Tangerine (2015)

Tangerine-posterEn medio del debate que existe en el mundo del cine entre filmar en formato físico o digital, el director estadounidense Sean Baker estrenó el año pasado Tangerine, una película que no fue hecha con cámaras profesionales, sino que con tres iPhones. No se trata de un truco estilístico como el utilizado por la cinta chilena (09) (2014), que pertenece al género del metraje encontrado y ocupaba los teléfonos en su calidad de tal, enfatizando el punto para que no le queden dudas al espectador. Lo que se hace en este caso es ocupar esas herramientas como si se tratase de una cámara cualquiera, intentando que el resultado pase inadvertido, como si estuviésemos ante una obra que fue creada con medios convencionales.

Más allá de temas como la fidelidad o la calidad de la imagen, un aspecto de gran importancia que se acentúa con esta estrategia es la accesibilidad. Al ocupar un tipo de tecnología que está al alcance del común de la población, la película demuestra que no es necesario tener grandes recursos para obtener un resultado respetable, lo que permite democratizar la labor creativa. Además, que una cinta no dependa del financiamiento de los grandes estudios posibilita contar historias que no veríamos dentro de una industria tradicional, expandiendo los horizontes narrativos. En esta obra, las protagonistas son dos mujeres transgénero, de raza negra, que se dedican a la prostitución y que de vez en cuando consumen drogas; hay pocos grupos más marginados que este, y gracias a esta película se les da una voz.

Puede parecer extraño que Baker y su coguionista Chris Bergoch, dos hombres blancos, hayan decidido hacer una película que gire en torno a esos personajes, y su foraneidad respecto de ese mundo puede incluso levantar algunas dudas sobre la autenticidad del relato, pero estos puntos son salvados gracias a la colaboración de las propias actrices principales. Kitana Kiki Rodriguez y Mya Taylor tuvieron un rol fundamental en la creación de la obra, ya que gracias a sus propias experiencias pudieron otorgarle sustancia a las ideas generales que el director quería explorar en la cinta. Varios de los elementos de la trama están basados en historias que ellas mismas les contaron a Baker y Bergoch, llegando hasta a modificar los diálogos que estaban en el guion para hacerlos más creíbles. Dicho de una forma más categórica, sin ellas no existiría Tangerine.

Pese a no poseer experiencia actoral, el director decidió asignarles el rol de protagonistas de la película debido a la cercanía que ambas tenían con el material. El resultado no es tan pulido como el que se habría logrado con actores experimentados, pero la honestidad que proyectan permite suplir esas falencias. La historia se desarrolla durante el transcurso de un día, en la ciudad de Los Ángeles, mostrando el encuentro de dos amigas, Alexandra (Taylor) y Sin-Dee (Rodriguez), luego de que la segunda saliera de prisión. Con personalidades diametralmente diferentes, los personajes alcanzan una especie de equilibrio en su relación, con el carácter explosivo de Sin-Dee por un lado y la actitud más serena de Alexandra por el otro. La trama se pone en movimiento cuando Sin-Dee descubre que su novio –y proxeneta- le fue infiel mientras ella estaba en la cárcel, iniciándose así una enérgica travesía vengativa, todo esto mientras Alexandra intenta promocionar la presentación musical que hará en un bar esa noche.

La forma en que es representada la ciudad donde transcurren los hechos se aleja de toda idealización, entregando en cambio una imagen alternativa y visceral de su entorno. Las conversaciones no escatiman en el lenguaje vulgar, con referencias sexuales por doquier, incluidas unas desvergonzadas menciones a la situación personal de las propias protagonistas, lo que permite una visión más auténtica de las personas transgénero que la de intentos como The Danish Girl (2015), aún cuando sea menos favorecedora que la película de Tom Hooper. La cinta entiende que la realidad está compuesta de luces y sombras, y eludir los problemas solo los acrecentará. Su enfoque irreverente, sumado a una energía vibrante, le da una personalidad propia a la obra, tanto así que el hecho de que los sucesos ocurran durante la víspera de la navidad es algo secundario, ya que se evitan los lugares comunes asociados a esa festividad.

Intentando alejarse del aspecto apagado que caracteriza a la mayoría de las películas pertenecientes al realismo social, Tangerine opta por un estilo más llamativo, a través de una banda sonora que recurre a canciones del género trap y a una fotografía con colores saturados. Sus restricciones presupuestarias no impidieron alcanzar una calidad técnica digna, ya que al haber sido filmada con unos teléfonos la imagen resultante no se asemeja a esos videos que uno encuentra en Youtube. Gracias a un lente anamórfico, un complemento del tipo steadycam y un eficaz proceso de posproducción, la película pudo obtener una apariencia más cinematográfica, que eleva su nivel de profesionalismo y se complementa sorprendentemente bien con la sensación de inmediatez que transmiten sus imágenes e historia.

En vez de ser retratadas como ejemplos a seguir, las protagonistas están llenas de defectos y falencias. Esto no nos impide sentir una conexión con ellas, ya que la película se da el trabajo de otorgarles personalidades propias y rasgos que las hacen creíbles. A esto también contribuye el sentido del humor que atraviesa el metraje, ya que ante la adversidad Alexandra y Sin-Dee recurren a la risa como mecanismo de defensa. Ver a un personaje que debe esforzarse por algo e incluso fracasar permite que sintamos empatía por él, aún cuando no todo su comportamiento sea justificable desde un punto de vista ético.

Uno de los temas explorados por la película es la diferencia entre lo que vemos en la superficie y lo que se esconde bajo ella. Esto se puede notar en el caso de las mismas protagonistas y cómo se desenvuelven con su identidad de género, y también está presente en el personaje de un taxista armenio llamado Razmik (Karren Karagulian), cuyo secreto es revelado escandalosamente durante el clímax de la cinta. A diferencia de ese momento, que es tratado de manera estruendosa, con discusiones y gritos, lo que ocurre después, durante la última escena de la película, opta por algo más sutil, convirtiéndose en una de las imágenes que probablemente será más recordada por quienes vimos Tangerine. Es una escena que demuestra tanto vulnerabilidad como solidaridad, demostrando que el corazón de la obra se encuentra en el lugar correcto.

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2 pensamientos en “Tangerine (2015)

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