Kumiko, the Treasure Hunter (2014)

Kumiko_the_Treasure_Hunter-PosterLas obras artísticas no existen en un vacío, ajenas al resto de las obras creadas anteriormente. De vez en cuando vemos cómo entre estos trabajos (ya sean novelas, canciones, películas, obras de teatro, pinturas) se produce un diálogo, en el que uno de ellos reconoce la existencia del otro, remitiéndose a él y creando una relación que como lectores o espectadores somos capaces de notar. Esto es lo que se conoce como intertextualidad, y puede materializarse ya sea a través de unos breves guiños que tienen carácter anecdótico, o de una manera más profunda, incidiendo directamente en la trama de la obra, como ocurre con la cinta Kumiko, the Treasure Hunter, dirigida por David Zellner.

En este caso, la obra referenciada es Fargo (1996), la película de los hermanos Coen ambientada en la ciudad homónima ubicada en el frío estado de Dakota del Norte. En una de las escenas de la cinta, un personaje interpretado por Steve Buscemi entierra un maletín lleno de dinero en un lugar no especificado de los alrededores, lo que sumado al mensaje que aparece al comienzo de la película, que asegura que los hechos narrados son reales, inspiran a una mujer japonesa llamada Kumiko (Rinko Kikuchi) a intentar encontrar ese tesoro. Con 29 años de edad, un trabajo que no entrega demasiadas opciones para crecer profesionalmente, y una especie de misantropía que le impide relacionarse con el resto de las personas, la protagonista ve en el maletín de la cinta una oportunidad perfecta para mejorar su vida.

Los límites entre realidad y ficción no solo se difuminan en la mente del personaje principal, sino también en las propias películas involucradas. Mientras algunas cintas utilizan el “basado en hechos reales” como una manera de atraer al público y otorgarle una mayor importancia a las historias que están contando, los Coen lo hicieron a modo de broma, algo que resulta coherente con el sentido de humor que se extiende a lo largo de su filmografía. Sin embargo, las consecuencias de este simple chiste adquirieron un tono sombrío el año 2001, cuando una mujer japonesa llamada Takako Konishi fue encontrada muerta en el norte de Minnesota, un hecho que fue ligado por algunos medios de comunicación con la película de 1996, sosteniendo que la turista estaba buscando el maletín perdido. Sin embargo, la causa de muerte fue confirmada como un suicidio, y la tesis de la búsqueda quedó como un simple mito urbano.

Y es este mito, no la versión verídica, la base del guion de Kumiko, the Treasure Hunter, que parte (apropiadamente) con el mismo mensaje que aparece en Fargo, el cual es mostrado de manera borrosa, ya que proviene de una desgastada cinta de VHS. Tenemos, por lo tanto, una película que está basada en un mito urbano que deformó algo que ocurrió efectivamente pero en circunstancias distintas; mito que se inspiró a su vez en una cinta que afirmaba estar basada en hechos de la vida real, cuando la verdad es que todo había sido inventado por los guionistas. Se trata de un interesante mensaje acerca de lo que consideramos cierto o falso, y la relación que existe entre el arte y el mundo real.

Que el destino de Kumiko sea el continente americano no es casualidad, ya que es un lugar con una poderosa carga simbólica. La protagonista se compara a sí misma con los conquistadores españoles que exploraron el Nuevo Mundo guiados por la promesa de grandes riquezas escondidas en el territorio. Los tesoros en cuestión no solo son materiales, sino que tienen un significado más profundo; representan la posibilidad de empezar de nuevo, entregando un horizonte amplio a partir del cual se puede construir. Estados Unidos, país apodado “la tierra de las oportunidades” gracias a la noción del sueño americano, parece el lugar perfecto para que este personaje escape de su trabajo monótono y de la agobiante presión de su madre. Por primera vez en su vida Kumiko está haciendo algo que la apasiona, tomando sus propias decisiones.

Esta noción de la página en blanco es representada además de manera visual, gracias al trabajo del director de fotografía Sean Porter. Siguiendo la labor que hizo Roger Deakins en la película de los hermanos Coen, Porter captura la atmósfera gélida del territorio donde está ambientada la historia, destacando sobre todo a la omnipresente nieve que rodea a los personajes en cada escena. Y con un adecuado diseño de vestuario que hace que la protagonista resalte en este fondo monocromático, la cinta es capaz de transmitir otro de sus grandes temas: la soledad. No cualquier persona se obsesionaría como lo hace el personaje principal con una película que está supuestamente basada en hechos reales. Solo alguien que está en un punto de no retorno, sin el adecuado soporte de amigos o familiares, optaría por un plan tan drástico como el de ella.

Aunque hay algunos destellos de humor de vez en cuando, el tono predominante en la cinta es la melancolía, ya que como espectadores sabemos que la misión de Kumiko está destinada al fracaso. No solo porque la búsqueda se basa en una obra de ficción, sino también por los pocos puntos de referencia que tiene a su disposición, lo que hace que encontrar el maletín resulte prácticamente imposible, aún en el caso de que realmente exista ese dinero. El cambio que se produce en la apreciación del lugar donde está ambientada la película, pasando de un destino prometedor a uno hostil y peligroso, resulta efectivo. La actriz Rinko Kikuchi hace un buen trabajo interpretando a la protagonista y expresando lo que está sintiendo a lo largo de este viaje.

Hay ocasiones en las que el ritmo pausado de la cinta se nota más de la cuenta, haciendo que el relato se demore en avanzar, pero por lo general la narración no se estanca. Además, lo más importante no es tanto lo que va ocurriendo con la trama, sino que con la protagonista. En este sentido, el desenlace de la película posee un particular sabor agridulce, pero que es coherente con el tono que busca transmitir su director.

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