The Witch (2015)

The_Witch-posterPara nosotros, que tenemos el privilegio de examinar la situación en retrospectiva, nos puede parecer absurdo que alguna vez existieron persecuciones contra personas que eran acusadas de practicar la brujería. Sin embargo, es necesario considerar el contexto de la época y las diferencias que existían con el panorama actual. En aquel entonces el conocimiento no era entendido de la misma forma que hoy, donde podemos diferenciar conceptos como los mitos, las supersticiones, la religión, las creencias y la evidencia científica. Antes esas categorías no existían, así que la división entre realidad y ficción era más difusa, permitiendo casos como ese. Al momento de narrar su historia, la película The Witch (La bruja) busca transmitir una sensación similar, permitiéndonos experimentar el pensamiento que dominaba aquellos años.

El director Robert Eggers demuestra una gran atención por la autenticidad de esta obra. Además de dedicar gran parte de su tiempo a investigar la persecución contra las brujas y las costumbres de la época, el cineasta decidió que los elementos presentes en la película debían ser fieles al de aquel tiempo. Por lo tanto, la granja en la que está ambientada la cinta fue construida con materiales y técnicas similares a los utilizados durante el siglo XVII, las escenas fueron filmadas ocupando preferentemente luz natural, y los diálogos de los personajes fueron escritos utilizando el lenguaje de ese entonces. Estos esfuerzos no son simplemente superficiales ni el reflejo de un trastorno obsesivo compulsivo, sino que buscan crear una ilusión, transportándonos a esa determinada época y lugar, donde religión y creencias sobrenaturales formaban parte inseparable de la forma en que las personas veían el mundo.

Es precisamente la religión la razón que lleva a la familia protagonista a ser exiliada de la aldea puritana en la que vivían. William (Ralph Ineson), el padre, es una persona fervientemente religiosa, pero su manera de ver las escrituras choca con la del resto de la comunidad, que decide expulsarlo a él, a su esposa Katherine (Kate Dickie), y a sus hijos. Alejados del resto de la civilización, obligados a vivir en un lugar remoto, rodeados de una naturaleza indómita, los personajes deberán enfrentar sus mayores desafíos. A sus dificultades para sembrar alimentos se suma la repentina desaparición de su hijo menor, Samuel, que estaba bajo el cuidado de la hija adolescente Thomasin (Anya Taylor-Joy). Algo maligno se esconde en lo profundo del bosque, y poco a poco irá destruyendo a los protagonistas.

Como a la película no le interesa determinar qué es ficción y qué realidad, no es importante determinar si estamos ante algo que puede ser explicado a través de la razón o ante algo sobrenatural. El actuar de esa presencia maligna que asecha a los protagonistas es restringido, ya que se limita a sembrar las bases para un conflicto que se desarrollará entre los propios personajes humanos. El núcleo del relato no se encuentra en el peligro externo que amenaza a los protagonistas, sino que en la forma en que esa familia se va derrumbando desde adentro. En el centro de ese descalabro se encuentra Thomasin, que llega incluso a convertirse en el blanco de las sospechas de sus seres queridos. La paranoia que nace dentro de su hogar es alimentada por la ignorancia y las supersticiones, transformando a la historia en un intenso drama familiar.

Estando la religión en el corazón de la vida de esta familia, el peligro que deben enfrentar también puede ser examinado desde una perspectiva más espiritual. Que unas personas tan creyentes sean objeto de desgracias de esta magnitud evidentemente tendrá un trasfondo ligado a la fe. El patriarca de la familia va perdiendo su templanza a medida que se da cuenta de que dios no responde a sus plegarias. Entre tanta oscuridad no puede ver rastro alguno de luz, lo que deriva en una profunda crisis de fe que lo lleva a él y a sus familiares a realizar actos desesperados. Allí se encuentra el principal conflicto de la película, que muestra cómo los cimientos de sus protagonistas se desmoronan frente a nuestros ojos.

Cada uno de los actores involucrados hace un buen trabajo, incluidos los más jóvenes, como Harvey Scrimshaw, quien participa en una escena que podría haber sido difícil hasta para alguien más experimentado. El lenguaje antiguo ocupado en los diálogos tenía el riesgo de parecer algo rígido, pero la labor de los intérpretes se encuentra a la altura del desafío, entregando un resultado creíble. Anya Taylor-Joy alcanza un buen equilibrio entre fragilidad y fortaleza, dando vida a una joven que está realizando su transición desde la niñez a la adultez en medio de la peor de las circunstancias. En la cinta se pueden apreciar algunas observaciones acerca del género femenino y su rol dentro de la sociedad, entregándole así un mayor significado al viaje personal de la protagonista.

Si bien The Witch puede ser vinculada al cine de terror, la forma en que desarrolla sus elementos la diferencian de otros exponentes contemporáneos del género. Mientras en el resto de las películas de terror la efectividad de la obra se mide según el número y tipo de sustos que provoca, acá se opta por un método más sutil, prefiriendo la construcción de una atmósfera tétrica en vez de la manifestación de sobresaltos particulares. Aspectos como la fotografía de Jarin Blaschke y la banda sonora de Mark Korven permiten transmitir una sensación opresiva, tensa, que se extiende a lo largo de todo el metraje. La atmósfera se va desenvolviendo de forma gradual, lo que para algunas personas puede resultar algo lento, pero si uno se deja transportar por la película se convierte en una experiencia cautivante.

Podemos describir lo que ocurre en la cinta, pero jamás será igual a experimentarlo uno mismo. La presencia de los árboles y lo que se esconde detrás de ellos, la oscuridad que rodea a la granja donde viven los personajes, los animales que hay en el lugar, el diseño de sonido, todo esto va formando un conjunto coherente y poderoso. El director entiende muy bien el efecto sensorial que puede tener el cine, y cómo las imágenes y sonidos creados pueden quedar adheridos a la mente del espectador. Como en toda forma de arte, el estilo es tanto o más importante que el contenido, pudiendo elevar historias mediocres o hacer que historias buenas resulten sobresalientes, como en este caso.

Estamos ante una obra que trasciende las fronteras de su género cinematográfico, uniéndose a un selecto grupo de cintas de terror que pueden ser apreciadas como películas a secas. El tono más sobrio y pausado que domina los primeros dos tercios del metraje no impide que el guion introduzca elementos más extraños en su desenlace, los que le dan mayor personalidad al resultado final. Los últimos minutos del metraje sirven como una manera perfecta de rematar la tensión que se había ido acumulando durante las secuencias previas, dejando una sensación de sobrecogimiento en el espectador. Estas escenas nos sorprenden, pero no llegan al punto de sacarnos de la historia, sino que aumentan nuestra atención hacia ella. El recuerdo de la película sigue rondando en mi cabeza días después de haberla visto; son pocas las películas con las que me ha sucedido eso en el último tiempo.

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