Creed (2015)

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De todas las películas en las que ha participado, las de Rocky son claramente las más personales para Sylvester Stallone. Escribió la primera cinta durante un periodo en que su carrera se encontraba estancada, sin muchas expectativas, y cuando el proyecto comenzó a llamar la atención de los estudios rechazó una importante oferta ya que no quería que un actor más famoso interpretara a su personaje. A pesar de las dificultades, finalmente pudo concretar el proyecto a su manera, ocupando el rol protagónico y logrando un inesperado éxito (la cinta triunfó en la taquilla y ganó tres premios Óscar, incluido el de mejor película). En cierta medida, estas cintas sirven como un reflejo de la vida del propio actor en diferentes etapas, desde sus inicios humildes, pasando por la fama y la fortuna, hasta las dificultades de los años posteriores.

Debido a ese íntimo vínculo que tiene con la obra, llama la atención que la séptima entrega de la saga haya sido concebida por otra persona, el director Ryan Coogler, que solo había hecho un largometraje antes, Fruitvale Station (2013). La idea de esta nueva película fue presentada por Coogler incluso antes del estreno de su ópera prima, lo que sumado al cariño que Stallone tiene por su obra, naturalmente generó dudas en el actor. Pero las conversaciones siguieron, el buen resultado de Fruitvale Station sirvió para crear mayor confianza en el joven cineasta, y la sinceridad emotiva que atravesaba el guion logró convencerlo de volver a encarnar al boxeador. Como Stallone tiene 69 años, volver a verlo sobre el ring habría sido extraño, así que el personaje pasa a ocupar un rol más secundario, entregando consejos en vez de conectar golpes.

Escrita por Coogler y Aaron Covington, la película se enmarca dentro de esa tendencia que ha adoptado Hollywood en la actualidad: tomar una franquicia cinematográfica conocida y construir a partir de ella una nueva serie, pero con una especial reverencia al material original. El mismo año, la fórmula fue utilizada con menor y mayor éxito por Jurassic World y Star Wars: The Force Awakens, respectivamente. A diferencia de los reinicios (reboots) que hacen un borrón y cuenta nueva con las sagas, este tipo de estrategia es menos drástica, ya que ambienta la historia en el mismo universo de las cintas originales, ocupando sus elementos clásicos como base para otorgarle un nuevo aire. Estos objetos y personajes familiares tienen por objetivo servir como ancla para los espectadores, ya que son cosas que reconocen de su pasado, mientras que al mismo tiempo se introducen personajes nuevos, los que pasarán a protagonizar las posteriores secuelas en una especie de relevo generacional.

Para el caso de esta cinta, la nueva cara que ocupa el rol protagónico es Adonis “Donnie” Johnson (Michael B. Jordan), el hijo ilegítimo de Apollo Creed, quien años atrás fuese rival y luego amigo del personaje que da nombre a la saga. Aunque su padre murió antes de que naciera, Donnie creció consciente de su legado, y producto de una especie de inclinación heredada de él, decidió seguir la carrera de boxeador. Sin embargo, la identidad de su padre, así como el trágico final que tuvo dentro del ring, han impedido que un entrenador acepte ayudarlo, por lo que ha debido aprender el deporte de manera autodidacta, peleando en México. Pese a estos obstáculos, el protagonista está convencido de su sueño, y dejando atrás su trabajo y a su madre adoptiva, viaja a Filadelfia para conocer al mítico Rocky Balboa. Dudoso al comienzo, Rocky finalmente acepta entrenarlo ya que ve un gran potencial en el joven, lo que también es notado por Ricky Conlan (Tony Bellew), un exitoso boxeador británico que está preparando su última pelea.

Con cada entrega nueva, la franquicia de Rocky fue adquiriendo aires más exagerados, especialmente en la cuarta, donde ocurrió la muerte de Apollo Creed. Dado que en esa cinta hubo elementos tan extraños como el robot sirviente de Paulie o la conclusión de la Guerra Fría a través de una pelea de boxeo, la única referencia que hay a ese periodo en la historia del personaje es el fallecimiento de su amigo dentro del cuadrilátero. Ryan Coogler se aleja de ese tono caricaturesco y opta por recuperar la atmósfera más realista e íntima de la primera película, la que también estuvo presente en la sexta, Rocky Balboa (2006). Esto es algo que el director hizo muy bien en su anterior largometraje, y vuelve a lograrlo con esta película, donde incluso se da el tiempo de presentar ciertos elementos característicos de la ciudad de Filadelfia, como su gastronomía o pasatiempos, lo que le otorga una importante cuota de credibilidad al relato.

Coogler también destaca en su manejo técnico, especialmente en las escenas de peleas. El primer combate “oficial” de Donnie, por ejemplo, es filmado creando la ilusión de un plano secuencia ininterrumpido, lo que no solo es impresionante, sino que también permite transmitir la intensa energía del momento. En la pelea que ocurre durante el clímax vuelve a los cortes familiares de la saga, pero agrega algunos planos que le otorga un aire propio, como uno realizado a cámara ultra lenta o los primeros planos de detalles como las salpicaduras de sangre. Además de estos ejercicios llamativos, el director recurre a estrategias más sutiles a lo largo de la película, como el hecho de mostrar al protagonista viendo con gran atención a los boxeadores que entrenan a su alrededor, reflejando así su carácter autodidacta y su búsqueda de una identidad, siendo este último punto uno de los principales temas de la cinta.

Algo que llama la atención es cómo Adonis termina siendo un personaje más complejo de lo que fue Rocky en su primera película. Con un origen humilde y espíritu luchador, el viaje de Balboa es un ejemplo perfecto del underdog, es decir, de aquella persona que se ve expuesta a un desafío aparentemente insuperable, pero gracias a su esfuerzo logra salir airoso (al menos en espíritu, ya que perdió su primera pelea contra Apollo Creed). Esa simpleza no está presente en el protagonista de esta nueva cinta, cuya vida está llena de matices y contradicciones. Es cierto, también tuvo un pasado duro, al crecer en orfanatos y reformatorios, pero parte importante de su juventud la pasó viviendo con grandes comodidades, llegando a obtener un trabajo que parece prometedor. El hecho de provenir de Los Ángeles incluso lo hace merecedor de algunas bromas, como el apodo “Hollywood” que destaca su contraste con los habitantes de Filadelfia.

La complejidad del personaje se nota sobre todo en la relación que tiene con su padre. Por un lado, está decidido a crear su propio camino, tratando de no vivir bajo su sombra, razón por la cual decide boxear ocupando el apellido Johnson en vez de Creed, o de mantener en secreto su origen con el resto de las personas. Pero al mismo tiempo su sueño es dedicarse al deporte que definió a su progenitor, y para eso le pide ayuda a uno de los mejores amigos de Apollo. La película no soluciona este dilema optando por una u otra opción, reconociendo en cambio la importancia de ambas posturas. No importa lo que hagamos, parece decir, nuestras raíces siempre serán parte de nosotros.

Como estamos ante una cinta de Rocky, hay ciertos elementos que no pueden ser omitidos. Las secuencias de entrenamiento, la pelea en desigualdad de condiciones, el esfuerzo sobrehumano que debe realizar el protagonista, la famosa música de Bill Conti, todo esto contribuye a que la nostalgia se despierte dentro del espectador. Incluso la trama sigue la fórmula que ya conocemos, con un desarrollo que puede ser adivinado simplemente leyendo la premisa. Pero a pesar de todos estos aspectos familiares, la cinta no cae en lo tedioso, ya que el director es capaz de crear una historia emocionante, en la que nos preocupamos por sus personajes. El gran logro de la película son sus personajes y la relación que existe entre ellos. Desde el romance de Donnie y Bianca (Tessa Thompson), una cantante que vive en el mismo edificio que él, hasta la dinámica que se produce entre Rocky y el protagonista.

Las peleas siguen siendo espectaculares, pero el corazón de esta cinta, y el de la saga a la que pertenece, se encuentra en los momentos fuera del ring, en las conversaciones de sus personajes, incluso en los silencios que comparten. La química entre los actores contribuye bastante a esto, sobre todo la de Stallone y Jordan. Con el paso de los años, Rocky fue adquiriendo una sabiduría que hace que su transición a la figura de mentor resulte natural. Sus lecciones sobre la vida resultan al mismo tiempo rudimentarias y honestas, alejadas de artificios, apuntando siempre a lo esencial. Se nota que Stallone está cómodo dentro del personaje, y hace tiempo que no veíamos una interpretación tan buena de su parte.

En la cinta no solo somos testigos de la lucha de Donnie, ya que Rocky también deberá enfrentar sus propias dificultades. El paso del tiempo y la muerte han marcado al personaje durante la mayoría de sus películas, desde sus amigos hasta su esposa, pero esta vez es él quien se ve afectado directamente. Lo hemos visto envejecer durante décadas, así que este tipo de momentos eran esperables, pero son pocas las cosas que te preparan para la imagen de Rocky en un hospital. En otros casos esto podría ser visto como una trampa, como un simple recurso narrativo, pero en este el impacto emocional resulta genuino, ya que el personaje se ha ganado esa cercanía con el público.

A esto también ayuda la conexión personal que Ryan Coogler tiene con la historia, ya que debió vivir momentos similares con su propio padre, lo que potencia la relación padre-hijo presente en la cinta. Y aunque no escribió el guion, Sylvester Stallone también tiene momentos que parecen tocarlo de forma más espiritual, como aquella escena donde Rocky le explica a Donnie que su hijo está viviendo en Vancouver. Si bien es algo que en términos narrativos solo busca explicar por qué un personaje que tuvo tanta relevancia en la anterior entrega ya no está, su ausencia hace recordar el fallecimiento de su hijo Sage en julio de 2012 –si bien el personaje fue interpretado por el actor Milo Ventimiglia en Rocky Balboa, fue el propio Sage quien lo encarnó en la anterior, Rocky V (1990).

Con lo buena que es, no estamos ante la mejor película de la saga. Ese título todavía pertenece a la primera. Hay algo irreproducible en esa cinta, que tiene que ver principalmente con el carácter marginal de sus personajes. Rocky, Adrian, Mickey, Paulie, todos estaban en el último escalón de la sociedad, sin un futuro demasiado prometedor. En el caso de Donnie y Bianca hay algo similar, como la dura niñez que tuvo él o la sordera que la afecta a ella, pero siguen siendo personas que se encuentran dentro de los estándares convencionales de belleza; tienen una cualidad de “estrellas de cine” que no pueden borrar. En la primera película eso no estaba presente, y la imperfección de sus personajes, su patetismo incluso, era capaz de crear momentos tan buenos como aquel donde Rocky y Adrian patinan de forma torpe sobre una pista de hielo.

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