In the Heart of the Sea (2015)

In_the_Heart_of_the_Sea-posterLa novela Moby-Dick ha sido adaptada numerosas veces, en distintos formatos, incluida una película de 1956 que contó con nombres de la talla de John Houston en la dirección, Gregory Peck como protagonista y Ray Bradbury en el guion. Debido a eso, la cinta In the Heart of the Sea (En el corazón del amor) de Ron Howard decidió abordar esta conocida historia a través de una perspectiva diferente, basándose en los sucesos reales que inspiraron a Herman Melville a escribir su libro. Se trata del hundimiento del barco ballenero Essex a comienzos del siglo XIX, y de la cruda experiencia que sus tripulantes debieron enfrentar para poder sobrevivir en el océano Pacífico, a cientos de kilómetros del resto de la civilización.

En términos narrativos, la película cuenta una historia dentro de otra, ya que el punto de partida es la conversación que el propio Melville (Ben Whishaw) tiene con una de las personas que sobrevivió a ese accidente, Tom Nickerson (Brendan Gleeson). A medida que el exmarinero va contando lo ocurrido, nos transportamos algunas décadas atrás, cuando el barco zarpó del puerto de Nantucket para cazar ballenas y obtener su aceite, un negocio muy pujante en aquellos años. Aunque Nickerson es quien narra la historia, el rol protagónico es ocupado por Owen Chase (Chris Hemsworth), el primer oficial de la embarcación, quien sueña con ser ascendido para darles un mejor estilo de vida a su esposa y a su hija que está por nacer. El narrador es relegado a un papel más pasivo, como un adolescente que está en su primer viaje, interpretado por Tom Holland. Las aspiraciones de Chase se ven frustradas por las fuertes barreras sociales de la época, ya que el ansiado puesto de capitán es asignado a un joven inexperto llamado George Pollard (Benjamin Walker), quien pertenece a una importante familia.

La tensión entre ambos personajes se siente desde el comienzo, y es precisamente eso lo que provoca las primeras dificultades del viaje. Al no ponerse de acuerdo en cómo afrontar una tormenta, el barco sufre importantes daños, lo que lleva al capitán a considerar la posibilidad de volver al puerto. Pero Chase, movido por las ansias económicas, lo convence de continuar la travesía. Tras dejar las costas de Ecuador, ya adentrados varios kilómetros en el océano, la tripulación se encuentra con un enorme banco de ballenas que augura un buen porvenir para la expedición. Sin embargo, estos breves momentos de felicidad son interrumpidos por un gigantesco cachalote blanco que hunde la embarcación y deja a los personajes a la merced de la naturaleza.

Hace tiempo que no se veía una historia marítima de esta envergadura, lo que le otorga a la cinta un cierto aire clásico, de un cine que se ha ido perdiendo entre el actual panorama de pantallas verdes y exceso de efectos digitales. El hecho de que Howard haya filmado varias de las secuencias sobre un barco real le otorga una sensación de credibilidad a las imágenes, especialmente a las penurias que deben atravesar sus personajes. Una vez que el Essex sale del puerto somos testigos de los mejores momentos de la película, ya que vemos el intrincado funcionamiento de la embarcación y el estilo de vida que deben llevar los marineros. A través de un llamativo uso de la cámara, recurriendo a ángulos y ubicaciones poco convencionales, el director le otorga un gran dinamismo a las secuencias, si bien el resultado puede llegar a ser demasiado pintoresco de vez en cuando.

Al estar contada desde el punto de vista de Nickerson, quien entonces era un joven novato embarcado en su primer viaje, esta porción de la película es mostrada con el entusiasmo de alguien que es introducido a un mundo nuevo y maravilloso. Pero su optimismo no tarda en desaparecer, cuando descubre lo que realmente implica dedicarse a la caza de ballenas. Idealizar este tipo de prácticas habría sido imposible en la sociedad actual, donde cuestiones como el ambientalismo y la protección de los animales adquieren cada vez más fuerza. La visión de los cetáceos como monstruos marinos ha dado paso al de criaturas majestuosas, que deben ser protegidas. Es raro que ese tipo de consciencia surja de forma espontánea en un personaje que vivió hace dos siglos, el cual fue criado dentro de una cultura muy distinta a la de hoy en día, pero de todas manera sirve para transmitir el mensaje de la cinta.

El ataque de la ballena blanca no es presentado por la película como un hecho arbitrario o aleatorio, sino que es una respuesta directa a la actividad de los personajes humanos. Es, podría decirse, una personificación de la propia naturaleza, que cansada de todo lo que ha debido aguantar decide por fin defenderse. Este planteamiento, que puede parecer muy claro, peca de poca claridad al momento de su aplicación, ya que la cinta de todas maneras trata de que sus tripulantes generen empatía en el espectador. Esto habría sido posible si la tragedia ocurriese producto de una actividad más “neutra”, como participar de un deporte como las carreras de automóviles, donde el peligro afecta solo a quienes deciden participar de ellas, pero en este caso se trata de algo cuyos efectos se extienden a animales que se ven involuntariamente envueltos en esa práctica.

Su objetivo tampoco logra cumplirse debido a que el desarrollo de los personajes es bastante superficial. La rivalidad entre Chase y Pollard, por ejemplo, parece presentada casi por obligación, y no se termina haciendo nada muy interesante con ella. Algo parecido pasa con la amistad de Chase y Matthew Joy (Cillian Murphy), de la que vemos solo un par escenas, cuando se encuentran en el barco y cuando se despiden. Solo el anciano Nickerson presenta matices más llamativos, debido a la forma en que ha vivido durante tantos años con el remordimiento de lo que debió hacer para sobrevivir en aquel naufragio. El mérito de esto recae principalmente en el actor Brendan Gleeson, que con un conciso momento emotivo es capaz de eclipsar a todo el resto del elenco.

Sin un énfasis apropiado en lo que sienten o piensan sus personajes, In the Heart of the Sea opta por realzar los aspectos más viscerales de la experiencia que atraviesan. Lo que no logra entregarnos en profundidad lo suple con el sufrimiento físico de la tripulación, a la que vemos marchitarse frente a nuestros ojos. Los efectos del sol sobre la piel o la falta de alimento van moldeando a Chase y a sus compañeros, siendo la desesperación la controladora de sus acciones. Si a esto se le hubiese agregado algo más de sustancia, el resultado sería más satisfactorio, pero sumando y restando la película cae en el terreno de lo correcto. No alcanza a ser más o menos que eso.

Lo que convirtió a Moby-Dick en un clásico de la literatura norteamericana no fue la elección de la historia, sino la forma en que el autor la contó. En manos de otro escritor, la premisa de una ballena blanca que ataca a un barco podría haber dado lugar a una obra muy básica, pero Melville le agregó ideas y símbolos, lo que han permitido reflexiones acerca de la línea que separa a la ambición de la locura o la relación entre el ser humano y la naturaleza. Esta capacidad para encontrar nuevos significados con cada relectura es lo que ha transformado al libro en algo inmortal, sumado a la riqueza de sus personajes y las situaciones narradas. Son esos elementos los más importantes, no lo factual.

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