Southpaw (2015)

Southpaw_posterEs conocida la estrategia de Hollywood al momento de narrar películas que giran en torno al boxeo. Como se trata de un deporte tan violento, se aprovecha de hacer un paralelo entre la actividad profesional de los protagonistas y sus vidas personales, transformando los golpes que reciben en el ring en un símbolo de las dificultades que deben enfrentar en el día a día. Sus personajes son seres quebrados, imperfectos, que ven en este deporte una manera de hacer lo que les gusta y salir adelante. Así se puede notar en clásicos del género como Raging Bull (1980) o Rocky (1976), y en ejemplos más contemporáneos como Million Dollar Baby (2004) y The Fighter (2010). La fórmula es utilizada incluso en cintas que tratan sobre otras actividades con una cuota similar de brutalidad, como la lucha libre en The Wrestler (2008) y las artes marciales mixtas en Warrior (2011).

La película Southpaw (Revancha) pertenece al grupo recién descrito, alimentándose de varios lugares comunes que hemos visto hasta el cansancio, pero posee ciertos elementos que le otorgan un mayor interés. Uno de esos aspectos es la presencia de Antoine Fuqua, un director que sin pertenecer a la categoría de los cineastas “autores”, ha ido forjando una modesta carrera gracias a sólidas películas de acción. Pero el gran atractivo de la cinta es el actor Jake Gyllenhaal, quien se ha ido posicionando como uno de los mejores intérpretes de su generación. El compromiso que adquiere con cada rol queda demostrado de forma clara en este caso, ya que entrenó de manera incansable durante meses para alcanzar no solo la apariencia de un boxeador sino también una técnica de combate que resultara creíble en la pantalla.

Gyllenhaal interpreta a Billy Hope, un exitoso boxeador que es campeón mundial dentro de su categoría. El estilo de lucha del protagonista se basa en una brutal ofensiva, la que va preparando a medida que recibe los golpes de sus rivales, explotando en los últimos rounds. Tras pasar una dura infancia en un orfanato, la vida de Billy mejoró al descubrir el boxeo, acumulando una importante fortuna para él, su esposa Maureen (Rachel McAdams) y su hija Leila (Oona Laurence). Sin embargo, y pese a los lujos que pueden permitirse, Maureen está preocupada por la salud de su marido debido al castigo físico que recibe en cada pelea. Billy, en cambio, ve esto como un sacrificio necesario para mantener a su familia.

La situación del protagonista sufre un repentino cambio tras un confuso incidente donde su esposa recibe un disparo y muere. De repente, la buena vida que tenía Billy comienza a desmoronarse de manera irremediable, a una velocidad que no le permite reaccionar. El impacto emocional de la pérdida baja su rendimiento dentro del ring, lo que provoca que pierda su título; durante una de las peleas pierde el control y golpea al árbitro, por lo que le quitan su licencia de boxeo; su representante Jordan Mains (50 Cent) y el resto de su equipo lo dejan de lado para trabajar con otro boxeador; sus problemas económicos llegan a tal nivel que pierde su mansión y todos sus bienes; e incluso pierde la custodia de su hija debido a su comportamiento errático, quedando Leila bajo el cuidado de una institución del estado. El protagonista deberá ponerse de pie y luchar para recuperar lo perdido, por lo que se contacta con un entrenador llamado Tick Wills (Forest Whitaker) para que lo ayude a volver al cuadrilátero.

Si la descripción de esta espiral descendente que sufre Billy Hope resulta demasiado trágica para ser creíble, el guion de Kurt Sutter no hace un mejor trabajo para corregir este problema. El melodrama presente en Southpaw es de tal envergadura que nuestra suspensión de la incredulidad se ve constantemente desafiada. El número de desgracias que puede experimentar un personaje durante un determinado periodo de tiempo es limitado, y cuando se cruza ese límite que el sentido común establece, llegamos al terreno de lo ilógico. La forma en que la película va contando estos sucesos, y el ritmo al que ocurren, hace que seamos testigos de las costuras narrativas presentes en el relato, evitando así que nos sumerjamos en su historia. El nivel alcanzado llega incluso hacia lo absurdo con un hecho que es contado durante el último tercio de la película, el que no voy a rebelar para evitar spoilers, pero que es fácil de identificar cuando vemos la cinta.

A esto se suman los lugares comunes y los clichés que están presentes en otras películas sobre boxeo, incluido el entrenador viejo y sabio que no solo ayuda al protagonista a ponerse en forma, sino que lo aconseja sobre cómo afrontar la vida. También están los montajes de entrenamiento, el inevitable enfrentamiento entre el underdog y el luchador más aventajado, y el valor simbólico de la pelea final, que tiene por objetivo redimir al personaje principal. De esta manera, la cinta transita por un camino predecible, donde las sorpresas son escasas y el desenlace resulta demasiado familiar. Elementos como los señalados pueden ser pasados por alto si los personajes resultan interesantes, ya que de esa manera nos preocupamos por lo que les ocurre y cómo resultará todo para ellos, pero en esta película no se alcanza una conexión tan fuerte con el espectador.

No obstante, y pese a que el guion es deficiente, hay otros aspectos que salvan a esta cinta de ser algo desechable. Debido a su conocimiento sobre el boxeo, el director Antoine Fuqua es capaz de crear unas intensas secuencias de pelea, a través de diversas técnicas cinematográficas. Los enfrentamientos parten de forma bastante convencional, a través de planos medios y pocos cortes, pero a medida que la intensidad del relato aumenta, las escenas se vuelven más frenéticas. Hacia el final de la película se opta por un mayor número de primeros planos, ángulos de cámara poco ortodoxos, variaciones en la velocidad de la imagen a través del uso de cámara lenta, e incluso la utilización de cámara subjetiva, permitiendo que la audiencia pase a ocupar el lugar del protagonista dentro del ring. Gracias a esto se logra transmitir de manera efectiva la ferocidad de un deporte como el boxeo.

Hay una sensación bastante física o palpable que se extiende a lo largo del relato. El sudor y la sangre que surgen durante las peleas, las heridas y moretones que quedan al día siguiente, todo eso resulta creíble. De manera coherente con esto, la actuación de Jake Gyllenhaal se basa en lo corporal, en algo primitivo incluso. Durante las escenas que tienen lugar dentro del cuadrilátero vemos su lado más salvaje, el que poco a poco irá sofisticándose una vez que conoce a Tick Wills, quien le enseña a dejar de lado la brutalidad y optar por su lado más racional. Esta transformación también se producirá en su día a día, algo necesario para poder recuperar la custodia de su hija y la dirección de su propia vida.

La actuación de Gyllenhaal es el gran mérito de una cinta que sin él habría quedado en el olvido. Sin embargo, hay que dejar en claro que no estamos ante una obra que sea más que algo simplemente rescatable. Probablemente quienes la disfruten más serán esas personas que no han visto muchas películas sobre boxeo, ya que para el resto resultará algo repetido, que no está a la altura de las mejores cintas de ese género. Existe un claro problema cuando el principal requisito para encontrar buena una película es que el espectador tenga un conocimiento rudimentario sobre el cine.

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