Fantastic Four (2015)

Fantastic_Four_2015_posterA pesar de haber sido el grupo de superhéroes que inició el éxito de la editorial Marvel, convirtiéndose en una de las principales figuras de la llamada “edad de plata de los cómics”, los Cuatro Fantásticos no han podido tener un salto satisfactorio al cine. Las películas protagonizadas por estos personajes parecen obedecer más a los esfuerzos de las compañías productoras por aferrarse a los derechos de autor sobre el material que al deseo de contar una buena historia. Debido a esto, en el espacio de tres décadas hemos sido testigos de tres versiones cinematográficas de los personajes, primero en 1994, con una cinta producida por Roger Corman que ni siquiera fue estrenada en cines, luego en 2005 con una película dirigida por Tim Story, la que llegó a generar una segunda parte dos años después, y ahora con una película a cargo del director Josh Trank.

Un aspecto que caracteriza a las historias que los Cuatro Fantásticos han tenido en los cómics es el fuerte vínculo que tienen con la ciencia. Creados durante los años 60, cuando la carrera espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética estaba en su apogeo, los personajes fueron influidos por las posibilidades que entregaban los avances tecnológicos de aquella época y cómo estos podrían llevar al ser humano a lugares insospechados. Los personajes, entonces, se transformaron en una especie de exploradores, enfrentándose a todo tipo de enemigos, incluidos algunos de origen cósmico. Este espíritu aventurero se ve reflejado en la primera mitad de la película, donde conocemos a Reed Richards (Miles Teller), un brillante joven que sueña con ser la primera persona en construir una máquina de teletransportación. Los avances que logró en la escuela junto a su amigo Ben Grimm (Jamie Bell) llaman la atención de Franklin Storm (Reg E. Cathey), miembro de la fundación Baxter.

La institución es un lugar donde jóvenes de gran inteligencia trabajan juntos para lograr importantes avances científicos, y Richards es seleccionado para continuar sus investigaciones allí, con un mayor presupuesto y equipo. Con la ayuda de los hijos de Storm, Sue (Kate Mara) y Johnny (Michael B. Jordan), y un científico tan inteligente como nihilista llamado Victor Von Doom (Toby Kebbell), el protagonista logra crear una máquina capaz de transportar a seres vivos a otra dimensión. Los jóvenes están contentos por el éxito alcanzado, pero temen que la gloria de ser los primeros humanos en viajar en la máquina recaiga en personas que no trabajaron en su creación, así que deciden probarla ellos mismos. Durante el viaje las cosas se salen de control, y además de dejar atrás a Victor Von Doom pensando que estaba muerto, los personajes son expuestos a una radiación que les otorga extraños poderes.

A partir de este momento la cinta realiza un giro que la separa de lo que habitualmente estamos acostumbrados a ver en el cine de superhéroes. Las habilidades que adquieren no son mostradas con el atractivo que se utiliza en otras películas, sino que se opta por un camino más oscuro. Al no poder controlar estos poderes en un comienzo, los personajes experimentan más una tortura que una bendición, casi como si estuviésemos en una cinta de terror. El propio director ha reconocido la influencia que el cineasta canadiense David Cronenberg tuvo sobre esta decisión, quien en trabajos como The Fly (1986) mostró el lado más siniestro de la exploración científica, a través de unas perturbadoras transformaciones físicas. Tratando de emular esos momentos, las inquietantes imágenes que vemos una vez que los protagonistas regresan a la Tierra logran entregar una potente impresión.

Sin embargo, durante su último tercio la cinta regresa al camino más convencional de este género, lo que demuestra un choque de visiones que evita un resultado uniforme. Por un lado se encuentran las ganas de Trank de realizar algo distinto, mientras que en la otra vereda están los deseos del estudio por seguir una fórmula ya probada. Todo esto crea una película que parece incompleta, en la que no existe una dirección clara. En los trailers, por ejemplo, hay varias secuencias que fueron omitidas en el producto final, y en algunas escenas podemos determinar claramente que fueron filmadas después de que terminó el rodaje original, ya que la actriz Kate Mara ocupa una peluca cómicamente falsa.

La película tampoco es capaz de transmitir la esencia de sus personajes. Los Cuatro Fantásticos son, antes que todo, una familia, así que es fundamental la manera en que sus personalidades son expresadas y la forma en que interactúan entre ellos. Salvo los primeros minutos, donde vemos la relación que existe entre Reed y Ben, el resto de la cinta avanza de manera apresurada, privilegiando los diálogos expositivos por sobre el desarrollo de los personajes. A pesar de que Sue y Johnny son hermanos, los personajes solo comparten un par de minutos en pantalla, y las interacciones entre Reed y Sue –quienes están casados en los cómics- son demasiado superficiales para hablar de un romance o si quiera de química entre ambos. Las motivaciones del villano son tratadas con la misma falta de dedicación, y las consecuencias emocionales del cambio físico que sufren los personajes solo son demostradas por Ben Grimm en unas escuetas escenas.

Esto es preocupante si pensamos que el anterior trabajo del director Josh Trank fue Chronicle (2012), una película que también narraba cómo un grupo de jóvenes adquirían poderes sobrehumanos. La gracia de aquella cinta es la manera en que aborda esta premisa a través de las relaciones de sus personajes y cómo cada uno decide usar esas habilidades. Se extraña ese tipo de sustancia en este nuevo proyecto, ya que sabemos que es capaz de hacerlo. Ahora, en cambio, nos debemos conformar con personajes que apenas tienen rasgos de personalidad que los diferencian entre si.

Incluso el espíritu aventurero de la historia, que había sido instalado durante el primer tercio del metraje, se va debilitando a medida que los minutos pasan. La gran mayoría de las escenas están ambientadas en espacios cerrados, ya sean laboratorios o recintos militares, lo que da como resultado un aspecto visual apagado, poco llamativo. A esto se suma una serie de referencias forzadas a elementos icónicos de estos personajes, como el origen de la frase “it’s clobbering time!” o Sue Storm llamando “Dr. Doom” de manera irónica a Victor en una especie de torpe foreshadowing. Salvo la breve aparición de una flor de fuego (de las que aparecen en los videojuegos de Super Mario Bros) en el auto de Johnny, estos guiños no cumplen su cometido ya que pecan de poco ingeniosos.

Sin una historia o personajes lo suficientemente interesantes para captar la atención de los espectadores, el aspecto más interesante de Fantastic Four ha sido su problemática producción, especialmente los conflictos del director con las personas involucradas en el proyecto. Si la película hubiese sido buena, esos elementos habrían pasado a un segundo plano. Se habrían convertido en simples anécdotas de la producción, como ocurrió con las dificultades que rodearon a Jaws (1975) o a Apocalypse Now (1979). Pero a diferencia de esos casos, la controversia se convirtió en lo único rescatable de esta película. Así y todo, hay que aclarar que no se trata de un completo desastre, ya que hay algunas cosas rescatables. Sin embargo, en caso de haber sido más mala –como Catwoman (2004), por ejemplo- al menos habría sido más entretenida de lo que terminó siendo.

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