrir música que quizás no conocerían si no fuese gracias a ellos. Lo mismo se puede decir sobre los logos de bandas que actualmente son ocupados como simples marcas. Más de alguna persona sentirá curiosidad por descubrir la música de Ramones gracias a las poleras que llevan ese diseño.

Mostrarse en contra de toda forma de masificación puede llevarnos a una posición elitista, donde solo un selecto grupo de personas está autorizado a disfrutar de ciertas cosas. Se trata de una postura egoísta y estrecha de mente, inspirada en un temor infantil de no querer compartir aquello que nos hace “especiales”. Claro, que algo que nos gusta sea conocido por un gran número de personas puede atraer a más de alguna persona desagradable que lo emplee de una manera totalmente distinta a la que corresponde, pero por cada persona que hace eso hay dos o tres más que lo hacen con respeto. La tarea, por lo tanto, no consiste en evitar toda clase de propagación, sino que en ser capaces de poder diferenciar y apreciar a quienes adoptan estos objetos con la consideración que se merecen. El problema surge cuando una práctica u objeto que es conocida de manera amplia por la población pierde sus raíces o se le niega su significado cultural originario, y eso es lo que debemos repudiar.

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