Richard Prince, Instagram y los límites del arte

Richard-Prince-InstagramLa exhibición “New Portraits” de Richard Prince llamó la atención de varios medios de comunicación tras su presentación en septiembre de 2014. Las obras que forman parte de la serie consisten en impresiones de fotografías sacadas de la red social Instagram, sin el permiso ni el conocimiento de los usuarios que las crearon. Las imágenes presentan la misma interfaz que la aplicación, y salvo los comentarios de las fotografías -que fueron modificados por Prince- el resto es similar a las fotografías originales. Meses después, la atención por estos trabajos aumentó luego de que una de estas fotografías, que pertenecía a una joven llamada Doe Deere, fue vendida en aproximadamente 100.000 dólares, sin que ella recibiese compensación alguna por la venta.

Y no es la primera vez que Prince se ve involucrado en este tipo de controversias. Parte importante de su carrera se desarrolló gracias a reproducciones fotográficas de anuncios publicitarios que encontraba en revistas. Su serie de fotografías “Cowboys” está basada en la publicidad de los cigarrillos Marlboro. El año 2009, el fotógrafo francés Patrick Cariou demandó al artista por utilizar unas imágenes que él había creado sin solicitar permiso. Las fotografías, que mostraban a personas rastafaris y que formaban parte de un libro que Cariou había publicado años antes, fueron alteradas por Prince para crear una serie de pinturas tituladas “Canal Zone”. Aunque el caso terminó a través de un acuerdo entre las partes, la reciente controversia surgida a partir de la nueva exhibición de Prince demuestra que estamos ante una polémica que no desaparecerá fácilmente. Qué es la autoría y qué es lo que constituye una obra artística son algunas de las interrogantes que surgen cuando leemos este tipo de noticias.

Para entender la manera en que Richard Prince crea sus trabajos debemos hacer referencia a dos técnicas que tuvieron una gran importancia para el arte del siglo XX: la apropiación y la descontextualización. La primera, como indica su nombre, consiste en crear obras artísticas a partir de objetos u otras obras. Es, por ejemplo, lo que hizo Marcel Duchamp cuando tomó un urinario para hacer su obra La fuente, o Andy Warhol con las latas de sopa marca Campbell. Pero no basta simplemente con escoger un objeto determinado, sino que es necesario modificarlo de alguna manera para crear algo nuevo. Es acá donde adquiere importancia la descontextualización, que consiste en sacar a la obra u objeto en cuestión de su sitio original y verlo a través de una perspectiva nueva. Duchamp lo hizo al momento de firmar y presentar su urinario con la misma solemnidad de una escultura, y Warhol al tomar un objeto de uso cotidiano y otorgarle un protagonismo del que antes carecía, elevándolo a un nuevo nivel.

En el caso de Prince y su “New Portraits”, la utilización de estas técnicas resulta clara. El hecho de tomar unas fotografías que fueron publicadas en una red social sin mayores pretensiones, para luego imprimirla y exhibirlas en una galería de arte, constituye un acto cargado de significado. Al igual que Warhol, está tomando algo tan común y corriente como una selfie y elevándola a un estado superior, pasando desde lo digital hacia lo tangible. Resulta interesante además la elección que el artista hace de las personas, ya que a través de esto se entrega un mensaje acerca de la fama. Si el pop art utilizaba la cultura de masas como principal referente, exaltando figuras como actores o cantantes, Prince hace lo propio con un nuevo tipo de celebridades: las que surgieron con la masificación de internet. Hoy en día existen youtubers que han alcanzado el estatus de estrellas, y lo mismo se puede decir con ciertos usuarios de Instagram. Aunque hay algunas celebridades y artistas entre las fotografías seleccionadas, la mayoría de los sujetos son personas desconocidas fuera de los círculos de internet.

Se puede cuestionar el mérito artístico de las obras, ya que uno de los objetivos del arte es potenciar el debate, pero no podemos negar que detrás de lo que hace Richard Prince hay algo que se quiere transmitir. Puede ser una crítica a la vanidad, un elogio a las personas anónimas, un comentario sobre era digital, una reflexión irónica acerca de la fama, o simplemente está trolleando. Sea como sea, hay mérito en lo que hace, y desmerecer esto como un mero robo es simplificar lo que se está tratando de decir.

Pero que la práctica pueda ser defendida en términos artísticos no significa que esté exenta de problemas. Una de las principales dudas que surgen dice relación con todo aquello relativo al derecho de autor de las fotografías utilizadas. Las obras de Prince son lo que se conoce como obras derivadas, es decir, que tienen como base una obra preexistente que fue modificada para crear algo nuevo. Para poder crear una obra derivada es necesario determinar si la obra originaria está sujeta a alguna barrera legal o no. Si las fotografías estuviesen en el dominio público, el artista las podría utilizar de manera libre, sin necesidad de pedir permiso a sus autores, pero la situación cambia si están protegidas por el derecho de autor. Hoy en día esa protección constituye la regla general, así que al momento de crear las fotografías los usuarios son titulares de los derechos de autor que existen sobre ellas.

Para poder usarlas, Prince tiene que solicitar permiso a los autores o ampararse en algunas de las excepciones que contempla la ley. Cuando fue demandado el año 2009 por Patrick Cariou, la defensa del artista se basó en la doctrina del fair use, que permite la utilización de obras protegidas por derecho de autor cumpliendo ciertos requisitos. Uno de estos requisitos es que el uso no constituya una mera copia de la obra, sino que la transforme, lo que ocurre en este caso. Otro de los requisitos, y que es algo más complicado de determinar, dice relación con los efectos económicos que tendrá ese uso respecto del valor de la obra protegida. Una persona no se puede amparar en el fair use para justificar un tipo de uso que perjudique el valor comercial de la obra en cuestión, lo que deberá ser evaluado en cada caso particular.

El tema puede ser también analizado desde la perspectiva del derecho a la propia imagen. Concebido por parte de la doctrina como una manifestación del derecho a la vida privada, el derecho a la propia imagen constituye uno de los rasgos característicos de las personas, junto a atributos como el nombre. Este derecho permite que los sujetos determinen “cuándo, cómo, por quién y en qué forma quieren que se capten, reproduzcan o publiquen sus rasgos fisionómicos, controlando el uso de dicha imagen por terceros, impidiendo así su captación, reproducción y publicación por cualquier procedimiento mecánico o tecnológico, sin su consentimiento expreso”. Como en Estados Unidos este derecho no ha sido tan desarrollado, es poco probable que sea acogido por un tribunal, pero de todas maneras sirve como una opción teórica.

De lo que podemos estar seguros es que Richard Prince es alguien que transita por los límites del arte y la legalidad. Lo ha hecho durante años y seguramente lo seguirá haciendo en el futuro. A pesar de las críticas que se le pueden hacer, hay que reconocer que ese ejercicio requiere convicción. Y el hecho de que otras personas respondan a su conducta a través de reapropiaciones de sus obras prueba que su método ha sido eficaz.

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