Mission: Impossible – Rogue Nation (2015)

Mission_Impossible_Rogue_Nation_posterEsta película tiene todos los lugares comunes que han caracterizado a la franquicia de Mission: Impossible. Entre ellos se encuentran las peligrosas secuencias de acción que el actor Tom Cruise realiza por sí mismo, sin la ayuda de un doble de acrobacias, que en esta ocasión consiste en una escena donde está agarrado a un avión que está en pleno despegue. El momento ha sido el foco de la campaña publicitaria de la cinta, apareciendo en los afiches y en los tráilers para que los fanáticos de las entregas anteriores sepan que sus expectativas van a ser satisfechas. Es tan así que la secuencia ocurre durante los primeros minutos del metraje, en una secuencia donde no necesitamos saber exactamente lo que está ocurriendo, ya que basta con ver al actor corriendo hacia el avión para tener claro que algo espectacular va a pasar.

Los méritos de una saga cinematográfica que tiene casi veinte años, cinco películas, y un nivel de calidad tan regular (salvo por la segunda entrega) no dejan de sorprender. A diferencia de franquicias como Alien, Terminator o Die Hard, cuyas primeras partes son íconos de sus respectivos géneros, pero que con el paso de los años fueron decayendo, la protagonizada por Cruise ha sabido mantener la magia e incluso ha llegado a perfeccionarla. La clave se encuentra en conservar los elementos que resultan familiares para los espectadores, cuidando de no caer en lo repetitivo, al mismo tiempo que se van aumentando los riesgos a los que se enfrentan sus personajes, así como lo que está en juego, pero sin llegar al extremo de que las situaciones narradas resulten demasiado absurdas.

El nivel de familiaridad que la cinta demuestra con la saga a la que pertenece la lleva a un estado de autoconsciencia casi paródico, pero en el buen sentido de la palabra. El ejemplo más claro de esto es la escena donde los personajes planean una misión que tiene lugar bajo el agua, requiriendo que la persona que la haga deba aguantar su respiración durante a lo menos tres minutos. Se trata de algo bastante arriesgado, pero Benji, el personaje interpretado por Simon Pegg, no duda que el protagonista va a poder hacerlo sin problemas. Si algo nos han demostrado estas películas es que el término “imposible” solo forma parte de sus títulos, y no es un obstáculo que vaya a detener a Ethan Hunt. La respuesta de perplejidad del protagonista no solo es cómica, sino que le entregan una cuota de inseguridad que lo hace más cercano a los espectadores.

Hunt sigue siendo un agente con habilidades físicas y mentales impresionantes, pero al mismo tiempo podemos notar un desgaste que es bien recibido, ya que denotan que el paso de los años no es en vano. Ya sea en una pelea que ocurre tras bastidores en una ópera, donde se le ve superado por la fuerza de su rival, o en los minutos posteriores a una misión que casi le quita la vida, el protagonista demuestra que no es el mismo de antes. El hecho de que el personaje deba esforzarse por hacer todas estas cosas le entrega una mayor tensión al relato, pese a que sabemos que todo resultará de manera exitosa. Ahí se encuentra la gracia de saber contar una historia, ya que el resultado puede saberse de antemano, pero la forma en que se llega a él determinará si es emocionante o no. Todo depende de si se saber hacer de la manera correcta, y el director Christopher McQuarrie cuenta con el talento necesario para lograrlo.

Debido a esto, los desafíos que los personajes deberán superar son más complejos de lo habitual. Alan Hunley (Alec Baldwin), el director de la CIA, logra que el Congreso de Estados Unidos desmantele la IMF, la agencia donde Hunt y sus compañeros trabajan, ya que los métodos que utilizan son bastante cuestionables y los resultados no son del todo satisfactorios. El cierre del organismo permite que una organización criminal sumamente peligrosa conocida como El Sindicato adquiera más fuerza. Su líder es Solomon Lane (Sean Harris), un misántropo que cree en el cambio a como dé lugar, incluso a través del terrorismo. Para cumplir su objetivo ha reclutado a agentes especiales que han sido dados por muertos o perdidos, quienes poseen el entrenamiento suficiente para complicar a cualquiera que intente enfrentarlos. Dado que la CIA cree que este grupo es solo un invento, Hunt deberá intentar detenerlo desde la clandestinidad, con menos recursos y ayuda de los que está acostumbrado.

Como es común con esta franquicia, el desarrollo de la trama está lleno de agentes dobles, traiciones, usurpaciones de identidad y otro tipo de giros. Es difícil seguir con absoluta claridad todo lo que está ocurriendo, sobre todo por el ritmo ágil con el que avanzan sus más de dos horas de duración. La película se mueve como una máquina bien engrasada, con cada una de sus piezas en óptimo estado. Para no perderse en todo este embrollo, lo mejor es concentrarse en uno de sus elementos, es decir, en lo que hace Ethan Hunt. Puede que haya momentos donde no sepamos muy bien cuáles son los bandos en conflicto y a qué bando pertenece cada personaje, pero mientras sepamos qué está haciendo el protagonista tendremos un punto de referencia que nos sirve como guía.

Pero no todo consiste en repetir lo que ya habíamos visto en cintas anteriores. De todas las innovaciones que hace la película, la más destacable es la incorporación de la actriz sueca Rebecca Ferguson, quien interpreta a una agente llamada Isla Faust. El personaje es un verdadero enigma durante gran parte del metraje, ya que no sabemos cuáles son sus verdaderas intenciones. Durante una escena parece querer ayudar a Ethan Hunt, en otra busca ganarse la confianza del líder de El Sindicato, y en la siguiente opta por trabajar de forma independiente, sin aliado alguno. Igual de ambivalente resulta la manera en que es retratada, ya que la cinta es capaz de resaltar tanto su belleza como su peligrosidad en partes iguales.

De lo que no queda duda es que estamos ante una mujer que se encuentra en el mismo plano que el protagonista, y entre ambos existe una complicidad que el resto de los personajes parece no comprender. La relación entre ellos ni siquiera opta por incorporar esos típicos guiños romántico-eróticos que exige el género cuando dos personas de distinto sexo comparten un mínimo de química, bastando con una simple amistad que podría en el futuro pasar a ser algo más. De forma similar a Edge of Tomorrow (2014), donde Emily Blunt llegaba a elevarse por sobre Cruise en varias escenas, Ferguson hace lo propio en esta cinta. El mérito de las actrices es innegable, pero también hay que reconocer el rol de una estrella de la envergadura de Cruise, quien es capaz de dejar el ego de lado para compartir la pantalla con alguien más, de igual a igual.

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