The Revenant (2015)

The_Revenant-posterUno de los aspectos más publicitados de The Revenant (Revenant: El renacido), de Alejandro González Iñárritu, fueron las duras condiciones en que fue rodada. La producción de la película se llevó a cabo en tres países diferentes, en zonas remotas donde las bajas temperaturas se convirtieron en un verdadero desafío para las personas involucradas. La decisión de filmar utilizando solo luz natural limitó las posibilidades de rodaje a solo un par de horas cada día, y las complejas escenas de acción se convirtieron en una pesadilla logística. El director mexicano escogió de manera consciente estas dificultades, inspirado por la manera en que se hacía el cine en décadas anteriores, cuando la ausencia de pantallas verdes obligaba a los realizadores a viajar al lugar físico donde transcurre la acción.

Esto hace recordar casos como Apocalypse Now (1979) de Francis Ford Coppola o las cintas Aguirre, the Wrath of God (1972) y Fitzcarraldo (1982) de Werner Herzog, cuyas accidentadas producciones se convirtieron en un caso de estudio por sí mismas. Pero ese no es el único elemento que vale la pena destacar de aquellas películas, ya que la calidad de una obra no se mide solo por lo laboriosa que haya sido su filmación. Es un aspecto a considerar, claro, pero no el único; ni siquiera el principal. Lo que hizo de Boyhood (2014) una buena película, por ejemplo, no fue solo el hecho de que su rodaje se llevó a cabo durante un periodo de doce años, sino la manera en que se utilizó esa estrategia para contar una historia y transmitir ideas. Cuando lo único que se puede destacar de una cinta es su producción, caemos en el terreno de obras como Waterworld (1995). Afortunadamente, The Revenant no llega a ese nivel, entregando algo más que una mera hazaña técnica.

La trama está inspirada en un hecho real que ocurrió a comienzos del siglo XIX, al que se le agregaron algunos cambios. Nuestro protagonista es Hugh Glass (Leonardo DiCaprio), un hombre que trabaja como cazador de pieles de animales junto a su hijo mestizo, Hawk (Forrest Goodluck). Se trata de una tarea ardua, que exige vivir en terrenos hostiles durante varios meses, pero que entrega una buena recompensa económica. Un día, el grupo del que forman parte es atacado por una tribu indígena, y la expedición que contaba con 40 hombres es reducida a menos de una docena. Los sobrevivientes deciden regresar a su refugio a través de las montañas, pese a los reclamos de John Fitzgerald (Tom Hardy), un ambicioso hombre que prefería continuar por el río.

Durante el camino, Glass es atacado por una osa grizzli que le produce graves heridas, dejándolo a penas con vida. Como transportar al protagonista a través de un terreno como este es demasiado complejo, y su delicado estado de salud parece irremediable, el capitán de la misión, Andrew Henry (Domhnall Gleeson), deja al herido en compañía de su hijo Hawk, un joven cazador llamado Jim Bridger (Will Poulter) y Fitzgerald, para que estén junto a él durante sus últimos momentos y le den una sepultura apropiada. Sin embargo, la idea de quedarse atrás y esperar a que Glass muera no es del agrado de Fitzgerald, quien asesina a Hawk, convence a Bridger de que los indígenas están cerca, y huye dejando al protagonista por muerto. El asesinato de su hijo llena a Glass de ira, y pese a su estado, decide ponerse en movimiento para alcanzar al responsable y cobrar venganza.

Una de las cosas que más llama la atención de esta cinta es el trabajo de su director de fotografía, Emmanuel Lubezki. Considerando esta y su anterior colaboración, es válido preguntarse cuánto le deben las películas de González Iñárritu a la labor de “Chivo”, ya que su destreza visual se ha convertido en el gran atractivo de sus más recientes obras. Y en The Revenant no tardamos mucho en darnos cuenta de su talento, ya que en los primeros minutos somos testigos de una espectacular secuencia de acción, donde la cámara parece flotar en medio del caos, entregando una visión enérgica y cercana de la violencia que se está desenvolviendo en la pantalla. Lubezki ya había creado momentos similarmente ambiciosos con Children of Men (2006), de Alfonso Cuarón, pero en esta ocasión la escala y complejidad de los movimientos alcanzan un nuevo nivel. Sus intrincados planos secuencia, cuya fluidez resulta casi hipnótica, se convierten en el acompañamiento preciso para este tipo escenas, entregando un resultado tan novedoso como potente.

La violencia presente en la película no está estilizada ni glorificada, sino que mostrada en toda su crudeza, lo que se nota sobre todo en la escena donde Glass es atacado por el oso. Es uno de esos momentos que quedan adheridos de inmediato a la mente del espectador, y si bien sabemos que el protagonista va a sobrevivir, cada zarpazo y mordida que recibe se siente con gran intensidad. Momentos brutales como ese son contrastados con la belleza del paisaje, que es capturado por Lubezki con esa majestuosidad que demostró en las películas de Terrence Malick. La cinta es construida sobre este tipo de opuestos, como el del hombre y la naturaleza o el mundo terrenal y el espiritual. Pero los elementos en cuestión no están separados entre sí, ya que son capaces de mezclarse hasta difuminar la línea que los separa. Es lo que ocurre con el propio protagonista, un hombre blanco que vivió en compañía de los indígenas y cuyo hijo es una representación de esa unión. Podemos notar también esta mixtura de manera visual, gracias a la ropa que ocupan los personajes, que les entrega una apariencia animalesca, camuflándolos con el entorno.

Una de las dualidades más claras en la película es la de civilización y barbarie, una distinción que es utilizada por algunos personajes en sus diálogos, pero que en la práctica resulta inútil. El comportamiento de los hombres blancos no es mejor que el de los indígenas, pudiendo decirse incluso que todos los conflictos que se producen a lo largo de la cinta tienen como motivo un concepto creado por el mundo civilizado, como el dinero y la avaricia que conlleva o la distinción arbitraria entre diversas categorías de seres humanos. El único momento en el que un aspecto ajeno llega a tener real injerencia sobre la trama es en el ataque del oso, ya que el comportamiento del animal es una simple reacción que es guiada por el instinto, no por la consciencia. Se trata de uno de esos hechos que están muy presentes en el cine de González Iñárritu, donde una especie de fuerza superior controla el destino de sus personajes.

Otro de los elementos comunes en la filmografía del director es la presencia de lo trascendente. Si bien el cineasta mexicano no se considera a sí mismo religioso, sus trabajos poseen un manifiesto componente espiritual, el que también se nota en The Revenant. A través de unas secuencias de carácter irreal, la película busca alcanzar esa grandilocuencia que ha caracterizado a los anteriores trabajos de González Iñárritu, pero de manera similar a ellos, el resultado termina siendo poco claro. A pesar de lo poco sutiles que son las escenas, paradójicamente su carácter nebuloso impide determinar cuál es su verdadero sentido. Más allá de lo bellas que puedan ser las imágenes, la falta de un significado por parte de esos símbolos parece indicar que no existe una visión demasiado definida por parte del cineasta.

Al momento escribir sobre una película, una de las actitudes más cuestionables es la de intentar decirle al director cómo debió hacer su propia obra, pero en este caso no puedo dejar de imaginarme cómo habría resultado la cinta si se hubiesen dejado fuera esas secuencias oníricas. No estoy diciendo que se deba abandonar el aspecto trascendental de la historia, sino que de limitarlo a los diálogos de los personajes, dejando que sea el propio espectador quien interprete cuál es el lugar que tiene dios o cualquier fuerza superior en un mundo como el que se muestra en la pantalla. Además, la imagen de la esposa muerta como una figura celestial cuyo único fin consiste en incentivar al protagonista a seguir adelante ya resultaba poco convincente cuando Ridley Scott la ocupó en Gladiator (2000).

La preponderancia de los elementos físicos también se nota en la interpretación de Leonardo DiCaprio, quien se rumorea podría ganar su primer premio Óscar este año. En términos emocionales, su actuación resulta potente, transmitiendo la mayor parte de lo que siente a través de su mirada, sin necesidad de demasiados diálogos. Pero lo más llamativo son los martirios que debe pasar su cuerpo a lo largo de la película, sumergiéndose en aguas gélidas o comiendo carne cruda. Una de las preguntas que pueden surgir es si su actuación le debe más a elementos externos que a una interpretación propiamente tal, pero la verdad es que al momento de construir un personaje cada factor cuenta; lo que DiCaprio hace en la cinta no es muy diferente de las transformaciones físicas a las que otros actores se someten para encarnar un determinado rol. Que sea algo poco común, y por lo tanto difícil de definir, no significa que carezca de mérito.

A pesar de las elevadas pretensiones de González Iñárritu de otorgarle a su relato una dimensión profunda y reflexiva, lo que más termina resonando en The Revenant son sus elementos tangibles, terrenales. Son los kilómetros que Glass debe transitar a pie o el frío que debe soportar los que tienen un mayor impacto en el espectador, no su viaje personal, ya que hacia el final del metraje ni siquiera estamos seguros de si el protagonista cambió como persona y, si es que llegó a cambiar, cómo lo hizo.

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2 pensamientos en “The Revenant (2015)

  1. Venía con toda la disposición a rebatirte, recordando todas las alabanzas que ha recibido la película en estos días, pero veo que tenemos opiniones bastante parecidas.

    La escena inicial es una delicia, dónde se muestra los elementos más destacables de la obra: , el manejo atrevido e inusual de las cámaras y la dirección de fotografía. Inolvidable es la escena dónde uno siente que viaje por las nubes y todos los enfrentamientos en el film.

    La historia en si es simple y no tiene que ser más que eso, es por eso que me hacen ruido las escenas oníricas, visiones que no sumaban a la experiencia de la película.
    Quizás se buscaba un quiebre, pero el resultado es muy simple y ya visto.
    Aparte de Gladiador, como lo mencionas, también está la serie Spartacus que también tomó este elemento, por lo que siento que la película pierde mucho más de lo que gana con esta decisión.

    La experiencia visceral de la cinta también es un aspecto destacable, DiCaprio logra con creces transmitir el dolor y la lucha por sobrevivir; todo esto coronado con la escena de la pelea final, dónde se conjugan todos los elementos destacables ya mencionados.

    Creo que el papel principal tenía más desafíos físicos que emocionales, que ciertamente es una parte de la actuación, pero no creo que sea lo medular, y me llama poderosamente la atención que todo indica que esta sea la película que le dará el Óscar a DiCaprio.

    Saludos.

  2. Pingback: Bone Tomahawk (2015) – sin sentido

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