Spectre (2015)

Spectre_posterAlgo que ha caracterizado a la versión más reciente de la saga de James Bond, protagonizada por Daniel Craig, es el énfasis que se le da a los efectos que tiene la actividad del personaje en él mismo. Esto no solo se puede ver en el desgaste físico que sufre durante las peleas, lo que le ha otorgado una necesaria cuota de vulnerabilidad, sino también en aspectos más personales. Una de las preguntas que se plantean estas películas es cómo un estilo de vida que involucra estar siempre alerta, sin un lugar fijo donde vivir, expuesto a un peligro constante, puede afectar a alguien, lo que incluso ha llevado al espía en más de una ocasión a considerar la opción de adoptar otro camino. La visión idealizada del protagonista como alguien infalible es reemplazada por una donde se enfrenta constantemente a dudas, no siempre teniendo el control de la situación, lo que al final de cuentas lo hace más humano.

Una estrategia como esta ha servido para que la franquicia cinematográfica, que abarca más de medio siglo, se actualice a las tendencias actuales del género, emparentándose con sagas modernas como Mission: Impossible o Bourne. No es raro ver a los personajes de estas obras luchando, además del villano de turno, con alguna especie de enemigo interno, proveniente ya sea de su propia agencia o del gobierno al que representan. Esto obliga a los protagonistas a tener que actuar fuera de los protocolos a los que están acostumbrados, expuestos a situaciones extremas, donde deben moverse desde la clandestinidad. Lo que no es más que una metáfora de lo que ya se mencionó: la lucha del agente contra el sistema al que pertenece. La obediencia ciega da lugar a un cuestionamiento casi existencial del oficio de espía.

Otro aspecto acentuado en las películas ha sido el pasado, el que funciona en dos niveles. Primero, desde un punto de vista superficial o anecdótico, a través de los múltiples guiños a personajes y objetos pertenecientes a las cintas clásicas de Bond, con el objetivo de levantar una sensación de nostalgia en el espectador. Y en segundo lugar, desde una perspectiva más profunda, a partir de la cual se muestra cómo el pasado forma parte fundamental de la vida del protagonista, llegando incluso a atormentarlo. Las películas han hecho un importante esfuerzo por adentrarse en las raíces del personaje, algo que no ocurría con las anteriores versiones, donde se optaba por darle un aire enigmático. No es casualidad que el clímax de Skyfall (2012), por ejemplo, ocurra en un lugar que está tan ligado a los orígenes de Bond y a su familia.

De manera coherente con esta relevancia que adquiere el pasado, la presencia de los muertos también se encuentra íntimamente ligada al personaje. Esta no solo se extiende a los enemigos que ha derrotado durante sus misiones, sino también a los aliados y a los amores que no pudo salvar. En Spectre, la cuarta cinta donde Craig da vida al espía, todos los aspectos señalados adquieren gran importancia, así que es bastante apropiado que la película comience en México, en medio de las celebraciones del Día de los Muertos. La acción se pone en movimiento de inmediato, gracias a un espectacular plano secuencia que acompaña al protagonista a través de la calle, dentro de un hotel, y en la cornisa del mismo. Siguiendo las órdenes de la fallecida M, Bond ha logrado rastrear a una maligna organización secreta llamada Spectre, que ha sido la responsable de varias desgracias en la vida del personaje. Junto a la hija de un antiguo enemigo, Madeleine Swann (Léa Seydoux), 007 intentará detener al líder del grupo, Blofeld (Christoph Waltz), quien parece tener una especial fascinación por el espía.

La película recurre a varios lugares comunes de la franquicia de James Bond, los que a esta altura ya son prácticamente clichés, como las frases infaltables (“Bond. James Bnd”, “Shaken, not stirred”), los gadgets y vehículos, los enemigos de gran tamaño, los trajes pulcros y elegantes del espía, las locaciones exóticas y las guaridas secretas. Otro de los elementos presentes es el carácter seductor del protagonista, lo que es acentuado en la secuencia de créditos iniciales hasta límites risibles, con imágenes tan extrañas como Daniel Craig siendo acariciado por dos mujeres desnudas sobre un fondo de fuego, o una escena de sexo que involucra tentáculos de pulpo, creando involuntariamente una imagen mental que hace recordar una de las filias más raras del porno japonés.

El número de referencias a los aspectos familiares de la saga resulta más notorio que en las demás cintas protagonizadas por Craig, siendo este respeto por la tradición ocupado incluso en la propia trama de Spectre. Además de la organización criminal que da título a la obra, otra de las preocupaciones del MI6 es la creación de un sistema de vigilancia que amenaza con dejar obsoleto el trabajo de Bond y los demás espías. En vez de la presencia de agentes de carne y hueso, el sistema depende de herramientas digitales, incluidos drones, para hacer el trabajo. Más allá de lo cuestionable que puede ser el defender un sistema donde los espías tienen licencia para matar, es interesante ver a esta franquicia comentando cuestiones tan actuales. El mundo en el que vivimos, el que fue desenmascarado tras las revelaciones de Edward Snowden, es muy diferente al contexto de la Guerra Fría durante el cual James Bond fue creado.

Otra cosa que ha cambiado es la manera en que son contadas las historias. Si antes las películas de 007 tenían una mayor autonomía, sin existir un hilo narrativo muy notorio entre ellas, el panorama del cine contemporáneo exige algo más. En esta cuarta entrega se hace un claro esfuerzo por intentar conectar los hechos ocurridos desde Casino Royale (2006) hasta la fecha, lo que no solo busca crear una coherencia entre todo lo que ha debido enfrentar el protagonista, sino que además le entrega una necesaria conclusión a la historia del personaje, sobre todo por los rumores de que esta sería la última vez que el actor de vida al espía. Pese a unos problemas lógicos y de verosimilitud en el guion, lo importante es que el arco personal de Bond resulta satisfactorio, lo que crea un buen desenlace.

El resto de los elementos de la cinta, incluidos la dirección de Sam Mendes, la fotografía de Hoyte Van Hoytema y el montaje de Lee Smith, dan como resultado un producto de calidad, aunque no llega a estar a la altura de las mejores películas de esta nueva versión, como Casino Royale o Skyfall, si bien está lejos de ser tan poco satisfactoria como Quantum of Solace (2008). El problema parece radicar en que la película queda a mitad de camino cuando debe escoger su tono, sugiriendo el aire clásico de la franquicia, pero sin adentrarse en sus momentos más absurdos, mientras que al mismo tiempo busca seguir el camino más serio de las últimas entregas, pero sin el peso emocional de estas.

El constante recuerdo de los personajes que ya no están solo sirve para empeorar estos defectos, ya que ponen de manifiesto las falencias de sus reemplazos. Los peligros a los que se enfrenta el protagonista no resultan demasiado convincentes, debido a que Christoph Waltz no llega a los niveles de intimidación alcanzados por Mads Mikkelsen o Javier Bardem. El romance, por su parte, es solo una sombra de lo que Bond vivió junto a Vesper Lynd, y por lo mismo la entrega que demuestra con Madeleine resulta desmesurada. No es común escuchar a James Bond decir “te amo”, así que es necesario cimentar de mejor manera la relación entre los personajes para que resulte creíble. Sin embargo, el objetivo no se logra, y hasta la química que tienen Daniel Craig y Ben Whishaw (quien interpreta a Q) resulta más natural.

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