Sicario (2015)

Sicario-posterEl canadiense Denis Villeneuve pertenece a ese selecto grupo de los mejores directores del cine actual. Comenzando en su país con trabajos en francés que pueden ser categorizados como cine arte, como Maelström (2000) o Polytechnique (2009), hace un par de años dio el paso a las películas en inglés, específicamente a Hollywood, gracias a Prisoners (2013), que contó con un elenco lleno de conocidas estrellas. Aunque la industria estadounidense puede generar suspicacias para los realizadores que buscan mantener su independencia, la transición de Villeneuve a este sistema no fue un detrimento en la calidad de su obra, todo lo contrario, ya que pudo llevar su visión a una escala mayor. El director pasó de ser un cineasta poco conocido a uno de los grandes nombres a tener en cuenta, llegando incluso a ser escogido para hacer la secuela de Blade Runner (1982).

Su filmografía es atravesada por una exploración de los rincones oscuros de la humanidad, una tendencia que continúa con su cinta más reciente, Sicario. En ella vemos a Kate Macer (Emily Blunt), una agente del FBI que es testigo de los horrores del narcotráfico durante una de sus misiones. Con el objetivo de atrapar a los responsables del hecho, y de vengar a dos compañeros que murieron durante el procedimiento, la protagonista se ofrece como voluntaria para participar en una operación liderada por el agente de la CIA Matt Graver (Josh Brolin). Los detalles de la misión no le son comunicados a Macer, e incluso durante el desarrollo de la misma las certezas que parecía tener irán cambiando. La cuota de incertidumbre solo aumenta con la presencia de Alejandro (Benicio del Toro), un misterioso hombre que parece tener su propio objetivo.

Así como el sombrío secreto de la primera secuencia, el peligro que debe enfrentar la protagonista no se encuentra a simple vista. En el mundo donde están ambientadas las escenas las barreras que separan a buenos y malos son una simple ilusión, y los uniformes no son suficientes para distinguir a los aliados de los enemigos. Ambientada parcialmente en México, la cinta muestra el horror que se vive en ciudades como Juárez, donde el crimen ha alcanzado un nivel incontrolable, pero es lo bastante inteligente como para no mostrar a los estadounidenses como héroes intachables. El mal que enfrentan los personajes no solo es difícil de determinar, sino que es capaz de extender sus brazos hacia ellos mismos, amenazando con convertirlos en aquello que odian. Esta idea ya se había visto en Prisoners, donde Villeneuve explica cómo el objetivo buscado –por más justo que sea- no puede justificar cualquier camino hacia él.

Nuestro punto de vista como espectadores se asemeja al que tiene la propia protagonista, quien entra a la guerra contra el narcotráfico sin saber demasiado. Juntos, vamos descubriendo los verdaderos alcances de este enfrentamiento, desde la brutalidad de los criminales hasta los cuestionables métodos de los que tratan de atraparlos. Macer basa su trabajo en los protocolos, cuidando que la evidencia obtenida pueda ser utilizada posteriormente ante los tribunales, pero la manera en que Alejandro y Graver trabajan favorece la efectividad del resultado por sobre su legalidad. Como se dice en una de las escenas del metraje, ese mundo se encuentra controlado por lobos, y no cualquiera puede sobrevivir en él. La cinta presenta algunas similitudes con Zero Dark Thirty (2012) de Kathryn Bigelow, dado que ambas tienen a un personaje femenino luchando en un entorno predominantemente masculino, viviendo una experiencia que las afecta en lo más profundo y las lleva a cuestionar lo que creían. Sin embargo, cada una de estas obras posee su propio enfoque sobre el tema y logran crear algo único por separado.

El guion, escrito por el actor Taylor Sheridan de la serie Sons of Anarchy, es bueno, aunque no demasiado innovador. Lo que transforma a Sicario en una película que se eleva por sobre el resto es la manera en que sus elementos son desarrollados, lo que se debe al gran trabajo de su director. Villeneuve demuestra su talento desde los primeros minutos, gracias a una agitada secuencia de acción donde un camión atraviesa una pared, hay disparos, e incluso una explosión. Sin embargo, lo realmente destacable de la cinta es la forma en que se maneja la tensión previa a estas detonaciones de violencia, lo que está perfectamente reflejado en una escena que tiene lugar en la frontera entre México y Estados Unidos. El peligro que se siente durante estos minutos se debe a la anticipación de que algo malo ocurrirá, una sensación que es estirada hasta que ya no se puede soportar, y todo esto en medio de un embotellamiento, donde los vehículos se encuentran inmóviles.

Tras su labor en Prisoners, que le valió una nueva nominación al Óscar, Roger Deakins vuelve a cooperar con Villeneuve como director de fotografía, y su vasta experiencia se nota. Además de unos planos aéreos que asemejan el punto de vista de helicópteros o drones, hay un par de escenas en las que emplea un llamativo uso de luces y siluetas. Y si bien su alabada filmografía lo ha transformado en un verdadero ícono del cine, Deakins incluso se da el tiempo de probar cosas nuevas, experimentando con cámaras de visión térmica y nocturna, cuyas imágenes se van intercalando de forma fluida gracias a la labor del montajista Joe Walker. Todo esto es complementado impecablemente por la banda sonora de Jóhann Jóhannsson, quien emplea unos sonidos casi subterráneos, que ayudan a crear la atmósfera angustiante del relato.

Sicario trata temas violentos, pero no los exalta como a veces ocurre con otras películas estadounidenses. Los efectos de la guerra contra los carteles de droga son retratados con la brutalidad que se merecen, sin maquillarlos. Además de la historia de Macer y la operación de la que es parte, la cinta nos permite ver parte de la vida de un personaje menor dentro de la trama, con el objetivo de que entendamos las consecuencias personales de lo que le pueda ocurrir. No es un simple extra que está ahí para ser desechado, sino que es una persona que tiene una familia, una identidad propia.

Como es habitual con las buenas películas, ésta no busca entregar una determinada solución ni una posición ideológica, sino que crear nuevas interrogantes en el espectador, expandiendo nuestra mirada para que consideremos cosas que probablemente no habíamos notado antes.

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