La isla mínima (2014)

La_isla_minima-posterEn la película española La isla mínima, que arrasó en los últimos premios Goya, seguimos a dos detectives, Juan Robles y Pedro Suárez (Javier Gutiérrez y Raúl Arévalo), que viajan desde Madrid a un apartado pueblo ubicado en el sur del país ibérico. Se trata de un lugar que se encuentra lejos de las grandes ciudades, en una zona donde las expectativas económicas se reducen con cada año que pasa. El caso que deben investigar es la desaparición de dos adolescentes de 17 y 16 años de edad, quienes según los habitantes del pueblo tenían planes para buscar mejores condiciones de vida fuera de ese territorio. Sin embargo, el hallazgo de sus cadáveres, los que presentan señales de una brutal violencia, apunta a un siniestro crimen que parece extenderse a los lugares más oscuros de la sociedad.

Ambientada en la región de Andalucía, específicamente en las marismas del río Guadalquivir, unos territorios húmedos similares a los pantanos, la cinta parte con unas imágenes aéreas que nos muestran los múltiples brazos del río y su interacción con el terreno. Los colores que se van formando, y la manera en que estos cuerpos de agua se dividen y reptan por el territorio, le otorgan a los planos una apariencia anatómica, como si se tratase de venas o de pliegues de un cerebro. El potente valor simbólico de estos primeros minutos nos adelanta la importancia que tendrá el territorio dentro de la historia. Lo que nos dice esta introducción es que el paisaje está vivo, y que algo se esconde dentro de él, de manera subterránea. Durante su investigación, uno de los factores que deben considerar los protagonistas es la zona donde se encuentran, la que alcanza la misma importancia que las personas que la habitan.

En un thriller de este tipo, la construcción de una atmósfera es fundamental, y el cineasta Alberto Rodríguez cumple el desafío con creces. Hay un especial atractivo en estos lugares perdidos en medio de la nada, donde las cosas funcionan de manera distinta a las grandes urbes, lo que ayuda a aumentar la intriga y la sensación de que no todo es lo que parece. Con la ayuda del director de fotografía Alex Catalán, la cinta trata de emular las imágenes del sur de Estados Unidos, un territorio enigmático cuyo paisaje ha sido aprovechado por varios directores. Existe un cierto parentesco con la obra de Jeff Nichols, responsable de películas como Shotgun Stories (2007) y Mud (2012), y también con lo que Nic Pizzolatto hizo en la primera temporada de la serie True Detective.

Otro aspecto esencial en La isla mínima es la época en la que se encuentra ambientada su historia. Ubicado en plena transición, el año 1980 fue bastante complejo para España. Francisco Franco llevaba algunos años muerto, pero los vestigios de su gobierno todavía estaban presentes en el país. La incertidumbre política y económica del tiempo se tradujo en una tensión que es aprovechada por la cinta para crear un ambiente inquietante, que se extiende a lo largo del metraje. La dicotomía que hay entre un régimen que va en retirada y una nueva forma de pensar que se está posicionando en el naciente panorama es traspasado incluso a los propios protagonistas, cada uno de los cuales representa una de estas posiciones.

Es complejo incluir un trasfondo político a una historia ficticia, ya que se puede llegar al extremo de que el contexto real llegue a eclipsar a la trama y a los personajes inventados. Afortunadamente, en La isla mínima se alcanza el equilibrio preciso, haciendo que la visión acerca de la transición española actúe como complemento de lo que se está contando, y no se transforme en una distracción artificial. Además, le da una identidad propia a la cinta, que la diferencia de trabajos creados en otros países. Es una declaración que le informa al espectador que la película fue hecha en España, pensando en su historia, y eso la destaca de thrillers creados en Estados Unidos y en el resto del mundo.

Como se trata de una obra de género, perteneciente al cine policial, hay ciertos lugares comunes que se van cumpliendo, como la presencia de una pareja de detectives, la investigación de un caso, la manera en que los crímenes investigados afectan emocionalmente a los protagonistas, y la forma en que todos estos elementos se vinculan entre sí. Respecto de ese punto no hay mayores innovaciones, ya que se sigue la tradición moderna de este tipo de trabajos, la que abarca desde Se7en (1995) de David Fincher hasta Prisoners (2013) de Denis Villeneuve, pasando por Salinui chueok (Memories of Muder; 2003) de Bong Joon-ho y El secreto de sus ojos (2009) de Juan José Campanella. Las virtudes de la película de Rodríguez no dicen relación con el factor de lo novedoso, sino que con hacer bien algo ya conocido: cómo se presenta la premisa, cómo se desenvuelve la intriga, y cómo se realiza el desenlace, lo que no es nada fácil.

Uno de los aspectos que el director tenía a su favor era un talentoso elenco encabezado por Javier Gutiérrez y Raúl Arévalo. El guion nos entrega pocos detalles acerca del pasado de los protagonistas, pero gracias al trabajo de sus actores se logra transmitir una importante cuota de credibilidad y sustancia. Quizás no sabemos mucho acerca de lo que hicieron antes de que comenzara la película, pero a través de sus interpretaciones somos capaces de inferir algunas cosas. Otra de las actuaciones a destacar es la de Nerea Barros como la madre de las víctimas, quien a través de su mirada es capaz de comunicar el peligro oculto que acecha a los detectives.

La combinación de todos los elementos señalados hace de La isla mínima un buen exponente de géneros como el thriller y el policial. Cuando uno termina de verla sabe que está ante algo especial, que no debe envidiarle nada a las películas de Estados Unidos, y que con el tiempo se convertirá en un ícono del cine de habla hispana.

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2 pensamientos en “La isla mínima (2014)

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