Beasts of No Nation (2015)

Beasts_of_No_Nation-posterTras participar exitosamente en la producción de series con trabajos como House of Cards u Orange is the New Black, la empresa Netflix ha decidido dar el salto a las películas, en una estrategia de expansión que era impensada hace algunos años. El hecho de que la empresa haya escogido a esta película para inaugurar su propio catálogo cinematográfico es por sí mismo un signo elocuente, ya que es una obra ambiciosa, que toca temas complejos, no cuenta con un elenco lleno de estrellas, y se aleja de las convenciones que caracterizan a los productos hollywoodenses. Es, por lo tanto, difícil que una compañía distribuidora tradicional hubiese aceptado comprarla, y ese parece ser precisamente lo que Netflix quiere destacar.

Basada en la novela homónima de Uzodinma Iweala, Beasts of No Nation está ambientada en un país africano no determinado, cuya población se encuentra enfrentada en una sangrienta guerra civil. El protagonista de la historia es Agu (Abraham Attah), un niño de 12 años que vive junto a su familia en una zona neutral del territorio, bajo unas condiciones que pueden ser consideradas normales si se comparan con lo que ocurre en el resto de la nación. Sin embargo, la calma es interrumpida cuando el conflicto bélico llega a la zona y el protagonista pierde todo vínculo con su familia, debiendo escapar a la jungla. Agu es encontrado por un escuadrón del bando rebelde, el que es liderado por un anónimo Comandante (Idris Elba). El hombre ve el potencial que el niño tiene, así que lo acepta entre sus filas, convirtiéndolo en uno más de sus soldados.

El nombre del país no es el único detalle que la cinta deja sin aclarar. Las razones de la guerra civil también se encuentran en las sombras, así como las características ideológicas que diferencian a los grupos combatientes. Cuando se llega a hacer referencia a estos elementos en alguna escena, se hace de manera vaga, poco precisa, dejando el contexto en un segundo plano. Esta estrategia refuerza la irracionalidad del conflicto bélico, prescindiendo de las explicaciones y centrándose en los efectos que tiene en las personas que se ven involucradas en él. De poco serviría entregar cifras o nombres, ya que resultan intrascendentes en comparación a lo realmente importante, que es el viaje personal del protagonista.

Más que una narración de hechos, Beasts of No Nation es un estudio de personaje, donde el foco de atención no se encuentra en las situaciones que ocurren en el mundo exterior, sino en cómo éstas acciones afectan a Agu. A través de una voz en off que varía entre reflexiones, preguntas e incluso súplicas, acompañamos al protagonista en esta experiencia que lo despoja de su inocencia y lo aleja del niño que conocimos durante los primeros minutos del metraje. Esta manera de narrar la guerra emparenta a la cinta con otras obras bélicas como Apocalypse Now (1979) de Francis Ford Coppola y The Thin Red Line (1988) de Terrence Malick, las que al centrarse en la psiquis de sus personajes logran crear una atmósfera íntima en medio de un suceso de gran escala.

La utilización de niños soldados ha sido rechazada en varias culturas a lo largo de la historia, estando actualmente prohibida por los convenios de Ginebra. Sin embargo, la guerra mostrada en esta cinta no tiene límites de conducta ni reglas, lo que se ve ejemplificado en cómo son tratados los civiles y los enemigos que son capturados. El escuadrón del Comandante está conformado en su gran mayoría por jóvenes, lo que transforma al personaje de Elba en una especie de figura paterna para estos niños sin hogar. En vez de mostrarlo como una representación plana del mal, el Comandante posee matices que lo hacen interesante, destacando el carisma y persuasión necesarios para convencer a sus subalternos de hacer lo que él les ordene. La figura imponente que transmite el personaje no es invariable, y durante el último tercio de la cinta notamos un cambio cuando debe interactuar con sus superiores. El Comandante pasa a perder la autoridad que demostraba ante Agu y el resto de sus soldados, transformándose en un ser derrotado y patético.

Esta complejidad exhibida por el personaje no llega al extremo de que sintamos empatía por él o justifiquemos su actuar, ya que también tenemos la oportunidad de ver su lado más oscuro, con el que se aprovecha de la desigualdad de poder que tiene con sus soldados. La cinta tiene el tacto suficiente para no adentrarse demasiado en algunos detalles escabrosos, pero aún así se trata de momentos crudos. La utilización de personas tan jóvenes le entrega al Comandante la maleabilidad suficiente para convertirlos en lo que él quiera, usando incluso elementos ligados a la superstición para cumplir este objetivo. La religión es ocupada de varias maneras durante la cinta, primero como un motivo de alegría y reunión cuando la vida de Agu estaba libre de preocupaciones, luego como una de las herramientas para convertirlo en un guerrero, y posteriormente como una noción lejana, que pierde todo sentido cuando el protagonista se encuentra en sus momentos más difíciles.

Salvo Idris Elba, los actores que participan en la película no son conocidos, y en varios casos se trata de su primer trabajo actoral, lo que es sorprendente. Abraham Attah, el niño que ocupa el rol protagónico, demuestra una credibilidad muy efectiva en su interpretación, entregando ese carácter visceral presente en las escenas. Los espectadores somos testigos de cómo el personaje que aparece durante los primeros minutos se va transformando ante nuestra mirada, perdiendo poco a poco la luz que transmitían sus ojos. Su exposición a los horrores del campo de batalla lo ha obligado a crecer de forma brusca, y ya no podrá volver a ser el mismo.

La crudeza presente en el relato podría haber dado lugar a una cinta sucia, repelente, pero el director Cary Joji Fukunaga logra incluso entregar momentos de belleza durante el caos que se va desencadenando. La composición de los planos, la paleta de colores, y hasta algunos vistosos planos secuencia demuestran una gran elegancia, pero el trabajo del cineasta no se limita solo a lo meramente estético, sino que además contribuye a cómo se cuenta la historia. Una secuencia que sigue al protagonista bajo el efecto de las drogas es filmada de tal manera que distorsiona la realidad a su alrededor, a través de una decoloración de su entorno y una variación en la velocidad de la imagen, todo lo cual permite reflejar cómo Agu alcanza un notorio estado de desconexión con el resto del mundo.

El ciclo de destrucción en el que se encuentra el protagonista parece interminable. Perdió a su familia y se unió a este grupo de soldados debido a la violencia de terceros, y lo más probable es que la violencia ejercida por él vaya a dar origen a otros casos parecidos al suyo, y así sucesivamente. Debido a los temas que explora, Beasts of No Nation es una película difícil de ver, y la imagen que tiene sobre el mundo es bastante sombría, pero no está exenta de esperanza. La sacudida que produce en la audiencia es una que no se olvida fácilmente.

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