Me and Earl and the Dying Girl (2015)

Me_and_Earl_and_the_Dying_Girl-posterAl igual que a muchas personas, a Greg (Thomas Mann), el protagonista de Me and Earl and the Dying Girl (Yo, él y Raquel), no le gusta el colegio. El joven está a punto de graduarse, y para hacer más llevaderos sus años en la escuela secundaria ha intentado pasar lo más desapercibido posible, tratando de tener un mínimo de interacción con todos los distintos grupos que hay en ella, pero sin inmiscuirse demasiado en la vida de quienes lo rodean. De esta manera, evitó encasillarse y se alejó de cualquier disputa innecesaria. El protagonista es tan fiel a su método, que incluso a la persona con quien tiene una relación más cercana y a quien conoce desde la infancia, Earl (RJ Cyler), evita decirle “amigo”, optando por el término de “compañero de trabajo”, ya que ambos se dedican a hacer películas.

Sin embargo, la rigurosa estrategia de Greg sufre un traspié cuando su madre le avisa que una de sus compañeras de colegio, Rachel (Olivia Cooke), ha sido diagnosticada con leucemia, y lo obliga a ir a su casa para hacerle compañía. La relación que tiene con ella no pasa de unas superficiales muestras de cordialidad, y la propia Rachel ve su repentina presencia como una torpe muestra de lástima hacia su estado de salud, pero a medida que los minutos pasan los personajes descubren que comparten un sentido del humor similar y poco a poco se va formando un lazo de amistad entre ellos. El tiempo que comparten, sumado al hecho de que la enfermedad de Rachel se encuentra en un estado avanzado, llevan al protagonista a salir de su zona de confort y a madurar como persona.

Descrita así, la premisa de esta película puede parecer el punto de partida para una historia melosa, del tipo The Fault in Our Stars (2014), donde el amor entre dos jóvenes se ve en peligro por la inevitabilidad de la muerte. Sin embargo, existen varios aspectos que la diferencian de ese ejemplo, convirtiéndola en una experiencia más honesta y profunda. En primer lugar, el guion de Jesse Andrews, basado en su propia novela, es capaz de estrujar la denominación de “comedia dramática”, entregando buenas muestras de cada uno de los elementos de ese género. De esa manera, su humor es efectivo, creando momentos muy divertidos, y cuando el tono debe ser más serio, la transición resulta creíble y el impacto emocional es capaz de resonar en el espectador.

Otro de sus puntos fuertes se encuentra en el estilo, ya que mientras otras historias habrían optado por irse a la segura, con un resultado convencional y plano, Me and Earl and the Dying Girl opta por algo más llamativo. El director Alfonso Gomez-Rejon se encarga de dejar en claro su visión desde los primeros minutos, a través de unos movimientos de cámara vistosos y un diseño de producción con un alto nivel de detalles, que hacen recordar el trabajo de Wes Anderson, mostrando además algunos guiños a Michel Gondry, gracias a unas secuencias en stop motion y la recreación de películas clásicas con un presupuesto ínfimo, como en Be Kind Rewind (2008). La utilización de estas técnicas llega a ser artificiosa a ratos, pero solo durante la primera mitad de la cinta, cuando se presentan a los personajes; una vez que es hora de adentrarse en cuestiones más significativas, el director opta por un estilo calmado, dejando que sean las actuaciones las que hablen.

Que el cine sea una parte tan fundamental de esta obra debe ser una de las razones por la cual fue celebrada en su paso por el festival de Sundance, donde obtuvo el máximo galardón. No solo por los guiños cinéfilos a películas del tipo Criterion Collection, desde Akira Kurosawa hasta Werner Herzog, sino también por la idea de que la pasión obsesiva por el cine es una actividad aislada, que exige una cierta marginalidad. Los proyectos de Greg y Earl son un secreto, siendo disfrutados solo por ellos; es el amor que tienen por las películas lo que los unió en un principio, pero al mismo tiempo los terminó separando del resto de sus compañeros.

Si hay algo que criticarle a la cinta, es el limitado rol que tienen sus personajes secundarios, especialmente Rachel y Earl. La historia gira en torno a la incapacidad del protagonista para conectar de manera personal con quienes lo rodean, pero eso no significa que la película deba hacer lo mismo. Si bien sus amigos poseen rasgos de personalidad propios e intereses que los definen, el rol que tienen dentro de la obra se encuentra establecido en función de Greg y lo que él hace. Las cosas que puedan descubrir Earl o Rachel por su cuenta son empujadas a un segundo plano, ya que el foco de atención se encuentra en el proceso de maduración del personaje principal. Pese a esto, Me and Earl and the Dying Girl logra trascender gracias a su madurez emocional, la que se encuentra bien orientada.

En lugar de explorar un predecible romance entre Greg y Rachel, la película prefiere tomar otro camino, dejando que la relación entre los personajes sea más platónica, acercándose a la amistad en vez de a la tensión sexual. Se trata de una decisión que se siente natural, aunque escuchar al protagonista de una cinta insistiendo en que esta no es como otras historias se ha convertido en una especie de cliché a estas alturas. Se agradece además la honestidad del guion al momento de lidiar con la enfermedad de Rachel, criticando las repetidas frases de ánimo que reciben las personas que tienen problemas de salud, las que terminan siendo monótonas y contraproducentes para quienes las reciben.

La película no elude los aspectos más complejos de una situación como la narrada, y por lo mismo la relación entre los protagonistas se ve expuesta a más de alguna dificultad. No estamos ante algo que tenga una solución única, y de hecho los personajes se pasan gran parte del metraje enfrentados a dudas y a sus propias inseguridades. Y esto es positivo, ya que muchos de los problemas de la vida no tienen una respuesta inequívoca. El viaje de Greg no consiste en encontrar una solución a estos problemas, sino que a atreverse a enfrentarlos.

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