Hail, Caesar! (2016)

Hail_Caesar-posterA lo largo de sus carreras, los directores de cine van cultivando un cierto estilo que los diferencia del resto, otorgándoles una impronta personal a sus obras. Se trata de una de las consecuencias propias de trabajar en el ámbito artístico, donde las características inherentes del autor pasan a definir aquello que crean. Esto es especialmente notorio en el caso de los hermanos Coen, cuya visión del mundo se ve reflejada de manera fiel en sus películas, las que pueden ser identificadas casi de inmediato por el tipo de humor que tienen, el énfasis que se le da a ciertas ideas o los personajes que las protagonizan. En su nueva cinta, Hail, Caesar! (¡Salve, César!), estos elementos son potenciados con más fuerza de lo normal, creando una comedia que tiene la marca de los directores en cada una de sus escenas.

La película se aleja de los trabajos más serios que habían estrenado últimamente, como True Grit (2010) e Inside Llewyn Davis (2013), los que si bien tenían algunos momentos cómicos, no se trataba de un tono tan predominante como el de esta nueva obra. Los Coen además decidieron ambientar la historia en el corazón de Hollywood, durante la denominada “época dorada” de aquella industria, cuando la influencia de los grandes estudios era indiscutible. Con varios guiños a personalidades y géneros de aquel entonces, este ejercicio de entretenimiento es mejor apreciado si se tiene un cierto conocimiento cinematográfico, pero no es un requisito obligatorio para disfrutar la película. La obra es tanto una celebración como una burla del cine estadounidense, lo que la emparenta con otros títulos que no temieron recurrir a la sátira al momento de hablar sobre el medio al que pertenecen, como Singin’ in the Rain (1952) y The Player (1992).

Usando como marco narrativo al ficticio estudio Capitol Pictures, la cinta explora los diferentes géneros cinematográficos que existieron durante los años 50, como los western de serie B, los musicales que protagonizó Gene Kelly, los espectáculos coreografiados que hacía Busby Berkeley, los dramas románticos y las películas épicas basadas en la biblia. En el centro de todo esto se encuentra Eddie Mannix (Josh Brolin), un ejecutivo encargado de solucionar los problemas relacionados con las producciones del estudio e incluso los embrollos personales de sus principales rostros. El día del protagonista se complica de manera abrupta cuando recibe la noticia de que Baird Whitlock (George Clooney), el actor estrella del estudio, fue secuestrado por una organización que se hace llamar “El Futuro”, exigiendo un rescate de 100 mil dólares.

Lo que ocurre a partir de ahí es algo ya familiar en las películas de estos directores. La trama avanza gracias a una serie de coincidencias, malentendidos y equivocaciones, culminando en un desenlace modesto, que confirma la idea de que lo realmente importante en este relato no es la historia que se cuenta sino que cómo es contada. El principal atractivo de la obra está en la atmósfera absurda que logra crear, a través de la energía y el colorido de la época retratada. Hail, Caesar! podría durar una hora más y probablemente sería igual de entretenida, ya que las interacciones entre sus personajes y las escenas creadas no pierden fuerza a lo largo del metraje. El elenco lleno de caras conocidas también es un aspecto cautivador por sí mismo, aunque quien se roba la película termina siendo un actor sin una trayectoria tan extensa: Alden Ehrenreich, que interpreta a un ingenuo vaquero que es obligado a adoptar un rol más sofisticado dentro del estudio.

Momentos como la conversación que ocurre entre diferentes representantes de corrientes religiosas en torno a aspectos teológicos alcanza niveles de humor e ironía similares al de Dr. Strangelove (1964) de Stanley Kubrick o al de las películas de Monty Python. Lo mismo ocurre con la introducción de conceptos marxistas en el relato y la manera en que son adaptados a la lógica de la industria del cine, creando una aproximación a la “lista negra” de Hollywood y a la guerra ideológica de aquella época que sería injusto compararla con una cinta como Trumbo (2015), que se conformó con un aburrido convencionalismo. La obra incluso se da el lujo de crear secuencias que homenajean a diferentes géneros cinematográficos, como una secuencia de baile y canto a cargo del talentoso Channing Tatum.

El tono liviano que atraviesa a la película no impide la exploración de cuestiones más profundas. Al tener al cine como punto central, la cinta aprovecha de tocar temas como la relación entre arte y mercado, así como el valor del cine como medio de comunicación de masas. Otro de los aspectos tratados es la relación que existe entre el protagonista y la religión. La primera escena de Hail, Caesar! transcurre dentro de una iglesia, durante una confesión de Eddie Mannix. Dado que es un ferviente católico, el personaje ve su trabajo como un deber, ya que consiste en proteger a personas descarriadas, que no pueden valerse por sí mismas. Es ese tipo de pensamiento lo que lo mantiene ligado a Capitol Pictures, una especie de misión por hacer lo correcto.

Debido al impresionante nivel que han mantenido los Coen a lo largo de su carrera, películas como esta pueden resultar menos destacables si se comparan con títulos como Barton Fink (1991) o Fargo (1996). Sin embargo, una cinta que en el contexto de la filmografía de estos hermanos directores resulta correcta, será sobresaliente si se examina al lado de otros cineastas.

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