El club (2015)

El_club-posterDespués de completar una trilogía que se relacionaba de manera más o menos cercana con la dictadura militar, el director chileno Pablo Larraín vuelve al presente con su nueva película, El club. La cinta, que fue premiada con el Oso de Plata en el Festival de Cine de Berlín, lidia con algunos de los problemas más complejos que aquejan a la iglesia católica, tanto en nuestro país como en el resto del mundo. A diferencia de El bosque de Karadima (2015), que trata sobre un caso particular y bastante conocido por la opinión pública, esta película no se centra en el área de la contingencia, optando por un acercamiento más libre sobre el tema, pero no por eso menos actual.

Podríamos decir incluso que la cinta es una continuación de la obra dirigida por Matías Lira, ya que mientras en aquella se narraban los hechos de los abusos sexuales, ésta se centra en lo que ocurre después, cuando los delitos son conocidos por la curia sacerdotal y los responsables son enviados a un destino desconocido. La historia está ambientada en La Boca, un pueblo costero ubicado en la sexta región del país. Allí se encuentra una casa que pertenece a la iglesia católica donde viven cuatro sacerdotes (interpretados por Alfredo Castro, Alejandro Goic, Jaime Vadell y Alejandro Sieveking) que fueron relegados de sus funciones tras haber cometido unas oscuras faltas. El lugar es presentado como un centro de retiro y penitencia, y su administración está a cargo de una religiosa (Antonia Zegers), quien intenta mantener el orden de la casa.

A pesar de lo particular de su situación, la vida de los sacerdotes ha alcanzado una especie de normalidad. Sus rutinas diarias están cuidadosamente planeadas, con momentos de oración, canto, alimentación y tiempo libre. Los personajes tienen incluso un perro galgo que entrenan y lo ocupan para participar en carreras, lo que sirve como distracción. Sin embargo, la tranquilidad de la casa se ve interrumpida con la llegada de tres personas. La primera de ellas es un sacerdote (José Soza) que viene de Chillán tras ser acusado de abusos sexuales en contra menores de edad. Su presencia provoca la llegada de un segundo personaje, Sandokan (Roberto Farías), quien fue una de sus víctimas años atrás. Lo que ocurre a continuación provoca que un cura jesuita llamado padre García (Marcelo Alonso) viaje a La Boca a evaluar si vale la pena mantener funcionando este lugar o no.

Este tipo de residencias forma parte de una tendencia de la iglesia católica consistente en esconder sus problemas en vez de enfrentarlos. La justicia civil es vista con desconfianza, así que se opta por una solución interna, con la cual se aísla a los responsables en lugares como el mostrado en la película. Esta solución, que se basa en la represión y el secreto, puede ser ligada a otro aspecto problemático de la iglesia, como su manera de lidiar con el sexo a través del celibato. Intentar suprimir este tipo de conductas puede desvirtuar en acciones torcidas, las que dan como resultado delitos como los que han salido a la luz durante las décadas recientes. No es casualidad que la única escena de sexo mostrada en la película esté cargada de un aire enfermizo y sucio, demostrando además cómo los efectos de los crímenes cometidos se perpetúan en la vida de las víctimas.

La película es clara al momento de aludir al hermetismo de esta institución religiosa y su manera de enfrentar los problemas. Todo se soluciona a puertas cerradas, con discreción. Recurrir a personas externas (como la policía o las autoridades civiles) no es la primera opción, y cuando la presencia de terceros es ineludible se opta por contar verdades incompletas. Es por eso que el personaje de Sandokan resulta tan relevante para la trama, ya que su presencia amenaza la confidencialidad con la que había funcionado la casa hasta aquel momento. Las acciones de esta persona pueden hacer caer la cortina que los había mantenido protegidos. Por la manera en que se desarrolla el conflicto podemos ver que “el club” al que hace referencia el título de la cinta no se limita a la casa amarilla donde está ambientada la historia, sino que parece abarcar algo mucho más amplio.

Con una fotografía precisa a cargo de Sergio Armstrong, la película busca reflejar de manera visual lo que ocurre con sus personajes y qué es lo que sienten. Hay una buena utilización de luces y sombras a lo largo del metraje, ya sea a través de los atardeceres para dar forma a las siluetas de sus personajes, o una fogata para iluminar a alguien que está cubierto por la oscuridad. Si bien en algunas escenas nocturnas se nota una caída en la calidad de la imagen, por lo general la cinta es capaz de aprovechar los elementos que tiene a su alcance para mostrar la lucha que se va desenvolviendo. Pero este conflicto no es tan manifiesto como para decir que es entre el bien y el mal, ya que la ambigüedad moral ronda a través de las escenas como una presencia inquietante. Los planos de El club están cubiertos por una especie de niebla que difumina los contornos y las certezas.

El guion, escrito por Larraín en colaboración con Guillermo Calderón y Daniel Villalobos, no parece del todo pulido y la falta de claridad en las motivaciones de varios de sus personajes dificulta que uno se aferre a algo para comprender por qué está ocurriendo lo que está ocurriendo. Sin embargo, la tensión que se va acumulando de manera subterránea a medida que el relato avanza sirve como el incentivo suficiente para estar interesado por lo que sucederá después. La explosión del conflicto es inevitable, y es la espera la que va dando forma a la atmósfera de la cinta. Si bien se nota la tendencia del director por incomodar a la audiencia, de vez en cuando hay unas chispas de humor negro y sarcasmo que hacen que la película no sea tan agobiante. El aire severo y sombrío puede llegar a cansar si se emplea demasiado.

Uno de los grandes méritos de El club es su elenco, especialmente Roberto Farías. Su interpretación de Sandokan resulta creíble y su marginalidad le da un efectivo contraste con el resto de los personajes. Su voz es la voz de las víctimas que han quedado desamparadas y su presencia es un constante recordatorio de los crímenes que han cometido los sacerdotes. Hay varios momentos a destacar de su labor en la cinta, pero el mejor es sin duda la devastadora conversación que tiene con el cura jesuita. La puesta en escena es sencilla, pero los diálogos y la fuerza de Farías la cargan de una potencia increíble, convirtiéndose además en el punto de inflexión de la trama.

Son varios los temas que toca la película, los que no se limitan solo a las faltas de la iglesia católica sino que abarcan cuestiones más amplias como el clasismo, la soledad y la redención. Si bien hay momentos donde la utilización de iconografía y música religiosa resulta un tanto pretenciosa, la obra es capaz de entregar una visión honesta acerca de sus personajes. Cuando salí del cine lo hice con más preguntas que respuestas, y ese es precisamente el objetivo de la cinta. Enfrentarnos a algo que no es sencillo ni placentero, pero necesario.

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2 pensamientos en “El club (2015)

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