The Hateful Eight (2015)

The_Hateful_Eight-posterQuentin Tarantino ejemplifica muy bien en qué consiste la teoría de autor en el cine. Según ésta, si bien las películas son creadas con el esfuerzo colectivo de varios artistas, es el director quien posee la principal voz dentro del proceso, tomando aquellas decisiones que definirán el resultado final. De esa manera, el trabajo de quienes participan en el proyecto se va a terminar adecuando a lo que esa persona requiera, y la obra en sí adoptará una visión determinada, que la diferenciará de los trabajos de otros directores. A lo largo de su carrera, Tarantino ha ido cultivando un estilo bastante reconocible, tanto así que quienes van a ver sus películas lo hacen no guiados por el tipo de historia que cuenta en cada una de ellas ni en los actores que aparecen en pantalla, sino porque por su nombre está ligado a la obra. En la actualidad son pocos los cineastas que logran ese efecto a un nivel tan masivo, siendo otros casos por ejemplo Woody Allen y Wes Anderson.

Durante los créditos iniciales de The Hateful Eight (Los 8 más odiados), su más reciente trabajo, un texto nos indica que estamos ante “el octavo filme de Quentin Tarantino”, una frase que trata de transmitir dos cosas. Por un lado, es un recordatorio de una promesa autoimpuesta por el director, quien ha dicho que se retirará después de completar su décimo largometraje, algo que es difícil que ocurra considerando el fanatismo que tiene por el cine y su anhelo creativo. Y por otro lado, es un aviso que funciona para dos tipos de espectadores: para aquellos que están viendo por primera vez una cinta de Tarantino, les indica que están a punto de presenciar algo bastante particular, a lo que quizás no se acostumbrarán de inmediato; y para quienes conocen la carrera del director, funciona como una especie de recibimiento a un lugar que ya habían visitado.

Dejando atrás la gran escala de cintas como Kill Bill (2003 y 2004), Ingloruious Basterds (2009) y Django Unchained (2012), el director ha decidido volver a lo básico, con una premisa sencilla que hace recordar a su largometraje debut, Reservoir Dogs (1992). Al prescindir de una trama demasiado complicada y limitando las locaciones a lo mínimo, Tarantino se deshace de las distracciones y nos entrega una película más pura, en la que su estilo se puede apreciar mejor. Con un puñado de personajes, es capaz de llenar tres horas de metraje, donde son los elementos que han definido su trabajo los que se convierten en los pilares de la película, en una especie de desafío estético que busca responder la pregunta “¿es tu estilo lo suficientemente potente como para sostener una película completa?”.

La historia está ambientada en Wyoming, algunos años después del término de la guerra civil estadounidense. Una diligencia atraviesa el paisaje nevado, apremiada por la presencia de una enorme tormenta que le pisa los talones. En su interior se encuentra el afamado cazarrecompensas John Ruth (Kurt Russell), quien viaja junto a una criminal llamada Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh) para que la cuelguen en el pueblo de Red Rock. En el camino se encuentran con Marquis Warren (Samuel L. Jackson), un héroe de guerra que luchó por el bando de la Unión y que actualmente se dedica al mismo negocio que Hurt. Un cuarto pasajero se une a ellos más adelante, Chris Mannix (Walton Goggins), un sureño racista, todavía fiel a la causa de la Confederación, quien dice ser el nuevo sheriff de Red Rock.

Como la tormenta los alcanzará antes de llegar al pueblo, el grupo decide esperar algunos días en una posada, pero al llegar se encuentran con la sorpresa de que sus dueños salieron y el lugar quedó a cargo de un mexicano llamado Bob (Demián Bichir). Además, no serán los únicos huéspedes que alojarán allí, ya que en su interior están el verdugo Oswaldo Mobray (Tim Roth), el exgeneral de la Confederación Sandy Smithers (Bruce Dern) y un enigmático vaquero llamado Joe Gage (Michael Madsen). Hurt y Warren notan de inmediato que hay algo sospechoso en el lugar, y la posibilidad de que alguno de los personajes intente matarlos para cobrar la recompensa de la cautiva o incluso estén confabulados con ella para liberarla, hace que la tensión vaya aumentando con cada minuto que pasa. La situación se transforma en una verdadera bomba de tiempo, donde la pregunta no es si va a explotar o no, sino cuándo y cómo.

Ganador de una Palma de Oro en el Festival de Cannes, de dos premios Óscar y varios otros galardones, siendo además el inspirador de numerosos imitadores, Quentin Tarantino parece gozar de total libertad al momento de diseñar sus proyectos, una libertad que ha sido garantizada durante todos estos años con la ayuda financiera de los hermanos Weinstein. Esto se nota con The Hateful Eight, cuyas excentricidades técnicas, narrativas y de contenido probablemente no habrían sido aceptadas en caso de haber sido utilizadas por otro director. De hecho, incluso si las hubiesen aceptado, es poco probable que el resultado haya sido satisfactorio, ya que Tarantino ha alcanzado un estatus tal que incluso sus decisiones más extrañas son finalmente acogidas por la mayoría. Con mayor o menor éxito, siempre logra salirse con la suya.

Uno de esos elementos que hemos aprendido a aceptar son sus diálogos artificiosos, con frases rebuscadas que se alejan de lo que uno puede considerar natural, pero que son muy cinematográficos y resultan coherentes con el resto de su estilo. Tarantino es consciente del talento que tiene para crear estas conversaciones, llegando a alargarlas al punto de que pueden tratar temas tan triviales como las diferencias entre la comida rápida de Francia y Estados Unidos, pero sin caer en el mero relleno, ya que nos ayudan a entender la personalidad de los personajes involucrados. Como los personajes de esta película se encuentran reunidos en un solo lugar, sin más interferencias externas que el clima, los diálogos se convierten en el principal motor de la primera mitad del metraje.

A medida que conversan, queda claro que más de alguno está mintiendo, y de a poco se van levantando enemistades e incertidumbres entre ellos. Pensada originalmente como una cinta que debe ser mostrada con una obertura y una intermisión, esa versión de The Hateful Eight solo se pudo ver en algunos cines de Estados Unidos; sin embargo, en la versión corriente igualmente se nota el cambio de tono y ritmo que se produce en el momento en que debía aparecer la intermisión. Es durante esa segunda parte que se desencadena todo el suspenso que se había ido acumulando en las secuencias previas, en una explosión de violencia excesiva, que llega a niveles extrañamente cómicos e incluso autoparódicos para un Tarantino que siempre ha sido criticado por ese tipo de imágenes. Estos minutos no solo parecen demostrar la falta de cuidado que el director siente por esos cuestionamientos, sino que alcanzan niveles de provocación.

La anticipación a esos momentos es complementada por la música de Ennio Morricone, la que se convirtió en la primera banda sonora original utilizada por Tarantino en una de sus películas. En sus anteriores trabajos utilizó canciones preexistentes, incluidas algunas que el propio Morricone había hecho años atrás, pero para esta decidió que necesitaba algo propio. Es además la primera vez en décadas que el compositor italiano hace la música de un western, ya que había dejado de hacerlo tras la muerte de uno de sus grandes colaboradores, el cineasta Sergio Leone, en señal de respeto. El resultado se aleja de las melodías que hizo para el propio Leone, asimilándose más a la banda sonora de una película de terror, lo que sirve como una premonición de lo que ocurrirá en las macabras secuencias finales.

Con la participación de Morricone, sumado a la actuación de Kurt Russell y el marco de la historia, se crea un evidente vínculo entre The Hateful Eight y la película The Thing (1982). En ambas se muestra a un grupo de personajes encerrados en un lugar aislado, en medio de un paisaje cubierto de nieve, existiendo una constante paranoia producto de la verdadera identidad que esconden. Pero la obra de Carpenter es más efectiva, ya que como espectadores sabemos la naturaleza del peligro que amenaza a los protagonistas, y nuestra única duda recae en quién de ellos es quien dice ser. En la de Tarantino, en cambio, las sospechas de Ruth y Warren son más vagas, basándose en presunciones poco claras. Sabemos que algo malo va a ocurrir más adelante, pero basados en el hecho de que estamos viendo una cinta de Tarantino, no en las pistas que se han ido entregando.

Otro elemento característico del trabajo de este cineasta es la elección de los actores, mezclando caras conocidas con otras más inesperadas. Entre los nombres que vuelven a trabajar con Tarantino se encuentran Russell, Roth, Madsen, Goggins y especialmente Jackson, quien demuestra una vez más que es uno de esos actores que entienden a la perfección el estilo del director y la forma en que deben ser dichos sus diálogos. Goggins se une a él como uno de los puntos fuertes del elenco, interpretando a probablemente el único personaje que tiene una especie de arco a lo largo de la cinta, mientras que Roth parece estar ocupando los zapatos de un personaje que fue originalmente pensado para Christoph Waltz, y Madsen se limita a aplicar todos sus “madsenerismos” (arrugar la cara y entrecerrar los ojos como si tuviera el sol constantemente en la cara, y ocupando una voz rasposa que suena casi como un susurro) alcanzando un resultado poco convincente.

Sin embargo, la gran actuación a destacar es la de Jennifer Jason Leigh, cuyo personaje se encuentra al centro de todo el conflicto. Debido al éxito que tuvo durante los años 90, podría pensarse que la actriz es uno de esos casos en los que el director ha rescatado la carrera de un intérprete que se encontraba en un punto bajo de su carrera, como ocurrió con John Travolta o Pam Grier. Pero la verdad es que Leigh no ha llegado la situación de esos actores, ya que en 2015 protagonizó otra de las cintas más alabadas del año, Anomalisa de Charlie Kaufman y Duke Johnson. Lo que ocurre con ella, más bien, es que su participación en The Hateful Eight le ha permitido obtener una notoriedad mayor a la que nunca tuvo, pero que siempre mereció. Es una especie de reconocimiento por parte de Tarantino, no una mera segunda oportunidad.

Daisy Domergue parte la película casi como un apéndice del personaje de Kurt Russell. Estando encadenada a él, en una clara desigualdad de poder, sus interacciones se limitan a responder a lo que haga o diga su captor, recibiendo de vez en cuando un brutal maltrato por parte de él. La situación que debe vivir llega incluso a dar lástima, pero tras cada golpe o insulto sus ojos reflejan un odio que espera por salir. Cuando la conocemos no sabemos por qué se ofrece una recompensa tan grande por ella, pero asumimos que es por algo grave, así que su rol durante la primera mitad de la cinta no debe ser vista como pasividad o sometimiento, sino que como una impaciente espera. Su personaje es un animal salvaje que está agazapado, aguardando el momento preciso para atacar. Y cuando eso ocurre, vemos su verdadero rostro, el que es encarnado por Leigh con una entrega impresionante.

Que ella sea la única mujer dentro de este grupo de desalmados puede incomodar a algunas personas, especialmente en aquellos momentos donde los golpes recibidos le dejan unas notorias marcas en la cara. Pero si bien el maltrato físico y los insultos que recibe tienen a veces connotaciones misóginas, la película en sí no parece emitir comentario alguno acerca de su género, ni a favor ni en contra de Daisy. Que sea una mujer parece ser un detalle accidental de la trama, ya que nada cambiaría si fuese un hombre. Todo lo que ocurre se basa en los crímenes que cometió y en lo que hace durante la película, sin que el hecho de ser mujer tenga una especial importancia. Es tanto así, que la cinta no parece tener un propósito demasiado claro, como ocurría con Basterds o Django, donde el núcleo de sus historias se basaba en la venganza de sectores oprimidos (judíos y afroamericanos, respectivamente). Death Proof (2007) posee un comentario mucho más claro acerca de las violencia de género que la que se podría ver en The Hateful Eight, si es que se puede encontrar alguno.

Más claras resultan sus reflexiones acerca de la raza, y cómo las divisiones que existían en el Estados Unidos del siglo XIX no se diferencian demasiado de las que encontramos en el panorama actual, donde los debates acerca de la discriminación racial y el derecho a reivindicar la ideología de la Confederación se han tomado la opinión pública. Frases como “la única vez que los negros se sienten a salvo es cuando los blancos están desarmados” suenan estremecedoramente relevantes para la Norteamérica de hoy. Pero a pesar de eso, es difícil sostener que el sentido de la película gire en torno a estos elementos, quedando en cambio como un añadido. Cuando aparecen los créditos finales, ideas como la justicia, la redención o la catarsis están ausentes de lo que acabamos de ver, siendo este uno de los trabajos más nihilistas de Quentin Tarantino a la fecha. En la película no hay héroes a los que apoyar, ya que hasta los personajes que parecían más defendibles terminan relevando algo que nos hace cuestionar su moralidad; y ni siquiera la sobrevivencia de ellos se encuentra garantizada, ya que cualquiera puede morir.

La inquietud del director, más que lo que se está diciendo, es cómo se dice. Lo que hace que estemos ante una cinta llamativa son sus elementos narrativos y de estilo, no su contenido. Por eso, uno de los aspectos más publicitados fue la decisión del cineasta de filmar la película en Ultra Panavision 70, un formato popular durante los años 50 y 60, pero que hoy en día es una completa rareza, debiendo equipar algunos cines en Estados Unidos para que pudieran proyectarla de la manera adecuada. La imagen resultante posee una gran anchura, lo que es resaltado por los planos generales ocupados durante los primeros minutos, pero el hecho de que la mayoría de las escenas estén ambientadas en el interior de una cabaña levanta más de alguna duda. Pese a eso, Tarantino logra aprovechar el formato en aquellas secuencias, gracias a una buena composición de los planos que nos permite tener un mejor entendimiento del lugar y captar información de manera visual. Así, la justificación termina surgiendo a posteriori; en vez de que la locación hiciera aconsejable ese formato, la película de 70 mm funciona a pesar de las limitaciones espaciales.

Debido al talento narrativo y la dedicación de su director, The Hateful Eight es una cinta sobresaliente, que gracias a sus personajes e interacciones logra ser entretenida no obstante su larga duración. La gran pregunta que surge, sin embargo, es el punto de todo esto, sobre todo si consideramos que Tarantino se comprometió a estrenar un número muy limitado de largometrajes. Si este es su octavo, uno podría pensar que la elección de cada uno de sus proyectos sería más cuidadosa, tratando de aprovechar cada uno de ellos para intentar algo nuevo y superarse a sí mismo. Salvo cuestiones menores como el formato en el que fue filmada o la utilización de una banda sonora original, no hay grandes innovaciones si la comparamos con sus anteriores trabajos. Con esta película revisitó el western, un género que ya había hecho, también repitió la idea de centrar la acción en un solo lugar, con un grupo de personajes enfrentados entre sí, y ya hemos visto cosas como dividir la cinta en capítulos o jugar con el orden cronológico de sus partes para revelar cosas que habían ocurrido antes. La propia conclusión de la trama, un brutal baño de sangre que deja pilas de cadáveres, fue repetida en sus dos cintas previas.

Es cierto, en algunos de estos aspectos la película llega incluso a superar elementos que aparecieron en otros de sus trabajos, pero se trata más que nada de una variación en la calidad de los factores, no en la identidad de estos. Para el caso de Tarantino, un director que se ha caracterizado por su capacidad para intentar cosas nuevas, de extraer elementos provenientes de otros lugares para traducirlos a su propia manera, la imagen que proyecta en esta obra se asemeja más al de una serpiente que se come su propia cola.

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2 pensamientos en “The Hateful Eight (2015)

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