El Clan (2015)

El_Clan-posterDe vez en cuando, los thrillers utilizan el contexto político de una determinada época para crear un paralelo con los crímenes narrados. En la cinta española La isla mínima (2014), por ejemplo, el franquismo ocupa un lugar de suma importancia como telón de fondo para todo lo que les ocurre a sus protagonistas. La situación del país es una presencia insoslayable de los horrores que descubren durante el metraje. Este tipo de estrategia es llevada un paso más allá en la película argentina El Clan, de Pablo Trapero, donde los crímenes no solo son retratados como síntomas de una sociedad corrompida, sino que es el propio ambiente político el que tiene un rol fundamental al momento de gestar esas conductas y de permitir su impunidad.

Basada en hechos reales, la película es protagonizada por Arquímedes Puccio (Guillermo Francella), el patriarca de una familia que vive en San Isidro, Buenos Aires. La historia está ambientada a comienzos de los años 80, cuando el país se encontraba bajo una dictadura cívico-militar, teniendo Arquímedes fuertes lazos con las personas en el poder. Sin embargo, el inminente fin del gobierno enfrenta al protagonista a la necesidad de buscar otra actividad económica, decidiendo formar un grupo delictual dedicado al secuestro y extorsión de familias adineradas. Su manera de actuar es extremadamente violenta, y en la mayoría de los casos las víctimas son asesinadas pese a que la recompensa ha sido pagada. En sus crímenes, Arquímedes es ayudado por su propia familia, incluido su hijo mayor Alejandro (Peter Lanzani), un prometedor jugador de rugby, quien se debate entre continuar con las actividades de su padre o iniciar una vida propia.

A lo largo de la película podemos ver menciones a la situación política que vivía Argentina durante aquella época. Los primeros minutos corresponden a imágenes de archivo del presidente Raúl Alfonsín, el político radical que asumió el mando del país una vez terminada la dictadura. En su discurso hace referencia a los crímenes cometidos durante los años previos, señalando que no se deben repetir. Pero los secuestros realizados por la familia Puccio son una muestra de que estas palabras no serían fáciles de cumplir. Pese a la vuelta de la democracia, los elementos más oscuros de su historia todavía estaban presentes en la sociedad. Y lo escabroso de los hechos narrados en la cinta, además de los delitos en sí, es que todo parecía indicar que Arquímedes Puccio planeaba seguir cometiéndolos durante mucho tiempo más, llegando a remodelar su casa especialmente para ese fin.

Pese a ser el protagonista, no es mucho lo que descubrimos de Arquímedes Puccio y de lo que piensa. Sabemos que su conducta está inspirada por un objetivo económico, y en una escena saca a relucir una rabia contra los sectores más adinerados de la sociedad, pero nada se explica acerca de la crueldad con la que realiza sus acciones. Salvo unas referencias vagas a su pasado político, ese lado del personaje es mantenido en penumbras, como si estuviésemos ante una encarnación pura del mal que escapa de cualquier intento de racionalización. El punto más cercano que tenemos como espectadores es la figura de su hijo, Alejandro, quien si bien participa de estos crímenes aún conserva la capacidad para sentir remordimiento. Es su perspectiva el principal punto de apoyo que tiene la audiencia, logrando generar una necesaria cuota de empatía.

El conflicto presentado por la cinta es un choque entre predestinación y libre albedrío. Es decir, si Alejandro será capaz de alejarse de la conducta de su padre o si el vínculo familiar que tiene con él lo condenará a seguir sus pasos. Esto también se puede ver en el resto de sus familiares, algunos de los cuales optan por colaborar con los secuestros, mientras que otros deciden irse del país, y quienes no pueden optar por ninguna de esas opciones se limitan a sufrir en silencio. Trapero transmite la tensión que existe en la relación de Alejandro y su padre a través de una atmósfera opresiva, claustrofóbica. El director incluso se da el tiempo para lograr unos momentos más vistosos, como un plano secuencia que conecta la vida familiar aparentemente normal de los Puccio con la actividad ilegal que desarrollan, acentuando cómo la barrera entre ambos mundos resulta imperceptible.

Llama la atención la forma en que la cinta ocupa canciones pop para musicalizar ciertas escenas, lo que demuestra una clara influencia de la obra de Martin Scorsese. Sin embargo, este tipo de técnica no siempre funciona con la historia que está siendo narrada, ya que no se logra la complementación que el director estadounidense logró en películas como Goodfellas (1990) o Casino (1995). En El Clan, el contraste entre la crudeza de los hechos narrados y el carácter lúdico de la música impide una armonía entre los dos estados de ánimo, algo que ni siquiera la buena calidad de los temas escogidos puede arreglar. La mejor utilización de este tipo de música ocurre al final del metraje, donde “Sunny Afternoon” de The Kinks se transforma en el acompañamiento perfecto para una secuencia que refleja una efectiva cuota de desconcierto y siniestra ironía.

Esa escena sirve además para condensar uno de los principales temas de la cinta: la culpa. Tanto en la forma en que es asignada (¿es la colaboración pasiva de la familia de Arquímedes lo suficientemente grave como para ser sancionada?) como la manera en que los responsables asumen sus consecuencias (negando cualquier tipo de responsabilidad o recurriendo a una actitud autodestructiva), la culpa cuelga sobre los personajes a lo largo de toda la cinta, y es en sus últimos minutos donde alcanza un punto culminante. Si la trama no estuviese basada en hechos reales, más de alguno la habría acusado de inverosímil, pero a veces la realidad nos entrega casos tan particulares como el narrado.

El golpe que se logra al final de la película, no solo con las imágenes sino también con el texto que nos indica lo que ocurrió posteriormente con los involucrados, es suficientemente fuerte para dejarnos pasmados, creando una marca que no se borrará fácilmente de nuestras cabezas. La mejor manera de terminar una película es con una impresión de ese calibre.

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Un pensamiento en “El Clan (2015)

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