Paper Towns (2015)

Paper_Towns-posterSi hay algo que reconocerle a John Green, es que se trata de un autor que tiene algo que decir. Es común ver en sus obras guiños al mundo de la literatura, la música, el cine o la historia, lo que coincide con la faceta de educador que ha ido cultivando a lo largo de los años. Al ver la película Paper Towns (Ciudades de papel), la segunda adaptación cinematográfica de uno de sus libros, es casi seguro que uno terminará aprendiendo algo que desconocía; incluso su título contribuye a esto, ya que se trata de un término que hace referencia a las ciudades ficticias que los cartógrafos añaden a sus mapas para saber si alguien ha plagiado su trabajo. Las obras de Green poseen además reflexiones o tocan ciertos temas más profundos, lo que impide tratarlas de meros productos superficiales.

Sus esfuerzos por transmitir ideas a través de sus trabajos vuelven a relucir en esta película, donde emprende la compleja tarea de explorar lo que entendemos por amor, la manera en que vemos a las demás personas y cómo identificar lo realmente importante en nuestras vidas. Sin embargo, las buenas intenciones no son suficientes para sostener una obra, ya que en el arte el contenido no es lo único que importa. La forma en que es presentado también es relevante, y es precisamente en ese punto donde los trabajos del autor no terminan de convencer. Por cada reflexión certera hay un traspié que transforma a sus historias en algo irregular, un problema que se puede ver tanto en The Fault in Our Stars (2014), que narra el romance de dos adolescentes que padecen enfermedades terminales, como en esta nueva adaptación.

La película es protagonizada por Quentin “Q” Jacobsen (Nat Wolff), un joven que está en su último año de la escuela secundaria. Al comienzo de la cinta, Q explica cómo cada persona tiene un “milagro” durante sus vidas, es decir, el beneficio de que algo improbablemente bueno les ocurra, como ganarse la lotería. En el caso del protagonista, su milagro consistió en que la familia de Margo Roth Spiegelman (Cara Delevingne) se mudara justo al frente de su casa, permitiendo así que ambos pudieran conocerse y convertirse en amigos. Sin embargo, con el paso de los años la amistad entre los personajes se fue debilitando, y en la actualidad ya ni siquiera se hablan. La situación cambia una noche cuando Margo entra a la habitación de Q y lo convence de acompañarlo en una serie de venganzas contra su exnovio y sus amigas, prometiéndole que será de una de las mejores noches de su vida.

Esta breve aventura se convierte efectivamente en algo bastante memorable para Q, y lo mejor es que le permite pasar tiempo con Margo, de quien está enamorado. Hacia el final de la noche, la joven llega incluso a mostrarle su lado más oculto y melancólico, revelando sus deseos de lograr algo más significativo con su vida, ojalá lejos de esa ciudad. Aunque la relación entre ambos personajes parece haber mejorado, la joven desaparece al día siguiente, impidiendo que algo más ocurra entre ambos. Ni su familia ni sus compañeros de la escuela saben dónde está Margo, pero el protagonista encuentra algunas pistas que parecen indicar su ubicación, así que decide ir junto a sus dos mejores amigos, Ben (Austin Abrams) y Radar (Justice Smith), a buscarla y decirle lo que siente por ella.

La manera en que es retratado el afecto que el protagonista siente por Margo se enmarca dentro de una tradición que se ha extendido durante varios años en el cine y la literatura. Estamos ante un joven sensible, cuya vida no tiene mayores sobresaltos, lo que cambia cuando conoce a una muchacha de espíritu libre que lo obliga a salir de su “zona de confort”, aprendiendo a disfrutar los detalles que le entrega la vida y a arriesgarse más. Se trata de una figura que en el cine ha sido bautizada como Manic Pixie Dream Girl, y en virtud de la cual el personaje femenino de la historia es mostrado como un ser simplemente funcional para el protagonista; la perfección que irradia la convierte en el objeto preciso para la adoración del personaje principal, pero su rol no se extiende a algo más que eso, careciendo prácticamente de autonomía.

El giro que hace Green en su libro, y que se encuentra también en esta película, es que subvierte el cliché y expone sus debilidades. La imagen que tiene el protagonista de Margo es una imagen idealizada, que reduce a una persona, con todas sus características, fortalezas y debilidades, a un simple concepto, a un objetivo que tiene que alcanzar. Lo que esta historia busca es mostrar que detrás de esta visión se encuentra alguien con sus propios sueños y deseos, los que no necesariamente van a coincidir con los de Q. El amor que uno siente por alguien no basta para que ese sentimiento sea correspondido, algo que muchas personas olvidan, sobre todo durante la juventud. Lo que Paper Towns intenta transmitir es que el amor es algo que se construye entre dos personas, y más de alguna vez nos vamos a encontrar con que el objeto de nuestro afecto no siente lo mismo que nosotros. Es una visión dura, es cierto, pero al mismo tiempo realista y madura. Aceptar que las demás personas son libres de escoger sus propios caminos es una noción básica del respeto.

No es la primera vez que una película explora estos temas. En Eternal Sunshine of the Spotless Mind (2004), por ejemplo, el personaje de Clementine rechaza explícitamente la idea de ser vista como el accesorio de alguien, de actuar al servicio de otra persona. Esta noción es tratada de manera más extrema en Ruby Sparks (2012), donde se utiliza la fantasía para crear potentes metáforas acerca del libre albedrío, el amor correspondido y la independencia. Los peligros de idealizar a alguien y de crear una relación sentimental en base a presunciones se encuentran también en la cinta (500) Days of Summer (2009), donde la perspectiva que tiene el protagonista tiene un rol fundamental. Paper Towns comparte elementos con todas estas obras, pero el resultado final no llega a ser tan convincente debido a la manera en que ejecuta sus ideas. Su mensaje resulta comprensible, y es muy valioso, pero sus defectos impiden que llegue al espectador con la fuerza que se busca.

El principal de sus problemas dice relación con la forma en que es presentado el personaje de Margo y cómo la intención de los autores no termina cumpliéndose. Esto me hizo recordar el caso de Into the Wild (2007), la película de Sean Penn que narra la historia de Chris McCandless, un joven que decidió ir a vivir a Alaska, lejos del resto de la civilización. Resulta evidente la reacción que quiere generar el director a través del personaje, retratándolo como una persona idealista, capaz de inspirar a otras personas, y para los fanáticos de la cinta el objetivo parece haber sido alcanzado, pero para otras personas –entre quienes me incluyo- la actitud del protagonista resulta pretenciosa, egoísta y excesivamente moralizante, lo que le resta fuerza a su mensaje.

Algo similar ocurre con Margo, quien es presentada a través de los ojos de Q, como una joven que es supuestamente fascinante y enigmática. Esto busca que entendamos la obsesión del protagonista y que su decisión de viajar cientos de kilómetros para encontrarla resulte entendible, pero este propósito no se cumple. Todos los elementos que buscan hacer del personaje algo único e interesante, como su amor por los vinilos, su manía de escribir sin guiarse por las reglas convencionales al momento de usar mayúsculas –ya que según ella es “injusto” para las demás letras-, o su interés por la cartografía, no la convierten en alguien atractivo, sino que acentúan el hecho de que estamos ante una simple cáscara vacía. La estrategia no solo evita que Margo resulte agradable, sino que además remarca sus falencias como personaje. La idea de Paper Towns es demostrar que las apariencias pueden engañar, y que no es bueno dejarse guiar por ellas, pero en el caso de la joven no hay nada que descubrir. Al correr la cortina no encontramos nada llamativo.

Desde un punto de vista técnico, la cinta se encuentra sobre la media. La fotografía de David Lanzenberg demuestra una mejor dedicación que la mayoría de películas sobre adolescentes que se estrenan cada año, mientras que el director Jake Schreier introduce algunos detalles sutiles que sirven para caracterizar a los personajes, como el hecho de que en las escenas ambientadas durante su infancia, Q use un casco para andar en bicicleta y Margo no, reflejando la personalidad de cada uno. O que en una escena ambientada en Halloween la joven esté disfrazada de una aviadora, lo que probablemente es un guiño a Amelia Earhart, quien desapareció en un viaje sobre el océano Pacífico, lo cual sirve como foreshadowing del posterior paradero desconocido de Margo.

Como la relación entre los personajes principales resulta menos interesante de lo esperado, terminan siendo los roles secundarios quienes pasan a ocupar un mayor foco de atención. De hecho, una de las mejores partes de la película es el viaje que Q emprende con sus amigos en busca de Margo, ya que la química entre los actores hace que la relación entre ellos resulte creíble. Se trata de uno de esos casos donde el propio trayecto es mucho mejor que el destino. El viaje además permite algunos momentos más serios entre ellos, como el temor que sienten los personajes de salir de la escuela y decirse adiós cuando vayan a estudiar a diferentes ciudades. Se produce un choque entre la necesidad de crecer y el miedo de perder los elementos positivos de la infancia, una idea que termina llegando de manera más efectiva que lo que se supone era el núcleo de la película.

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