The Walk (2015)

The_Walk-posterLa de The Walk (En la cuerda floja) es una de esas historias que si no estuviesen basadas en hechos reales, podrían ser criticadas de inverosímiles, de poco realistas. Pero lo que se cuenta en esta película dirigida por Robert Zemeckis realmente ocurrió. Aunque sea difícil de creer, en la mañana del 7 de agosto de 1974 un equilibrista francés llamado Philippe Petit cruzó un cable que estaba unido a las cornisas de las Torres Gemelas del World Trade Center en Nueva York, que con sus más de 100 pisos de altura se encontraban entre los edificios más altos del mundo en aquel entonces. Sin contar el ataque terrorista que las destruyó el año 2001, la hazaña de Petit puede ser considerada como el hecho más célebre que involucró a estos edificios, acaparando gran atención de los medios de comunicación.

La cinta narra, obviamente, los hechos ocurridos en 1974, pero además se extiende a otros aspectos relativos a la vida del protagonista. Se transporta, por ejemplo, algunos años hacia el pasado para mostrarnos cómo Philippe Petit (Joseph Gordon-Levitt) se interesó por el equilibrismo, y la manera en que pasó de convertirse en un simple artista callejero a realizar actos más grandes y arriesgados, como la ocasión en que cruzó un cable que unía las dos torres de la catedral de Notre Dame, en París. Tras decidir que su próximo desafío sería caminar entre las Torres Gemelas, Petit recibió las enseñanzas de Papá Rudy (Ben Kingsley), un equilibrista circense que le explicó los aspectos más importantes de la actividad. Además, debió formar un equipo de personas que lo ayudaran con su tarea: la cantante Annie (Charlotte Le Bon), el fotógrafo Jean-Louis (Clément Sibomy), el profesor de matemáticas Jeff (César Domboy), y los neoyorquinos Barry Greenhouse (Steve Valentine), J.P. (James Badge Dale), Albert (Ben Schwartz) y David (Benedict Samuel).

Si bien Petit se hizo conocido como equilibrista, la película destaca otras de sus facetas. El francés era además mimo, comediante y malabarista, actos que combinaba en sus presentaciones callejeras. Acorde con su personalidad ligada al arte y al entretenimiento, es el propio protagonista quien nos va narrando su historia, y lo hace de frente a la cámara, reconociendo la presencia de los espectadores. La decisión es coherente con el espíritu del personaje, y existen varias películas del pasado que han ocupado la técnica de manera memorable, pero cuesta que nos acostumbremos a la estrategia de The Walk. Y el hecho de que Petit nos hable parado en la antorcha de la Estatua de la Libertad no ayuda mucho, ya que nos entrega una imagen demasiado absurda, que impide que nos sumerjamos de lleno en el relato.

Esta película replica algunos de los problemas de Forrest Gump (1994), la cinta más premiada de Zemeckis, donde los esfuerzos por mostrar el mundo a través de una mirada inocente termina cayendo en la ingenuidad, la exaltación de la dulzura da lugar a lo empalagoso, y la búsqueda de lo asombroso resulta simplemente cursi. La manera en que es retratado el entorno del protagonista durante el primer tercio es difícil de soportar, dado que simplifica no solo los elementos culturales presentes en las escenas, sino también los rasgos personales de quienes aparecen en ellas, llegando al límite de lo infantil. Es imposible tomar en serio momentos como el de Petit yéndose enfadado de la casa de sus padres arriba de un monociclo. Además, que todo esto ocurra en París hace recordar los aspectos más deficientes de la atmósfera que Jean-Pierre Jeunet intentó crear en Le fabuleux destin d’Amélie Poulain (2001).

Una cosa es que el personaje principal de una historia no llame la atención, y otra es que resulte insoportable. Si el tono utilizado durante estos primeros minutos se hubiese extendido al resto del metraje, The Walk habría sido un completo horror, pero afortunadamente se opta por dejar el relato biográfico de Petit para centrarse en el proceso que llevó a cabo. Una vez que los personajes llegan a Nueva York, el foco se posa sobre el desafío de cumplir el sueño del equilibrista, y la cinta se convierte en una historia tipo Ocean’s Eleven (2001), donde se muestra la creación y ejecución de un intrincado plan, donde las piezas deben encajar de manera perfecta, todo lo cual debe hacerse en una carrera contra el reloj. Es en estas secuencias donde la historia agarra el impulso necesario, entregando un ritmo ágil y una creciente tensión que nos va preparando para su último tercio.

Como personaje, Philippe Petit no es muy interesante. Su carácter soñador lo convierten en algo casi irreal, y son contados los momentos donde esta imagen que proyecta al resto deja entrever algo más profundo, como la frustración que siente al ver por primera vez a las torres en vivo y en directo, o las dudas que surgen durante la noche previa a su hazaña. En vez de optar por una visión introspectiva del protagonista, adentrándonos en su mente para descubrir sus motivaciones, la cinta prefiere centrar su atención en lo que ocurre después de que toma una decisión, en los preparativos que realiza para intentar algo que se propuso. Se trata de algo bastante tangible, procedimental, pragmático. De manera similar, los personajes secundarios tampoco tienen un desarrollo que se extienda a cuestiones distintas al plan del protagonista, y los sentimientos que llegan a demostrar (preocupación, angustia, esperanza, felicidad) giran en torno al resultado de su hazaña.

Por eso, el momento central de la película ocurre durante su clímax, en una secuencia que le da significado al relato y que se transforma en el gran incentivo para verla en la pantalla grande. La historia de Philippe Petit ya había sido narrada antes, primero en una memoria que él mismo escribió, y en la que está basado este guion, y posteriormente en un documental titulado Man on Wire (2008), dirigido por James Marsh y ganador de un premio Óscar. Lo que diferencia a la película de Robert Zemeckis de esas obras es que no está sujeta a sus mismas limitaciones, ya que en vez de ocupar palabras o imágenes estáticas para representar el hecho, tiene a su disposición los avances tecnológicos necesarios para recrear la caminata del equilibrista de la manera más cercana a la realidad. No estamos ante métodos mejores para contar una historia, sino que distintos. Mientras en los primeros casos la imaginación tiene un rol central, en esta cinta son los sentidos.

La experiencia es además diferente ya que el equilibrismo ha sido apreciado históricamente desde una sola ubicación por la gran mayoría de las personas. Tanto en el circo como en los actos realizados por Petit, la audiencia se encuentra a ras del suelo, viendo todo desde abajo. Incluso en las fotografías que se tomaron desde las Torres Gemelas el punto de vista es ajeno al de la persona que está caminando sobre el cable, ya que no formamos parte de la acción. Esto es lo que Zemeckis busca cambiar en The Walk, filmando al protagonista desde diversos ángulos, incluidos algunos donde compartimos su propia perspectiva. El resultado es espectacular, lo que sumado a los riesgos que debe enfrentar el personaje, crean una experiencia vertiginosa. Incluso conociendo la historia de Petit, y pese a haber visto el documental de Marsh, no pude evitar sentir nervios durante todos estos minutos.

La gran pregunta que surge ante una hazaña como esta es “¿por qué?”, y la cinta decide dejarla sin respuesta. El mismo protagonista reconoce que no tiene una solución para esa interrogante, y que fue guiado por algo inexplicable. Este tipo de razonamiento puede ser extrapolado a otras manifestaciones artísticas, donde la visión del autor se encuentra expresada en sus obras, pero el origen de esta queda fuera de su comprensión. ¿Por qué un cineasta prefiere hacer un tipo de películas y otras no? ¿Qué lleva a un pintor a hacer un cuadro de una determinada manera, mientras que otro opta por un estilo distinto? Todas estas son cuestiones que no pueden ser explicadas en palabras, perteneciendo a un área más etérea del ser humano.

Esto no impide que podamos asignarle cierta carga simbólica a las obras en sí, lo que también se cumple en el caso de Philippe Petit. El hecho mismo de arriesgar su integridad física, caminando sobre un cable a miles de metros sobre el suelo, puede ser visto como un reflejo de la vida misma, de su fragilidad y de la incertidumbre a la que está expuesta. Hay además un carácter efímero en lo que hace el equilibrista, ya que si bien su acto puede ser registrado a través de fotografías o videos, la experiencia solo dura los minutos que esté allá arriba. Esta idea puede ser unida con la figura de las propias Torres Gemelas, cuya existencia finita las ha transformado en un recuerdo. Es imposible ver la película sin pensar en la destrucción de los edificios, y es algo que el director tiene en consideración, pero en vez de aludir al hecho de forma directa, opta por una solución más sutil y respetuosa (aunque exagera el rol que tuvo la acción de Petit en la apreciación que los neoyorquinos tuvieron de las torres).

Pese a las deficiencias en el desarrollo de sus personajes y en cómo presenta la historia, The Walk se redime gracias a unos potentes minutos finales. Como es habitual en las películas más recientes de Zemeckis, los efectos visuales y las herramientas tecnológicas se convierten en lo más destacado de la obra; es una lástima que el resto de los elementos no hayan estado a la altura.

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