Steve Jobs (2015)

Steve_Jobs-posterAl ser la cara visible de una empresa tan conocida como Apple, Steve Jobs se convirtió en un verdadero ícono popular. Su fama no se debió solo al éxito económico que logró, sino también a su manera de hacer las cosas, siendo calificado de “visionario” e idolatrado por muchos. Por eso, no es de extrañar que tras su fallecimiento se hicieran películas sobre él. La producción de esta cinta en particular llamó bastante la atención debido al hackeo que sufrió Sony en 2014, filtrándose detalles de este y otros proyectos del estudio. Ocurrieron varios cambios durante las etapas previas a la filmación, desde la adquisición de los derechos por parte de Universal Pictures, pasando por el reemplazo de David Fincher por Danny Boyle en la dirección, hasta la consideración de Christian Bale y Leonardo DiCaprio para el rol protagónico, papel que finalmente recayó en Michael Fassbender. Pese a las dificultades, el largometraje pudo completarse y el resultado es mejor de lo que los problemas habrían hecho esperar.

Cuando se hace una película basada en la vida de alguien famoso, sobre todo cuando es alguien tan venerado como Jobs, se corre el riesgo de hacer un mero producto enaltecedor, que elogie al retratado de tal manera que lo convierta en una especie de ideal inalcanzable. Cintas como esas no tratan de mostrarnos el lado humano de sus protagonistas, sino que de glorificarlos hasta el punto de que resulten irreales, carentes de vida. Afortunadamente eso no ocurre acá, ya que la película no tiene miedo de enseñar los aspectos más problemáticos del personaje principal, tanto así que hay ocasiones en las que parece un verdadero cabrón. A pesar de su capacidad para tratar temas ligados a la tecnología y el marketing, nos dice la cinta, Steve Jobs dejaba mucho que desear al momento de interactuar con otras personas, comportándose como alguien extremadamente obsesivo y terco, hiriente y narcisista. Si bien para los fanáticos más acérrimos del personaje esto puede parecer una ofensa, en realidad ayuda a desmitificarlo, haciéndolo más complejo e interesante.

Para este tipo de obras las actuaciones son muy importantes, y Michael Fassbender logra superar el desafío. Su presencia se nota en cada escena, transmitiendo la intensidad del protagonista y sus ansias por controlar cada uno de los detalles que están a su alcance. A lo largo de la película vamos notando la evolución del personaje, quien va haciéndose menos impulsivo y aprende a escuchar a los demás a medida que pasan los años. La de Fassbender no es una imitación, ya que no adopta el tono de voz de Jobs, y ni siquiera se parece a él físicamente. Lo que realmente le importa es que las emociones que exprese resulten reales dentro del contexto de la historia y en relación a su personaje, algo que el actor termina consiguiendo.

El director Danny Boyle, conocido por un estilo hiperactivo que llega a ser excesivo en algunas de sus obras, decide adoptar una actitud más moderada en esta película, dejando que otros elementos obtengan protagonismo. Hay algunas muestras de su particular visión, como la estrategia de proyectar imágenes en paredes o en el suelo de vez en cuando para ilustrar una determinada idea, y en la utilización de algunos ángulos y posiciones de cámara poco usuales, pero por lo general su labor resulta más sutil, lo que se puede notar en su estrategia de filmar la película en diferentes formatos (16mm, 35mm y digital) para reflejar el paso del tiempo en el relato. En realidad, el gran protagonista de la cinta es el guionista Aaron Sorkin; su estilo pasa a definir todos los demás aspectos de la obra, incluida las actuaciones, ya que los intérpretes deben acomodar su propia labor a esos diálogos tan densos y veloces que han hecho famoso al guionista.

En lugar de hacer una película biográfica convencional, que narre la vida del personaje principal desde su juventud hasta su vejez, destacando los hitos importantes de su vida entre medio, Sorkin decidió estructurar la trama en tres momentos particulares. Cada uno de estos segmentos ocurre casi en tiempo real, y todos tienen lugar antes del lanzamiento de algún producto en el que Steve Jobs tuvo un rol fundamental. El primero, ambientado en 1984, gira en torno a la presentación del Macintosh; el segundo, de 1988, es el lanzamiento de NeXT, el fallido proyecto que realizó Jobs tras su polémico despido de Apple; y el tercero, ambientado en 1998, muestra los preparativos del lanzamiento del iMac, tras el triunfal regreso del protagonista a la empresa que ayudó a fundar. La preponderancia de conversaciones, y el hecho de que la mayoría se realicen dentro de espacios cerrados, asemeja el resultado a una obra de teatro, lo que fue reconocido por el propio guionista.

Para que la estrategia narrativa funcionara, Sorkin debió realizar algunas modificaciones factuales, con el fin de que los hechos se acomodaran a la estructura de una película. De esta manera, en los cerca de 40 minutos que dura cada segmento, se incluyen algunos conflictos y situaciones que en realidad ocurrieron en otros momentos y lugares, los que fueron cambiados por razones artísticas. Esto permite, por ejemplo, la aparición recurrente de un grupo determinado de personajes en cada una de las épocas narradas, lo que nos permite ver cómo evolucionó la relación que el protagonista tuvo con cada uno de ellos. Durante estas escenas, la vida profesional y la vida personal del protagonista se entremezclan, borrando la línea que las separa.

Entre los personajes recurrentes se encuentran John Sculley (Jeff Daniels), el CEO de Apple que se convirtió en una especie de figura paterna para Jobs, una relación que termina en desastre cuando el protagonista es despedido de la empresa. También está Andy Hertzfeld (Michael Stuhlbarg), un informático que trabaja en la empresa y que debe aguantar la personalidad exigente del personaje principal. Joanna Hoffman (Kate Winslet), la encargada de marketing de Apple, no solo es la colaboradora de Jobs que aguanta con más estoicismo su difícil temperamento, sino que además actúa como su conciencia, aconsejándolo en aquellas materias que él no domina. Pero de todos los personajes secundarios que aparecen en la cinta, son dos los que destacan por sobre el resto.

Uno de ellos es Steve Wozniak (Seth Rogen), el cofundador de Apple que tiene una personalidad completamente opuesta a la del protagonista. Las conversaciones entre ellos nos muestran las diferencias profesionales que tenían, tanto en cómo veía cada uno la tecnología y en la forma en que se desenvolvían dentro de la empresa. Es en uno de sus diálogos que se hace referencia a una de las grandes interrogantes en torno a Steve Jobs: ¿qué era precisamente lo que hacía? No era un ingeniero, no escribía código, no era diseñador, y su comprensión de los aspectos comerciales del negocio no era muy confiable. La respuesta que da la película es poco específica, como la propia labor del personaje, sosteniendo que su tarea es similar a la de un director de orquesta, que se encarga de decirles a los músicos lo que tienen que hacer.

Si esa explicación es satisfactoria o no dependerá de la concepción que cada uno tenga sobre Jobs. Lo que no se puede negar de él es que su éxito se produjo sobre las bases mismas del sistema capitalista, al crear necesidades que el público no sabía que tenía, convirtiendo a la publicidad y a las expectativas en sus principales herramientas. Si bien la labor de Wozniak era más concreta y útil, fue el aporte intangible de Steve Jobs el que pasó a definir a la empresa, quedando uno opacado por el otro. Su manera de ver los productos que vendía llegaba a ser incluso contradictoria, ya que privilegiaba la sencillez del uso, permitiendo que cualquier persona se sintiera libre de ocuparlos, pero estableciendo al mismo tiempo un estricto límite respecto de esa libertad, ya que a diferencia del idealismo que profesaba “Woz”, quien creía en las plataformas abiertas y en la posibilidad de que los usuarios experimentaran con la tecnología, Jobs prefería un sistema más restrictivo y paternalista.

Por importante que es la relación entre ambos compañeros de trabajo, el verdadero núcleo de la película se encuentra en el vínculo de Jobs con su hija Lisa (interpretada en diferentes edades por Makenzie Moss, Ripley Sobo y Perla Haney-Jardine). Pese a que su paternidad fue declarada judicialmente, Jobs se negó durante años a reconocerla como su hija, algo que la cinta vincula con su propia situación, ya que fue adoptado y su verdadero padre biológico ni siquiera sabía quién era. El momento en el que el protagonista le explica a la niña de cinco años que el nombre de una de las computadoras que creó (Apple Lisa) es solo una coincidencia, y no tiene nada que ver con ella, se transforma en uno de los más duros de la película, y dado que ocurre durante los primeros minutos, condiciona la visión que tenemos de él. El arco que experimenta el personaje principal descansa sobre el cambio de mentalidad que tiene respecto de su hija, y permite que una cinta dominada por conversaciones adquiera una necesaria cuota emocional.

Lo que esta obra hace es tomar a una figura que se hizo conocida fundamentalmente por su talento para cautivar frente a las cámaras y sobre los escenarios, mostrándonos lo que ocurría con ella tras bambalinas. A través de esta fórmula somos testigos de esa interesante dicotomía de la persona que destaca en su trabajo pero cuya vida personal no es tan reluciente como su faceta más pública. El resultado es una película que no trata de convertirse en la última palabra sobre Steve Jobs, sino que plantea más preguntas sobre él. Lamentablemente, y si bien algunos de los temas tratados son universales, para poder apreciarla a cabalidad se requiere una comprensión previa del personaje y de lo que hacía, ya que la trama presupone que uno ya conoce algunas de las cosas presentadas en la cinta.

Se nota una cierta estrechez en los contornos que rodean a la película, lo que restringe su campo de acción. Esto la separa de The Social Network (2010), una cinta que gira en torno a Mark Zuckerberg y que también fue escrita por Sorkin, la que no solo está mejor hecha, sino que el estilo del director David Fincher se desenvuelve con más fluidez y las ideas presentes en el guion tienen un alcance mayor. La ambición de esta obra, en cambio, parece más concreta, y por lo tanto su longevidad se encuentra condicionada.

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