Tomorrowland (2015)

Tomorrowland_posterUno de los aspectos que se pueden notar en la filmografía de Brad Bird, tanto en The Iron Giant (1999) como en The Incredibles (2004), es la pasión que demuestra el director por el denominado retrofuturismo. Consiste en la manera en que épocas pasadas se imaginaban cómo sería el futuro, utilizando para esto la tecnología y la estética que existía en aquel entonces como punto de referencia. Así, cada una de estas concepciones iba variando según la década a la que pertenecía, convirtiéndose en expresiones que reflejaban el sentimiento de un determinado tiempo y lugar. Vertientes como el dieselpunk y el steampunk forman parte del género. En su nueva película, Tomorrowland, el cineasta vuelve a explorar este tema a una escala mayor que la de sus trabajos previos.

Pero su ejercicio no se limita simplemente a una cuestión de diseño, sino que busca además explorar preguntas más profundas. Según la cinta, la visión que se tiene sobre el futuro cambia de época en época también en términos de apreciación. La noción que tenemos sobre el futuro en la actualidad es bastante sombría, lo que se puede ver en el cine y la literatura donde predominan historias sobre distopías y el fin del mundo. Es una visión que contrasta de manera considerable con la que se tenía décadas atrás, cuando el futuro era imaginado desde una perspectiva más optimista, donde todo era posible. El choque que se produce entre estas nociones es representado en la cinta a través de la metáfora de dos lobos que luchan entre sí. La decisión de cuál de ellos ganará depende de nosotros mismos y el tipo de pensamiento que desarrollemos en nuestras vidas.

El pensamiento de Casey Newton (Britt Robertson) se acerca más al de la concepción idealista del futuro. Hija de un ingeniero de la Nasa, la adolescente responde a los presagios pesimistas de la sociedad que la rodean con unas ganas de reparar lo que está descompuesto en vez de rendirse y esperar lo “inevitable”. Esta forma de pensar llama la atención de una misteriosa niña llamada Athena (Raffey Cassidy), quien decide regalarle a Casey un prendedor que al tocarlo le permite ver una ciudad futurista con unos increíbles adelantos tecnológicos. Pero el efecto del prendedor es temporal, y para poder volver a ese mundo la joven deberá pedirle ayuda a Frank Walker (George Clooney), un hombre que vivió en esa ciudad años atrás pero tras sufrir una grave desilusión perdió el rumbo y adoptó una visión agria de su entorno. El trayecto de los protagonistas no será sencillo, ya que además de unos agentes que están en busca de Athena los personajes deberán incluso impedir la destrucción del planeta.

La ciudad que ve Casey al tocar el prendedor es Tomorrowland, la que está basada en uno de los parques temáticos de Disneyland que fue inaugurado en 1955. Walt Disney estaba interesado en los avances científicos que experimentaba la humanidad durante aquellos años y quiso reflejar su entusiasmo por lo que vendría en el futuro a través de este tipo de atracciones. Su visión idealista del mundo está también reflejada en “It’s a Small World”, una atracción que fue presentada en la Feria Mundial de Nueva York de 1964 y que sirve como punto de partida para esta película. En la versión de la cinta, Tomorrowland no es simplemente un parque de diversiones, sino que un universo paralelo donde se han reunido algunas de las mentes más brillantes para desarrollar sus conocimientos sin las trabas políticas ni burocráticas del mundo real.

Ya en sus primeros minutos somos capaces de notar la nostalgia que atraviesa el relato, la que no se limita a simples guiños superficiales, sino también a una cuestión de tono. La manera en que la película apela a nuestra capacidad de asombro, manteniendo nuestra atención y alimentando una constante ansia de aventura, hace recordar al cine familiar de décadas pasadas, donde los colores y las ideas novedosas eran capaces de crear una particular identidad. Es, por ejemplo, lo que vemos en el cine más comercial de Steven Spielberg, que entregaba espectáculo y magia por partes iguales. Todas las secuencias que involucran a Casey y el prendedor reflejan este sentimiento, convirtiéndose en unas de las mejores escenas de la película.

El ritmo de la película es ágil, con unas efectivas secuencias de acción que son capaces de hacer que la trama progrese, sin convertirse en meras distracciones. A pesar de unos cuantos efectos digitales que resultan demasiado falsos, por lo general la preponderancia del CGI no resulta problemática. Si hay algo que sabe Brad Bird es filmar escenas de acción, lo que se nota en las que aparecen en esta cinta. Los primeros dos tercios del metraje cuentan con una gran energía, incluidos unos muy buenos momentos cómicos, pero lamentablemente los últimos minutos no están a la altura. Durante esos segmentos pasamos del entusiasmo por conocer más detalles acerca de este mundo y cómo funciona, a unas explicaciones que hacen poco por satisfacer las expectativas que habíamos ido acumulando.

Aunque el guion fue escrito por Bird y Damon Lindelof, la responsabilidad del declive parece recaer principalmente en el segundo, ya que es una tendencia que se puede ver en varios de sus trabajos. Como se puede notar en la serie Lost, el guionista tiene una gran capacidad para crear mundos enigmáticos y aumentar la fascinación de la audiencia con cada elemento que se va revelando, pero sufre de una agotadora propensión a complicar las cosas más de la cuenta, enredando una historia que podría haber sido contada en términos más sencillos. El conflicto presente en Tomorrowland, cuyas consecuencias pueden llegar a la destrucción de la Tierra, es presentado demasiado tarde en el relato y de una manera poco clara, lo que le quita el impacto que debió haber tenido.

Hay además falencias al intentar explicar las motivaciones de algunos personajes y de lidiar con cuestiones tan esenciales como la relación de causalidad. La película entrega, a falta de mejor palabra, una “curiosa” explicación para el sombrío panorama que tenemos actualmente del futuro. Esta explicación no solo resulta poco convincente dentro de la lógica interna de la cinta, sino que es problemática desde otros puntos de vista. La publicación de novelas distópicas como Un mundo feliz de Aldous Huxley, 1984 de George Orwell o La naranja mecánica de Anthony Burgess no se debe a una mera casualidad, sino que obedece al contexto en el que surgieron. Estos autores se basaron en hechos de la vida real como conflictos bélicos y gobiernos autoritarios para dar forma a sus obras, reflejando lo que ocurría en aquel entonces con el mundo. Restarle la importancia al contexto en el que fueron concebidas simplifica su razón de ser y distorsiona lo más relevante de ellas.

A estos problemas se suma la falta de un mayor desarrollo de los personajes principales. Si bien la relación entre el trío protagonista es buena y la manera en que sus personalidades los hacen interactuar de una determinada manera constituye uno de los principales puntos de apoyo en el humor de la cinta, se podrían haber explorado de mejor manera ciertos aspectos. El vínculo que existe entre Frank y Athena, por ejemplo, es explicado en términos lógicos, señalando lo que ocurrió entre ellos y cómo terminaron yendo por caminos distintos, pero esto no es suficiente para suplir las cuestiones sentimentales que van ligadas a estos hechos. Una cosa es comprender lo que ocurrió y otra sentirse comprometido por sus consecuencias emocionales. Faltó que el vínculo que sentimos por esos personajes fuese más potente.

Los mensajes que busca entregar Tomorrowland tienen un gran valor. La importancia del intelecto, la capacidad para innovar y explorar, la misión de cuidar el planeta para las generaciones futuras, evitar que el conocimiento sea acaparado por intereses particulares, todo esto hace que la película destaque entre el resto de los blockbusters que se estrenan actualmente. Pero si bien los temas son explorados de manera satisfactoria durante gran parte de la cinta, la sutileza pasa a ocupar un segundo plano durante los minutos finales, lo que puede llegar a afectar la manera en que es recibido el mensaje. Las moralejas deben ser entregadas de manera orgánica, permitiendo que florezcan de manera natural del relato. Reforzar demasiado este tipo de puntos puede hacer que las buenas intenciones se transformen en sermoneos, lo que debilita la posibilidad de que el mensaje sea adoptado de manera genuina por el espectador.

Pero a pesar de estos defectos, la cinta sigue siendo rescatable. Creer que los problemas que aparecen durante su último tercio son capaces de arruinar todo lo bueno de la película me parece exagerado. Los puntos positivos de la obra superan a los negativos de tal manera que sigue siendo una experiencia grata. Que el destino no haya cumplido las altas expectativas no significa que debamos desconocer los méritos del viaje en sí.

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