The 33 (2015)

The_33_posterEs cierto, la película The 33 (Los 33) está basada en un hecho que ocurrió en Chile, específicamente en la región de Atacama. Se trata de un relato acerca de lo que vivió el grupo de mineros que quedó atrapado en una mina cerca de Copiapó el año 2010, y el rescate que ocurrió semanas después, el que fue cubierto por medios de comunicación de todo el mundo. Pero no hay que olvidar que estamos ante una obra hollywoodense, producida mayoritariamente con dinero estadounidense, y con un claro enfoque hacia el mercado norteamericano. Si somos conscientes de estos aspectos, vamos a ser capaces de otorgar algunas de las concesiones que este tipo de cinta exige de quienes vivimos en el país que está siendo retratado, ya que no todo lo mostrado resultará totalmente fiel a la realidad.

Hay que aceptar, por ejemplo, el hecho de que la película haya sido filmada en inglés, no en español, ya que el público estadounidense se muestra reacio a leer subtítulos. Se trata de una simple medida de adecuación que tiene fines comerciales, no artísticos. También resulta extraño ver a actores conocidos dando vida a personajes que viven en un entorno que resulta familiar para nuestra cultura, lo que crea una curiosa combinación. No todos los días vemos a una actriz de la trayectoria de Juliette Binoche vendiendo empanadas de “cheese, chicken, pino meat”. Para qué decir las risas que se escuchan en la sala de cine cuando vemos la escena ambientada en el Palacio de La Moneda, donde reconocemos a un particular personaje, el que nos parece vagamente familiar, lo suficiente para que produzca una reacción cómica. O la aparición de Don Francisco y Leonardo Farkas, quienes tienen unos breves cameos que transforman la experiencia de ver la película en algo casi surrealista (¿Irán a mantener la escena de Farkas cuando se estrene en Estados Unidos, o es solo un guiño para el público chileno? ¿Por qué Don Francisco aparece hablando español y no inglés?).

Debido al gran número de personajes que participan de esta historia, se debieron tomar medidas para centrar la atención solo en un puñado de ellos. El foco de la trama se encuentra principalmente en los mineros Mario Sepúlveda (Antonio Banderas), Luis Urzúa (Lou Diamond Phillips), Darío Segovia (Juan Pablo Raba) y Álex Vega (Mario Casas). El resto de los 33 queda reducido a unos roles concisos que son diferenciados entre sí a través de números, como “Miner #4”, prácticamente sin diálogos, mientras que otros más privilegiados ocupan papeles algo más visibles, aunque simplificados en arquetipos bastante superficiales: Édison Peña, el imitador de Elvis Presley; Yonni Barrios, el marido infiel; Mario Gómez, el minero que está a punto de jubilarse; José Henríquez, el guía espiritual; Carlos Mamani, el inmigrante boliviano.

La historia de los mineros y su rescate es conocida por la mayoría de las personas, así que hablar de spoilers o sorprenderse por lo que ocurre no es una opción. Por esto, la estrategia de la película consiste no tanto en transmitir la incertidumbre del desenlace y de si los personajes van a ser rescatados, sino que en narrar cómo ellos y sus familias vivieron esos angustiantes días. El relato va saltando entre la situación de los mineros, que deben racionar sus alimentos y tratar de mantener la calma, y la de sus familias que se encuentran en la superficie, las que arman un campamento para presionar a las autoridades y demostrar que no han perdido la esperanza. El desarrollo de la trama continúa de la misma manera que ya conocemos, con los intentos infructuosos del equipo de rescate, el primer contacto con los sobrevivientes, los preparativos técnicos para extraerlos y finalmente el rescate.

El trabajo de la directora mexicana Patricia Riggen es correcto, sin mucho que destacar en términos artísticos. Salvo una escena donde los mineros tienen su “última cena”, en la que se juega con el subconsciente de los personajes, escapando del realismo del resto del relato, la película no presenta decisiones autorales demasiado evidentes, donde podamos ver una voz propia, característica. Lo que se muestra y la forma en que se muestra cumple con lo que se puede esperar de una cinta basada en una “inspiradora historia basada en hechos verídicos”. En un momento se llega incluso a ocupar el cliché del –a falta de un mejor nombre- momento de la iluminación. Consiste en una escena donde tras varios intentos que han resultado fallidos, en un momento de la trama donde todo parece perdido, uno de los personajes propone un plan que al principio resulta descabellado, pero que al final es lo que necesitaban para resolver el problema.

Si vamos a buscar el principal mérito de la película no hay que buscarlo en las sutilezas ni en su valor artístico. Lo mejor de The 33 está en su emocionalidad visceral, la que trasciende los diálogos de cartón y los lugares comunes. Ya sea en la vehemencia con la que los mineros se aferran a la posibilidad de sobrevivir, o el estoicismo con la que sus familias los esperan allá arriba, de vez en cuando esa carga emocional se transmite al espectador de manera efectiva. Es cosa de ver la interpretación que Cote de Pablo hace de la canción “Gracias a la vida” de Violeta Parra, o la fuerza sobrehumana con la que el personaje de Antonio Banderas intenta mantener a su grupo unido, lo que además nos entrega un vistazo a los numerosos problemas que los mineros debieron enfrentar en medio de su tragedia. Todo esto se encuentra complementado por la banda sonora del recientemente fallecido compositor James Horner, quien era capaz de estremecer con un par de notas musicales.

Uno de los aspectos más problemáticos de la película dice relación con la forma en que el rescate de los mineros fue utilizado con fines políticos hace cinco años y la posibilidad de que se haga lo mismo con esta cinta. De hecho, uno de los productores ejecutivos es Carlos Eugenio Lavín, empresario que fue formalizado en el caso Penta por financiar de manera ilegal campañas políticas ligadas a la derecha. Por eso, es razonable ver con suspicacia la forma en que la cinta retrata el actuar del gobierno y el rescate en sí, porque se puede caer en una burda propaganda. Sin embargo, en estos puntos hay más de alguna sorpresa. La primera de ellas es que el personaje de Sebastián Piñera es mostrado como un hombre oportunista, que solo está preocupado de cómo se verá afectada su popularidad dependiendo del éxito del rescate de los mineros. Su personaje ni siquiera es nombrado en la película, optándose por un genérico “President” para referirse a él, y el actor que lo encarna es Bob Gunton, quien es conocido por dar vida a personajes que producen nula empatía.

Quien sale mejor parado del equipo de gobierno es Laurence Golborne, no solo por estar interpretado por un actor con la apariencia del brasileño Rodrigo Santoro, sino también porque es él quien convence a Piñera de hacer todo lo necesario para salvar a los mineros. Pero no todo es positivo para el ministro de minería, ya que pese a demostrar una preocupación por las familias de las víctimas y un compromiso por rescatarlos con vida, también es mostrado como alguien inexperto que tiene más buenas intenciones que conocimientos sobre lo que está ocurriendo. Su contraparte es el ingeniero Andre Sougarret (Gabriel Byrne), quizás la figura más ensalzada del metraje; en su primera escena es incluso presentado a lo James Bond (“Sougarret. Andre Sougarret”). En vez de recurrir a la exaltación de un sector político determinado, la cinta opta por elogiar el trabajo técnico, ligado más a los números que a las consignas.

La película además se da el tiempo para criticar a los responsables del accidente, dejando en claro desde el primer minuto que estamos ante un caso muy particular, ya que en el mundo mueren aproximadamente 12.000 mineros al año. El rescate de los personajes, por lo tanto, es una excepción a una regla general que esconde una oscura verdad. Uno de los aspectos en el que se hace hincapié es en la difícil labor que realizan los mineros, debiendo cumplir las duras exigencias de una actividad tan lucrativa, pero sin las medidas de seguridad óptimas para un trabajo de ese tipo. Los dueños de la mina San José no solo demostraron tener una capacidad deficiente para lidiar con el accidente, sino que ni siquiera compensaron a los sobrevivientes. Sin llegar a ser una cinta de denuncia social, que vaya a cambiar de manera radical las condiciones de trabajo en la minería, The 33 cumple el modesto rol de servir como recordatorio de que esto ocurre muchas veces, y no solo acá.

Más allá de si nos parece una película buena o mala, no se puede negar que The 33 es un hito para Chile. Somos un país chico ubicado en un rincón de Sudamérica, sin muchos logros deportivos, artísticos o científicos, así que siempre es una sorpresa cuando el resto del mundo nos presta atención. Se ha convertido en una costumbre que nuestros noticieros nos muestren cómo los medios de comunicación extranjeros reaccionan ante algún suceso importante que ha ocurrido dentro de nuestras fronteras. Llegamos a sentir un singular orgullo cuando en una cinta gringa mencionan a Chile, e incluso hay un libro que recopila ese tipo de menciones (Chile en el cine, de Ascanio Cavallo y Antonio Martínez). Tenemos un ansia por saber cómo nos ven desde afuera, lo que explica el gran número de espectadores que ha tenido esta película en su primera semana.

Por eso, la cinta del rescate de los mineros puede asimilarse más a una experiencia colectiva que a otra cosa, sobre todo si se ve acompañado. Puede parecer extraño, pero verla en el cine, rodeado de personas que se emocionan cuando ven algo que reconocen en la pantalla, me hizo recordar lo que ocurrió cuando fui a ver Dragon Ball Z: La batalla de los dioses (2013). Aunque no nos conocemos, se crea entre los espectadores que están en la sala una sensación de comunidad, de estar unidos por algo que vivimos y que nos identifica. Esto crea algo especial, y al mismo tiempo irreproducible, ya que no ocurrirá cuando se estrene en Estados Unidos. Allá todo esto se evaluará con una mayor distancia, sin esa conexión que tenemos con la historia.

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