Kung Fury (2015)

Kung_Fury_posterPara que una película alcance la esquiva categoría “tan mala que es buena”, no basta que tenga actuaciones malas, un guión ridículo o efectos especiales de baja calidad. Más importante que estos elementos es la intención que está detrás de la obra. Cintas como Plan 9 from Outer Space (1959), Troll 2 (1990), Takilleitor (1996) y The Room (2003) se han convertido en verdaderos clásicos debido a que las personas que participaron en ellas creían que estaban haciendo algo de buena calidad. Es esta ingenuidad, combinado con lo deplorable del resultado, lo que genera una profunda fascinación en el espectador, quien además se entretiene intentando adivinar qué los llevó a tomar ese tipo de decisiones.

Es esto lo que las diferencia de películas como Italian Spiderman (2008) y Sharknado (2013), las que son un producto propio de la época postinternet, donde la ironía y el cinismo son algo habitual. A diferencia de la honestidad que demuestran las otras cintas, estos trabajos buscan replicar cuidadosamente su mal gusto, pero a través de una artificialidad que resulta poco llamativa. El cortometraje Kung Fury podría ser ubicado en este segundo grupo, debido a la estética que trata de emular y lo absurdo de su historia, pero hay algo en esta obra que la hace más rescatable. Aunque el director y guionista sueco David Sandberg aspira al ridículo de manera voluntaria, no intenta engañar al espectador haciéndolo creer que está ante algo genuino, sino que pone de manifiesto su carácter falso, logrando crear algo que es mitad parodia y mitad homenaje de los clichés del cine ochentero.

Fiel a su búsqueda por lo extravagante, la trama de la película no se deja limitar por los principios de la lógica. El protagonista es un policía experto en artes marciales conocido como Kung Fury (David Sandberg), quien obtuvo sus habilidades al ser alcanzado por un rayo y mordido por una cobra. Cuando descubre que el mismísimo Adolf Hitler (Jorma Taccone) ha viajado al presente con el fin de convertirse en el mejor peleador de kung fu, el policía decide enfrentarse a él, pero en vez de hacerlo de inmediato opta por viajar al pasado hacia la Alemania nazi. La aventura que se desenvuelve a continuación incluye la presencia de vikingos, dioses nórdicos, dinosaurios, robots y mucha violencia.

Los influencias de Kung Fury abarcan grandes áreas del cine de los años 80, yendo desde películas de artes marciales como The Karate Kid (1984) y las protagonizadas por Steven Seagal y Jean-Claude Van Damme, hasta representantes de la ciencia ficción como The Terminator (1984) y RoboCop (1987), pasando por el cine de serie B de bajo presupuesto que existió durante aquellos años. Algo que contribuye bastante a la atmósfera es la banda sonora, que recurre a guitarras eléctricas y sintetizadores para recrear el sonido que caracterizó a esa década. Pero no todo es nostalgia, ya que la cinta también se da el tiempo de exagerar algunos de los aspectos más estrafalarios de ese cine, como las libertades que se daba al momento de retratar a los hackers, lo que queda materializado en un personaje que es capaz incluso de crear una máquina del tiempo apretando las teclas de su computador.

El carácter ambivalente de la película se puede notar además en sus elementos visuales. Mientras hay un esfuerzo por replicar la estética de las cintas de VHS, con algunos errores en la imagen producto del desgaste o la aparición del famoso mensaje “Tracking”, la película le debe más a las herramientas contemporáneas que a la antigua técnica del video. La importancia de los efectos especiales no se limita solo a las criaturas animadas como los dinosaurios, sino que tienen un rol aún más fundamental en la cinta. Las escenografías fueron creadas gracias a un grupo de artistas digitales y los actores fueron introducidos en ellas a través de la técnica del croma (o fondo verde). Esto refuerza la apariencia artificial de la película, convirtiéndola no en algo que quiere vender gato por liebre, sino que en una obra que reconoce su lugar y usa los elementos retro para aumentar el espectáculo.

La producción de Kung Fury le debe bastante a internet, ya que es un proyecto que fue financiado de manera colectiva, a través de la plataforma Kickstarter. Debido a eso, existía una presión por recompensar a quienes contribuyeron, lo que se nota en el resultado final. El humor de la cinta es irregular, con varios intentos por parecer irreverente que terminan siendo demasiado forzados. No hay un intento de comedia tan creativo como en, por ejemplo, Too Many Cooks (2014), que si bien lidia con situaciones absurdas demuestra un gran cuidado por la manera en que sus elementos son presentados. En esta película, en cambio, la comedia se construye a través de la acumulación de elementos más que en una progresión de los mismos. Sus 30 minutos de duración están repletos de “cosas”, lo que convierte la experiencia de ver el cortometraje en algo frenético. Los méritos del cortometraje están más bien del lado de lo impredecible, de sorprender al espectador con lo que ocurrirá después.

Si comparamos a Kung Fury con algunas de las películas que aparecen en el programa Best of the Worst de Red Letter Media, las diferencias son evidentes. No es lo mismo ver una cinta que trata de emular el tono que estuvo de moda hace tres décadas con obras que cuentan con ese estilo por formar parte de aquella época. La entretención espontánea que surge al ver joyas como Deadly Prey (1987) o Miami Connection (1987) no puede ser comparada en igualdad de condiciones con ejercicios revisionistas como este. Aunque el cortometraje se esfuerza y tiene atractivo, hay que ser conscientes del abismo que existe entre él y las obras originales.

Es una cinta que es sencilla de ver, tanto por su duración como por su disponibilidad (fue estrenada en Youtube), y su valor no va más allá de ofrecer un buen rato. La atención que ha generado durante estos días parece obedecer más a una breve moda que a algo que resonará en el tiempo.

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