The Big Short (2015)

The_Big_Short-posterCuando se estaban haciendo las predicciones a mediados del año pasado sobre las películas que serían las favoritas en la temporada de premios, The Big Short (La gran apuesta) ni siquiera estaba mencionada. A pesar de contar con una historia interesante, basada en la crisis económica que explotó en 2008 vista desde la perspectiva de Wall Street, y tener a su alcance un reparto envidiable lleno de actores conocidos, el hecho de que Adam McKay fuese el director no terminaba de convencer. Dado que su trayectoria cinematográfica consistía mayoritariamente en comedias protagonizadas por Will Ferrell, como Anchorman (2004) y Step Brothers (2008), el resultado no parecía presagiar demasiados galardones artísticos. Pero así como ocurre con su propia trama, los pronósticos correctos no son siempre tan evidentes.

El tema tratado tampoco era sencillo de abordar, lo que dificultaba la tarea de McKay. Hasta el día de hoy, no todas las personas entienden con claridad lo que realmente ocurrió en aquellos años y por qué la economía mundial se vio tan afectada. En términos simples, la crisis se produjo por un falseamiento de información financiera que generó una sensación de seguridad ficticia, creando una burbuja que estalló en 2008. Hasta esa fecha, múltiples inversores compraban paquetes de hipotecas que supuestamente tenían un porcentaje decente de pago, los que estaban conformados por miles de hipotecas de diverso riesgo, pero lo que en realidad ocurría es que el riesgo asignado al paquete completo no coincidía con el real, que era mucho más alto. La economía de Estados Unidos se fue modelando en torno a este sistema, tanto así que cuando detonó la crisis, hubo un efecto en cadena que alcanzó a varios sectores de la sociedad e incluso a otros países.

Lo que esta cinta sostiene es que situaciones como la explicada ocurrieron en parte porque los responsables crearon un lenguaje que solo ellos entendían, pudiendo actuar sin demasiados obstáculos. Términos como subprime, obligación colateralizada por deuda (CDO) o valores respaldados por hipotecas (MBS) requieren un entendimiento especial para comprender sus verdaderos alcances, y es por eso que la película se esfuerza para que los espectadores vayan siguiendo la historia. Su estrategia es didáctica y extravagante, ocupando a celebridades para que nos expliquen brevemente algunas de las ideas más complejas. Así, podemos ver a Margot Robbie hablándole a la audiencia sobre economía mientras toma un baño de espuma, o al chef Anthony Bourdain haciendo una analogía con pescados para que entendamos cómo las hipotecas eran camufladas para engañar a los inversores.

Al tener un flujo constante de información, con tecnicismos apareciendo por doquier, The Big Short requiere la atención del espectador en todo momento, e incluso así hay ocasiones en los que algunos detalles no quedan muy claros. No es fácil determinar si todo esto es una consecuencia de la dificultad inherente a este tipo de temas, o una estrategia consciente de la película para transmitir la idea de que el lenguaje técnico fue la principal herramienta que ocuparon los responsables de la crisis. Aún así, el hilo conductor de la historia puede ser seguido a grandes rasgos, y si bien ciertas partes específicas escapan de nuestra comprensión, entendemos lo que los personajes quieren lograr y las barreras que tendrán que superar.

Como está estructurada en una especie de relato coral, la cinta no tiene un protagonista claro, pero quien pone en movimiento la trama es Michael Burry (Christian Bale), un hombre que trabaja en un fondo de inversiones. Sus relaciones con otras personas resultan torpes y es incapaz de comprender a cabalidad las convenciones sociales, pero su entendimiento de los números es brillante, y es gracias a éste que logra descubrir el riesgo que asechaba a la economía estadounidenses años antes de que saliera a la luz. Sabiendo que el mercado inmobiliario está destinado a fracasar, Burry comienza a invertir en su contra, algo que es recibido con sorpresa por los bancos, pero dado que confían en que el sistema es sólido, ven su dinero como un regalo. Comentarios acerca del comportamiento del personaje llegan hasta Jared Vennett (Ryan Gosling), quien descubre que sus predicciones son ciertas y decide seguir su camino. La estela creada por Burry es posteriormente seguida por el inversor Mark Baum (Steve Carell), un desencantado del sistema económico, y por los jóvenes Charlie Geller (John Magaro) y Jamie Shipley (Finn Wittrock), quienes son aconsejados por un exbanquero llamado Ben Rickert (Brad Pitt).

Además del tema complejo que explora con esta película, el gran cambio que se nota en Adam McKay es su propio estilo de dirección. “Estrafalario” es una buena palabra para definirlo, ya que además de las escenas donde celebridades explican al espectador algunos conceptos, la cinta está llena de elementos poco convencionales. Uno de ellos es el trabajo de cámara, que emula la imagen temblorosa de las películas de Paul Greengrass, gracias al trabajo de su director de fotografía habitual, Barry Ackroyd. Este efecto es potenciado con movimientos de cámara voluntarios, acercamientos y cambios de foco repentinos, lo que va creando una apariencia agitada. El montaje llega a ser igual de extraño, con ocasiones en los que se recurre a cortes rápidos que no necesariamente tienen que ver con lo que está ocurriendo, sino que tratan de transmitir una especie de idea o sensación.

Medidas tan vistosas como estas son capaces de captar la atención de la audiencia, aunque no siempre funcionan. A veces la combinación de los elementos logra crear un sentimiento de agitación, como una especie de reflejo del espíritu de la época en la que está ambientada la historia, pero en otros momentos no parecen tener razón de ser. El lenguaje cinematográfico debe estar al servicio de lo que se quiere decir, y ocupar una de sus herramientas solo porque sí no es una justificación suficiente. Esto se nota sobre todo en las constantes referencias a la cuarta pared y al hecho de que los personajes se encuentran dentro de una película, cuya efectividad es muy variable. De vez en cuando resulta una estrategia ingeniosa y divertida, mientras que en otras se siente como una mera distracción.

Lo que si funciona es el ritmo narrativo y la capacidad que tiene la película para mantener entretenida a la audiencia, algo que no es sencillo considerando que gira en torno al mundo financiero y a que dura más de dos horas. Además de eso, The Big Short cumple con su fin educativo, ya que logra explicar en términos asequibles algo que fue diseñado especialmente para lucir confuso. Sin embargo, entre tantos números y porcentajes, el desarrollo de los personajes pasa a ocupar un segundo plano. Son muy pocas las ocasiones en las que vemos a los protagonistas demostrar emociones que no estén ligadas a sus trabajos, así que al final de la película es poco lo que sabemos de ellos más allá de un par de características acerca de sus personalidades. Considerando que el viaje de la mayoría de los personajes es bastante parecido entre sí, no habría sido difícil prescindir de alguno de ellos para darle mayor pantalla a los demás (centrarse, por ejemplo, en los personajes de Bale y Carell, que son los más interesantes).

La película no esconde su descontento en contra de los responsables de aquella crisis económica. Aprovechando unas secuencias en las que los protagonistas tratan de confirmar que la situación descrita en las estadísticas coincide con la realidad, la cinta nos muestra la desfachatez de quienes contribuyeron a ese problema. A pesar de conceder créditos sin ninguna consideración por el efecto que pueden tener en la sociedad, las palabras de esas personas no tienen una pizca de vergüenza; todo lo contrario, se dedican a jactarse de lo que hacen. De vez en cuando el punto es reiterado a través de momentos menos sutiles, como aquella escena donde se muestra a una fiscalizadora que está más preocupada de encontrar un trabajo en el sector privado que de cumplir su función, o en diálogos donde se compara a los banqueros con los traficantes de drogas, quedando los primeros peor parados.

No era necesario insistir tanto en algo que ya estaba claro, porque se puede caer en el sermoneo. Películas como The Wolf of Wall Street (2013), por ejemplo, que también está ambientada en el mundo financiero, no necesitan de mensajes explícitos acerca de la moralidad de su protagonista, ya que sus propios excesos son suficientes para que lo entendamos. Cuestiones como la hipocresía de un sistema que premia a los oportunistas por sobre las personas rectas quedan claras gracias al paralelo que se hace entre las vidas del personaje principal y del detective que intenta atraparlo, o a través de esa última escena, donde vemos cómo los delitos cometidos por el protagonista llegaron a generar admiración en algunas personas. A veces los mensajes más poderosos son aquellos que no se entregan de manera directa, permitiendo en cambio que el espectador los descifre.

Al basarse en un descalabro económico tan grande, cuyas consecuencias afectaron a millones de personas, el tono ocupado por la cinta era un punto crucial. Existe una gran predominancia de momentos cómicos a lo largo del metraje, lo que fácilmente podría haber provocado una respuesta adversa por parte del público. ¿Cómo se atreven a bromear con un tema como ese? Lo que ayuda a The Big Short es que sus protagonistas no fueron los responsables de la crisis económica, sino que quienes la descubrieron, y a que los chistes en cuestión no son sobre los efectos que tuvo sobre la población, sino que sobre sus causas y lo absurdamente descaradas que fueron. Es un humor negro que transita una línea muy delgada, lo que se nota sobre todo cuando examinamos la película con más atención.

Como sus personajes principales no son exitosos y deben luchar contra varios obstáculos, se crea una empatía hacia ellos, lo que se traduce en que la audiencia quiera que triunfen. Pero este deseo de que los protagonistas tengan razón significa que la burbuja inmobiliaria efectivamente estalle, así que en el fondo estamos esperando con ansias a que ese momento llegue. Algo similar ocurre con el hecho de que la primera reacción que tienen los personajes tras descubrir lo que se viene, sea encontrar una manera de ganar dinero, una decisión que nos dice bastante acerca de nuestra sociedad. Este tipo de contradicciones son muy interesantes, y sus efectos alcanzan un punto alto durante los últimos minutos de The Big Short.

De repente, el éxtasis de los minutos previos es reemplazado por una atmósfera melancólica, ya que la realidad se abre camino y alcanza a los protagonistas. Es cierto, alcanzaron el objetivo buscado, pero a qué precio. Esto se nota especialmente con el personaje de Steve Carell, que es lo más parecido a una brújula moral que tenemos en la cinta. Esa sensación de tristeza a pesar de haber triunfado, ese golpe en el estómago, es lo más duradero que queda de la película y uno de sus elementos más admirables.

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