Macbeth (2015)

Macbeth_2015-posterPara algunas personas puede resultar intimidante hacer una adaptación cinematográfica de Macbeth de William Shakespeare, una obra que se ha convertido en parte fundamental de la cultura occidental. La tarea incluso ha sido emprendida en el pasado por cineastas de la talla de Orson Welles, Akira Kurosawa y Roman Polanski, así que las comparaciones con esas versiones serán algo inevitable. Pero estos desafíos no preocuparon al director australiano Justin Kurzel, quien con solo un largometraje a su haber tuvo la audacia de intentar su propia aproximación a la obra. Además de trabajar con un material tan respetado, esta película le otorgó la posibilidad de ocupar una escala mayor a la que estaba acostumbrado, siendo su esfuerzo reconocido en la pasada edición del festival de Cannes donde la cinta compitió por la Palma de Oro.

Su anterior película, Snowtown (2011), es un oscuro relato basado en una serie de crímenes que se cometieron en Australia durante los años 90. La cinta narra con gran crudeza aquellos hechos, transitando por temas como el asesinato, la tortura y la pedofilia, transformándose en una experiencia difícil de digerir. Debido a su fascinación por el lado más oscuro del ser humano, Kurzel se transformó en una buena elección para explorar la historia de Macbeth, donde la muerte y la ambición se encuentran íntimamente ligadas. Pero a diferencia de su largometraje debut, donde contó con la ayuda de actores poco conocidos, en esta ocasión las interpretaciones protagónicas estuvieron a cargo de Michael Fassbender y Marion Cotillard, dos nombres de indudable talento.

La trama sigue de cerca lo que ocurre en la obra de teatro original. Una guerra civil asola a Escocia y las fuerzas del rey Duncan (David Thewlis) van disminuyendo cada vez más, pero su fiel subalterno Macbeth (Michael Fassbender) logra detener el ataque enemigo en una decisiva batalla junto a su compañero Banquo (Paddy Considine). Tras el enfrentamiento, los guerreros encuentran a tres misteriosas mujeres que profetizan que Macbeth se convertirá en thane de Cawdor y posteriormente en rey, mientras que los descendientes de Banquo también ocuparán el trono. Este anuncio sorprende a los personajes, quienes no le dan mayor importancia, pero cuando Duncan nombra al protagonista como señor de Cawdor se dan cuenta de que el vaticinio tiene algo de razón. Con la ayuda de su esposa (Marion Cotillard), Macbeth decide dar el siguiente paso para poder acceder a la corona, aún cuando implique cruzar una puerta por la que no podrá retornar.

Para tratar de desmarcarse del resto de las adaptaciones que se han hecho de Macbeth, evitando así ser una más del montón, la película debía tener algunos rasgos propios que la hicieran única. Uno de los elementos privilegiados por la cinta fue su aspecto visual, lo que ya le otorga un sorprendente efecto desde los primeros minutos. Filmada en Escocia, la obra aprovecha el entorno natural de aquel lugar para crear planos imponentes que van modelando de inmediato la atmósfera deseada. Hay algo en ese paisaje neblinoso, opresivo, que se ajusta muy bien al tipo de historia narrada, como si el carácter implacable del entorno definiera el actuar de los propios personajes.

El diseño de producción de Fiona Crombie  y el vestuario de Jacqueline Durran también presentan una alta dedicación, pero los méritos de la película no solo se limitan a lo bien que se ve. La fotografía de Adam Arkapaw, además de ser impresionante, es capaz de transmitir ciertas sensaciones e ideas. Su uso de la cámara lenta en ciertas ocasiones, la predominancia de algún color en determinadas escenas, el tipo de iluminación utilizada, la composición de los planos, todo esto sumado al montaje de Chris Dickens, que de vez en cuando emplea una asociación más libre de las imágenes, le entrega una apariencia onírica a la cinta. Esto permite lograr una perspectiva más psicológica del relato, mostrando lo que ocurre dentro de la mente del personaje principal.

Relacionado con este punto se encuentra otra de las innovaciones de la película, la que nos permite entender un poco mejor lo que ocurre con la pareja protagonista. En la primera escena del metraje vemos el funeral del hijo de Macbeth y su esposa, quien falleció a una corta edad. Conocer este hecho le entrega una huella particular a la obra, dejando que el vacío que los personajes sienten por la pérdida de un ser querido se transforme en un factor más que considerar. Debido a eso, la ambición de Macbeth, más que estar movida por la megalomanía, parece estar encaminada a silenciar ese dolor. La versión que Fassbender hace del personaje se aleja de una como la de Toshiro Mifune, que potenciaba la paranoia e incluso la locura de Macbeth, prefiriendo en cambio una interpretación más melancólica y atormentada.

Algo similar ocurre con Lady Macbeth, probablemente el personaje más fascinante de esta obra que escribió Shakespeare. Si en otras adaptaciones era representada como una mujer manipuladora, que controlaba los hilos desde las sombras, acá Cotillard le confiere una vulnerabilidad que es poco habitual en el personaje. La sutileza que los actores le dan a la pareja protagonista es interesante desde una perspectiva intelectual, pero no tanto desde un punto de vista más emocional. La carga emotiva de la película es más bien intermitente, con contadas escenas donde sentimos en carne propia el sufrimiento que aqueja a Macbeth y a su esposa.

Lo que sí es transportado de manera efectiva a la pantalla son algunos de los temas presentes en la obra original. Uno de esos es el remordimiento que agobia a los protagonistas tras los crímenes que cometieron, el que es manifestado a través de un descenso a la locura, con alucinaciones incluidas. Así como la sangre que Lady Macbeth intenta lavar en vano, la culpa queda adherida a la piel de los personajes principales, sin que puedan deshacerse de ella. Y es finalmente esa sensación lo que termina venciéndolos, ya que los aísla del resto de las personas y los debilita por dentro.

La inevitabilidad del desenlace es coherente con la idea del destino, que es una parte fundamental del relato. Aunque Macbeth intenta escapar de los designios perjudiciales que le dijeron las tres brujas, nada puede hacer contra el inexorable poder de la fatalidad. El libre albedrío es una mera ilusión para él, ya que eventualmente el destino lo termina alcanzando. La figura de las tres brujas que aparecen en la obra está inspirada en mitos británicos y en fuentes más lejanas, como las Moiras de la mitología griega. Como ocurría con las historias pertenecientes a aquella tradición, la vida de los seres humanos se encontraba a veces a merced del capricho de los dioses, quienes controlaban la suerte de las personas como les complaciera. Por eso, no es raro ver en Macbeth algunos elementos que coinciden con los que uno puede encontrar en una tragedia griega.

Desafortunadamente, estas y otras reflexiones presentes en la cinta seguramente solo podrán ser reconocidas por quienes estén familiarizados con la obra original, ya que para aquellos cuya primera aproximación a Macbeth sea esta película, será una experiencia difícil de seguir. Con diálogos fieles al lenguaje utilizado por Shakespeare y una estructura que exige un conocimiento previo de la trama, es poco probable que los matices sean captados por alguien que recién se está adentrando en la historia. Por lo tanto, es una barrera que hay que tener clara para evitar una experiencia incompleta.

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