Bridge of Spies (2015)

Bridge_of_Spies_posterDurante las más de cuatro décadas que duró la Guerra Fría, el número de víctimas fatales directas fue muy bajo en comparación a otros conflictos bélicos. Y es que en aquella guerra las armas a disposición de las partes no eran ocupadas para atacarse entre sí, sino que se mantenían al alcance de la mano, como una advertencia de lo que podría ocurrir. La destrucción que podían provocar las armas termonucleares era tan grande que lo que caracterizó a este conflicto fue un sentimiento de anticipación, de incertidumbre, creando una paranoia que se extendió a los diversos sectores de la sociedad. Debido a eso, la principal herramienta que tenían los bloques involucrados no eran las bombas ni las balas, sino que la información, algo que es retratado en Bridge of Spies (Puente de espías), la nueva película de Steven Spielberg.

Basada en hechos reales que ocurrieron a finales de los años 50 y comienzos de los 60, la cinta parte mostrándonos a Rudolph Abel (Mark Rylance), un hombre aparentemente normal que tiene una afición por la pintura. A medida que los minutos avanzan, no tardamos en descubrir que hay algo que el personaje esconde, ya que es detenido por agentes de la CIA y acusado de ser un espía que trabaja para la Unión Soviética. Para el juicio en su contra, Abel necesitará un abogado defensor, tarea que recae en James B. Donovan (Tom Hanks), un respetado profesional que se ha especializado en derecho de seguros. Pese a que no ha participado en procedimientos penales hace años, Donovan acepta la tarea ya que es necesario que el acusado goce de las garantías constitucionales para tener un juicio justo. No obstante, esto no es del todo comprendido por el resto de las personas, quienes le reprochan defender a un enemigo del país.

La trama parte como un drama judicial, con Donovan haciendo lo posible por representar de la mejor manera a su cliente, pero más adelante el tono de la historia cambia a un thriller y el abogado deberá asumir otro tipo de desafío. Un piloto estadounidense llamado Francis Gary Powers (Austin Stowell) ha sido capturado en territorio soviético mientras tomaba fotografías aéreas, y temiendo lo que pueda informarle a sus captores, la Casa Blanca quiere intercambiar al prisionero por Abel. Como no quieren llamar la atención a través de un intercambio realizado por las propias autoridades, será Donovan quien tendrá que hacerlo, debiendo viajar a Alemania Oriental para afinar los detalles. El contexto político de la época complicará aún más las cosas, sobre todo cuando el protagonista intente recuperar no solo a Powers, sino también a otro prisionero estadounidense, el estudiante universitario Frederic Pryor (Will Rogers), quien fue capturado por los alemanes.

Cuando el protagonista viaja a Berlín para planear el intercambio, la película realiza un notorio cambio entre la apariencia de Estados Unidos y la República Democrática Alemana, pasando de una predominancia de tonos cálidos a unos gélidos grises y azules. Los prisioneros estadounidenses no gozan de las mismas condiciones con las que fue tratado Abel, ya que no tienen a su disposición un aliado como el que tuvo él, debiendo dormir en celdas miserables y ser sometidos a interrogaciones violentas. Los intentos de la cinta por reforzar la idea de que Donovan se encuentra en un lugar ajeno, al que no está acostumbrado, incluyen la efectiva estrategia de prescindir de los subtítulos cuando los demás personajes hablan en ruso o alemán, permitiendo de esa manera que el espectador se ponga en los zapatos del abogado.

Uno de los temas presentes en la película es la forma en que las apariencias van creando una realidad alternativa. Cómo la imagen que se proyecta al resto a veces tiene más fuerza que lo que se esconde detrás de ella, difuminando los límites entre realidad y ficción. La idea forma parte de la esencia del oficio de los espías, quienes se internan en territorio enemigo tratando de pasar inadvertidos, ya sea adoptando una nueva identidad o mezclándose con su entorno. También se puede ver durante la planificación del intercambio de prisioneros, donde Donovan debe disimular el hecho de que está trabajando para el gobierno estadounidense, y las interacciones que tiene con los alemanes y soviéticos están llenas de identidades falsas y simulaciones. Debido a todo esto, no es casualidad que la primera escena de la película muestre a Abel sentado frente a un espejo, pintando su autorretrato.

Secuencias como esa son una de las virtudes de ver una cinta dirigida por Steven Spielberg, quien gracias a su experiencia y talento es capaz de aprovechar el lenguaje cinematográfico con gran destreza. Sus movimientos de cámara son fluidos y precisos, las transiciones entre las escenas están bien pensadas, creando algunos paralelos eficaces, y la manera en que sus planos están construidos demuestra el interés que el cineasta tiene por los aspectos visuales al momento de contar una historia. Eso es algo que no siempre es utilizado en el cine contemporáneo, donde los diálogos parecen ser más importantes que las imágenes, prefiriendo contar lo que está sucediendo en vez de mostrarlo. Spielberg pertenece a una generación de directores que entienden el valor de entregar información a través de la vista, lo que se nota en Bridge of Spies.

El guion de la película fue desarrollado en primera instancia por Matt Charman, quien investigó el importante rol que tuvo James Donovan durante este intercambio de prisioneros y le otorgó la estructura básica a la trama. Sin embargo, el aspecto que más destaca del guion es la posterior colaboración de los hermanos Coen, quienes estuvieron a cargo de revisar la versión que hizo Charman, agregándole su particular estilo. Gracias a eso, la cinta presenta destellos del tono irónico que caracteriza a la filmografía de los Coen, dándole humor y personalidad a un relato que si hubiese sido escrito de manera más convencional no habría llamado demasiado la atención.

Debido a lo icónico que es el trabajo de los Coen, es válido preguntarse qué habría ocurrido si Bridge of Spies no hubiese sido simplemente escrita por ellos, sino también dirigida. Quizás el resultado final habría tenido un tono más cínico y sarcástico al momento de explorar la Guerra Fría, alejándose de la mayoría de las cintas históricas y acercándose a lo que Stanely Kubrick hizo con Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb (1964). Pero pese a que Spielberg es más medido con la comedia presente en el guion, su trabajo le da algo propio a la cinta: esa cuota emotiva que es tan común en sus trabajos, y que en este resalta sobre todo hacia el final, producto de la relación que se ha ido forjando entre Donovan y Abel.

Para poder lograr ese resultado, las actuaciones tienen un valor indudable. Tom Hanks encarna esa imagen necesaria de rectitud y estoicismo, dando vida a un personaje que pese a estar expuesto a situaciones extraordinarias, logra mantener inquebrantable sus principios. Su interpretación hace recordar al rol Gregory Peck y en To Kill a Mockingbird (1962), una comparación que no está demasiado alejada de la realidad, ya que el propio Peck quiso llevar la historia de Donovan al cine a mediados de los años 60, pero la tensión política que todavía existía en aquel entonces se lo impidió. Como contraparte al personaje luchador de Hanks se encuentra el apacible Abel de Mark Rylance, quien demuestra una serenidad que impresiona al mismo protagonista. La empatía que es capaz de generar en el espectador no se encuentra condicionada por el hecho de que sea un espía o no, aspecto que queda en un segundo plano.

Ser un director como Steven Spielberg trae consigo desafíos adicionales. Aunque Bridge of Spies es una buena película, esto parece no ser suficiente al compararla con el resto de los trabajos del director. Incluso dejando de lado sus grandes clásicos, y midiéndola solo con las cintas que ha estrenado durante los últimos 15 años, nos encontramos ante una cinta menor. Pese a su buena calidad, es difícil saber si en el futuro la importancia de esta obra estará a la misma altura que Artificial Intelligence: AI (2001), Catch Me If You Can (2002) o War of the Worlds (2005). Los comentarios positivos que ha recibido la película durante estas semanas –incluido el mío- demuestran un claro respeto por el cineasta y un genuino reconocimiento de su oficio, pero no parecen reflejar demasiado entusiasmo.

Ideológicamente, la cinta presenta la visión que se puede esperar de una obra producida por un estudio grande de Hollywood, sin incurrir en demasiados riesgos. Se destaca, por ejemplo, la importancia de que incluso en los conflictos bélicos más complejos Estados Unidos demuestre su altura moral, sirviendo como faro para el “mundo libre”. Sin embargo, hay algunos elementos que sugieren una perspectiva más llamativa, evitando que la película caiga en el terreno de la propaganda autoindulgente gringa. Cuando el protagonista asume la defensa judicial de Abel, su deseo de hacer un buen trabajando, garantizando el respeto de sus derechos, es cuestionada por todos los demás personajes, incluyendo la policía, el juez que ve la causa, y hasta su propia familia. En vez de que el debido proceso sea visto como un requisito fundamental por la sociedad estadounidense, es tratado como una obligación que cumplen a regañadientes. La lucha de Donovan, por lo tanto, es una lucha solitaria.

Hacia el final de la película, vemos una escena que busca crear un evidente paralelo con lo que el abogado vio en su viaje a Alemania, específicamente con el muro de Berlín. El momento parece ser una exaltación de Estados Unidos, demostrando que los horrores que ocurrieron en ese país no tienen cabida en “the land of the free”, donde los niños pueden jugar sin preocupaciones. Pero la expresión del personaje transmite una cierta melancolía, la que puede ser producto de los recuerdos que trajo de Europa, o quizás como una oscura premonición de lo que ocurrirá en su país décadas después, donde la libertad será vista como un mero obstáculo para alcanzar otros objetivos, como la seguridad. Es esta secuencia agridulce la forma precisa de terminar Bridge of Spies, que no solo es capaz de mirar hacia el pasado, sino que además permite examinar el presente.

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